Nicolás Morales.
Sopor i piropos
Por:
Nicolás Morales.
Pasó la Feria y como un vendaval dejó vencedores. Buenas ventas para los comerciales, una faena cultural muy digna (y muy bien curada), y el aumento de visitantes, no importa si algunos solo asaltaron las tradicionales librerías-papelerías naranja. Cierto, asistimos al peor discurso que haya dado un invitado internacional en mucho tiempo, esta vez a cargo de la Ministra de Cultura du Brasil. Pero la Feria estuvo buena, interesante, nutrida. Hacer los balances de la FILBO resultaría muy burocrático como ejercicio, salvo que la ponzoña y la ironía, acostumbradas compañeras de esta columna, me posean. Y hoy solo tengo de la mano algo de nostalgia. Un rumor, que más tarde se volvió certeza, ensombreció el remate de esta corrida bibliográfica de abril. Extraoficialmente se nos anunció que desaparecían la revista Número y la librería Biblos. Y como pólvora estas dos malas nuevas se regaron en los corrillos y cocteles (y juro que vi gente contenta).
Alguien podría decir que se trata de un tema menor de la ya pobre economía de la cultura de un país como este, lleno de contrastes, muertos y escasez. Y teorizar sobre el peso de cada una de estas dos marcas bogotanas sería atrevido. Pero en mi corazón siento que, aun si sus cierres fragilizan más los tejidos epidérmicos culturales, algo le debemos a estos dos nombres. No sé dónde poner a Biblos, pero estoy seguro de que el proyecto original de su fundadora Consuelo Gaitán e incluso sus modificaciones tuvieron como idea la creación de un espacio de debate editorial en uno de los sectores más frívolos de la capital. Eso ya es importante, pero lo es más que Biblos haya sido una librería que formaba lectores. Cierto, refinados, en ocasiones superficiales, a veces muy interesantes o lo que se quiera, pero ahí se movilizaron ideas y estéticas literarias de valor. Buena vitrina, los libros eran siempre bonitos. Y mucha, pero mucha literatura se vendió gracias a su buena curaduría. En su momento de esplendor entendí que el librero pesaba: Biblos fue ante todo la figura del librero independiente en una ciudad que solo tenía un par de nombres reconocidos en el mercado.
Yo también crecí editorialmente con el experimento de Guillermo González llamado Número. La publicación fue heredera de una etapa excepcional de la Gaceta editada por el Ministerio de Cultura. El formato, las ideas y el diseño de sus primeras épocas fueron muy interesantes. Arriesgados políticamente, nos mostraron otras lecturas del país, algo sepultadas por la prensa de la época. En un tiempo en que se organizaban debates en la Feria del Libro, solo eran interesantes los de Número. Su periodismo fue casi único. Incluso, lo acepto, los primeros escritos del poeta Ospina tuvieron sentido y mucha correspondencia. Las reseñas, los especiales temáticos, algunos ensayos, su diseño: todo eso tuvo cabida en una propuesta de aparición juiciosa y seria. Después, claro, vino ese club de amigos que creían que debían ser leídos mensualmente. Y el ensayismo se desgastó un poco y la regular ficción invadió sus páginas. El diseño fue sacrificado sin contemplaciones. Pero saquen sus números viejos y encontrarán algunas joyas.
Sé que mis lectores quisieran ver sangre y culpables, como es costumbre en esta arena. Pero tengo la convicción de que estos dos espacios, independientemente de sus opciones, estaban ya perdidos y su margen de maniobra era pequeño. Biblos no fue mi librería favorita. Había otras a las que fui más asiduamente. Número tampoco fue mi revista cultural de cabecera; preferí otras. Pero hoy honro a los fundadores de estos dos proyectos y a quienes los impulsaron, porque ellos dieron sentido a las búsquedas existenciales de cientos de miles de personas en este país de pocos proyectos. Y eso ya es suficiente mérito.
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