'La civilización del espectáculo'. Mario Vargas Llosa. Alfaguara, 2012. 226 págs. $44.000
Crítica Libros
Consuelo Gaitán reseña el libro 'La civilización del espectáculo' de Mario Vargas Llosa.
Por:
Consuelo Gaitán.
La presentación de este libro en Madrid, el pasado mes de abril, estuvo a cargo de Gilles Lipovetski. Fue un intenso debate intelectual (concurridísimo y con gran cubrimiento mediático) entre Vargas Llosa y el filósofo francés, donde airearon sus divergencias más que sus coincidencias. Yo francamente creo que tiene más atractivo y trascendencia un debate entre estos dos intelectuales que, como se usa cada vez más, dejar las presentaciones de libros en manos de periodistas que pueden ser muy buenos en su oficio como un Pirry o una Oprah Winfrey.
Porque ejercer el sentido crítico, incursionar en el manejo conceptual de temas tan álgidos como la desaparición del significado tradicional del término cultura, o discutir sobre el declive de la vida espiritual, requieren gran solidez y vastos conocimientos histórico-teóricos, largas horas de estudio de las manifestaciones culturales del pasado y un criterio calificado en materia estética. ¿Suena aburrido? Probablemente. Es más fácil escuchar una entrevista en términos coloquiales que un debate entre intelectuales sabihondos. Pero no deja de ser reconfortante que para este tipo de acontecimientos siga habiendo público, un público que busca voces con firmeza intelectual. Sin embargo, no debemos engañarnos: aunque aún haya público con profundas inquietudes culturales, cada vez hay menos espacios que se dirijan a este y más bien se ocupan de esa gran masa que solo espera diversión. Y además consumen, son el mercado. Trivializar, imponer el facilismo formal y la superficialidad del contenido de las expresiones culturales con el propósito de llegar al mayor número de personas garantiza el éxito comercial. Es una cultura enferma de hedonismo barato.
Esta es la tesis central del último libro de Vargas Llosa, que contiene seis ensayos sobre la cultura, entreverados con viejos artículos de su columna de El País (puestos allí para darle a la edición un tamaño más apetecible). Su voz agónica se lamenta del fin de la cultura, de la degradación del erotismo, del desplazamiento de la religión, del debilitamiento de la democracia, de la orfandad de ideas, entre otros muchos males de la civilización actual. Por supuesto que estos señalamientos son certeros y preocupantes. Pero hay una curiosa paradoja en este libro y es que para defender valores representativos de la cultura humanista, Vargas Llosa recurre a conceptos que el humanismo mismo ha ido dejando de lado por dudosos como las religiones, las jerarquías y las élites culturales. Hay un cierto tono de viejito moralista que recomienda ir a misa en vez de ir a un concierto de los Rolling Stones o ir a una ópera de Wagner en lugar de ver una película de Woody Allen.
Cuando Vargas Llosa habla del valor de la literatura es un maestro. En ella, según el novelista, se manifiestan infinidad de experiencias humanas, las refleja y contribuye a modelarlas. Propicia una actitud menos banal ante la existencia, da una dimensión espiritual a la vida pues suscita un encuentro consigo mismo, reflexión e introspección, y en muchos casos proporciona respuestas a preguntas que inquietan a todo ser humano. Puede ser un consuelo, pues es un refugio y da aliento en momentos de desánimo, cuando la realidad se torna insoportable. Nos hace más libres, sensibles y lúcidos, nos mantiene alerta ante la realidad histórica y nos hace indóciles ante la manipulación de la verdad.
Sin embargo, un casi desprecio por la imagen desvaloriza muchas de sus certeras apreciaciones sobre la literatura y las artes: “Las ficciones de las pantallas son intensas por su inmediatez y efímeras por sus resultados; nos apresan y nos excarcelan casi de inmediato; de las literarias, somos prisioneros de por vida”. Bonita frase, pero también se aplica, por ejemplo, a la famosa escena de la despedida entre Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en Casablanca: también en ella quedamos atrapados de por vida.
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