Plata y libertad

Portada Arcadia 83

Editorial No. 83

Una reflexión sobre el dinero en la cultura, a propósito del Festival Internacional de Teatro Popular Entrepolas.

Por: Revista Arcadia.

A finales de los años setenta del siglo pasado, restaurada la democracia en España tras la muerte de Franco, el mundo editorial estaba a la expectativa: convencidos de que los nuevos tiempos permitirían que vieran la luz decenas de testimonios y memorias de los vencidos, de los encarcelados, de los perseguidos, esperaban con pasión la llegada de los manuscritos que ahora sí podrían ser publicados. Nunca llegaron. En la Unión Soviética pasó algo similar. Apenas un flaco listado de nombres (Pasternak, Solzhenitsyn, Ahmatova) logró emerger en medio de la monstruosa represión estalinista.

La conclusión es clara: las maquinarias totalitarias, en general, a lo largo del siglo XX, fueron extremadamente efectivas en el control y silenciamiento de todas las manifestaciones de las artes y las letras que no convenían al régimen. Y en el exterminio moral y por supuesto también físico de los artistas.

Es por eso que suele haber un consenso en que las artes solo florecen cuando hay libertad. Pero lo que no se suele recordar con tanta frecuencia es que florecen mucho más cuando hay libertad y plata. No es gratuito que el Renacimiento haya tenido lugar en paralelo al surgimiento de la banca, ni que los grandes músicos cuyas obras escuchamos aun hoy hubieran sido amparados por millonarios mecenas.

Por eso el teatro es mejor en Nueva York y en Londres que en La Paz o en Puerto Príncipe. Porque allá hay dinero, hay mecenas, hay un fuerte consumo cultural, y no hay regímenes autoritarios. Lo cual, por supuesto, no quiere decir que no haya excepciones que, precisamente por serlo, adquieren un carácter mucho más poderoso: el teatro que salió del Chile de la dictadura es un ejemplo entre muchos. La resistencia a los poderes establecidos tiene un aura extraordinaria que magnifica el valor de una obra de arte, pero es, sin lugar a dudas, una excepción.

En las artes escénicas la ausencia de dinero es casi siempre un golpe mortal. Es muy difícil pensar en buena danza, en buena ópera, en buen teatro, en buenos conciertos, si no hay dinero para montaje, formación de artistas, utilería, vestuario, iluminación y un largo etcétera.

Esta reflexión viene a cuento porque a comienzos de agosto, en uno de los habituales comunicados de prensa de la Secretaría de Cultura de Bogotá, se elogiaba la labor de un Festival de teatro que se lleva a cabo en la localidad Rafael Uribe Uribe de Bogotá. El primer párrafo del comunicado dice así: “En el Festival Internacional de Teatro Popular Entrepolas, que se realiza cada año en distintas localidades de Bogotá, ni el público paga por ver las obras ni los actores cobran por presentarlas. De hecho, los teatreros ni siquiera reciben viáticos ni pasajes de los organizadores, así vengan de España, Puerto Rico o Venezuela. Para ajustar, los encargados del evento tampoco cobran un peso y se hace sin un solo peso en efectivo, aunque cuesta, según sus organizadores, alrededor de 500 millones de pesos. (...) ¿Pero como es posible alojar a casi 200 artistas, alimentarlos, traer decenas de ellos al país y llevarlos a las presentaciones sin gastar un peso”, se pregunta el comunicado (que está escrito en forma de artículo periodístico). “Siempre lo hacemos en los lugares donde la gente es más olvidada. Es una labor hecha con la comunidad y estudiantes y egresados de la Universidad Nacional —explica la organizadora—. El público dona la comida y también se hace una olla comunitaria, porque donde hay comida, hay perdón. Así se disminuye la violencia familiar e interbarrial”.

Luego, la misma organizadora remata con esta graciosa anécdota: “En el segundo Festival nadie daba la vivienda y los artistas ya empezaban a llegar. Entonces acudí a la junta directiva de la asociación de moteles del barrio Venecia y ellos dijeron que ayudaban: todos los artistas, que eran unos cien, se quedaron en los moteles”. Realmente asombroso y encomiable el tesón de Mary Olarte. Conmovedor y heroico. Y muy divertida la historia de los moteles. Lo que deja de ser tan divertido es que la Secretaría de Cultura del Distrito envíe un comunicado respaldando y elogiando este tristísimo “esquema de subsistencia” de un evento cultural.

¿Qué se nos quiere decir con ello? ¿Que la plata no es necesaria para hacer artes escénicas? ¿Que no hace falta remunerar a los artistas? ¿Que es una gran cosa que este Festival se haga así, sin dinero? ¿Qué es un ejemplo a seguir? ¿Que todos los que hacen gestión cultural deben aprender que no tiene nada de malo dormir en moteles y esperar que les regalen la comida?

Hay algo profundamente incómodo aquí. No en el Festival. Sí en el hecho de que sea la Secretaría de Cultura, encargada de vigilar que estos procesos creativos tengan el respaldo económico que necesitan para garantizar su calidad, la que crea encomiable que estos eventos se hagan sin dinero.

Porque la calidad tiene necesariamente que verse afectada por este concepto del no-dinero. Porque es difícil, muy difícil, hacer buen teatro sin plata. Se aplaude el esfuerzo, no el resultado. ¿Qué teatro verán los habitantes de estas localidades? Desde esta publicación se prefiere pensar que es mejor invertir recursos, formar, educar, becar e inyectar dinero a estos proyectos para que los habitantes de las localidades puedan ver el mejor teatro posible. Y los artistas y gestores puedan vivir de su trabajo.

Este será el último año que Mary Olarte dirige el Festival. Tiene otros planes: “Cualquiera que se quede con Entrepolas estará bien. No soy egoísta ni tengo propiedad privada con esto. Ahora me dedicaré a los habitantes de calle”, asegura. Es decir, Olarte seguirá haciendo caridad y terapia. No cultura. Porque es igual de imposible hacer cultura en regímenes autoritarios aunque haya plata, y hacer cultura en regímenes democráticos sin ella.

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