El canto de cisne

Portada Arcadia 84.

Editorial No. 84

Lipovetsky dice que no cree que leer a los clásicos sea imprescindible para ser feliz.

Por: Revista Arcadia.

Para quien tenga un poco de paciencia, es recomendable buscar en YouTube el video del debate que tuvo lugar entre Mario Vargas Llosa y Gilles Lipovetsky el pasado 26 de abril en el Instituto Cervantes de Madrid, con motivo del lanzamiento de La civilización del espectáculo, la más reciente obra del premio Nobel. 

La escena es estupenda: un murmullo grave se extiende por una sala llena de gente mayor, sobre todo de señores de corbata, mientras con la cámara al hombro un par de camarógrafos siguen la entrada de los hombres de letras, los flashes de las fotografías no cesan y los aplausos estallan cuando ambos hombres se dan la mano antes de sentarse en el bien dispuesto y sobrio escenario, apenas tímidamente iluminado. Hacia un lado, en un atril, el egregio Víctor García de la Concha, director general del Instituto Cervantes, ofrece su solemne discurso introductorio, que comienza saludando a un ministro y se explaya en elogios sobre el genio del escritor.

El resumen que De la Concha hace de la obra es bueno: la llama “un manifiesto moral”, y dice que versa sobre los hábitos y reglas de conducta de la cultura actual. La llama un “lamento” por la transformación y casi que desaparición de los valores de la alta cultura, cuya muerte ha dado paso a la frivolización generalizada y a la deshumanización del espíritu.

En el debate, Lipovetsky alega que lo que ha sucedido es que la cultura ya no está monopolizada por un cenáculo de intelectuales, y que esa democratización, que ha creado una cultura del placer, no es necesariamente mala. Hoy ya es imposible pensar que la cultura va a cambiar el mundo. Pero sí es probable que las formas de consumo cultural que hoy imperan, con su predominio de la imagen y el sonido sobre la palabra, con su explosión de nuevas tecnologías, construyan personas mucho más libres para poder actuar, construir y producir más contenidos que antes. Vargas Llosa insiste en que leer el Ulises de Joyce, o a Dostoievski o a Kafka o a Proust, nos hace mejores seres humanos, seres mejor equipados para afrontar la adversidad, para sufrir menos, para saber más sobre las relaciones humanas. Lipovetsky dice que no cree que leer a los clásicos sea imprescindible para ser feliz. Y que hay que evitar las lecturas apocalípticas. Vargas Llosa alega que la desaparición de los cánones crea confusión y que ha aparecido un montón de embaucadores. Y que en las artes plásticas es donde ese peligro se ve con más claridad: la gran cantidad de basura que prolifera hoy en las artes, en las que el viejo concepto de belleza que nos guiaba ya no es un indicador válido para reconocer lo que supuestamente es bueno, ha creado un caos tal que ya nadie entiende nada. Agrega que hoy los intelectuales, sumidos en esa primacía egoísta del individuo, ya no son activos en la vida política, ya no son brújulas que orienten a la sociedad, se han desmovilizado.

Mientras esto piensa Vargas Llosa, al buzón de correo electrónico de Arcadia llega un promedio de veinte e-mails por hora. Sí. Unos doscientos al día. La gran mayoría de ellos son comunicados de prensa que dan fe de lanzamientos de libros, festivales de cine, de música, conciertos, espectáculos, obras de teatro, encuentros, congresos, conversaciones, debates, charlas, exposiciones, danza… La avalancha de información es abrumadora y esta modesta revista que el lector tiene entre las manos (o esta pantalla) apenas alcanza a reflejar una minúscula porción de la frenética actividad cultural.

Mientras esto piensa Vargas Llosa, la industria del libro se ha centuplicado y el New York Times, en un artículo reciente titulado “The embarrassment of riches”, relata agobiado la extraordinaria cantidad de buenas novelas que están llegando este otoño a las librerías y las quejas de los libreros por la falta de espacio en sus anaqueles y mesas de novedades.

Mientras esto dice Vargas Llosa, el grupo musical FUN, que ha vendido millones de copias de su estupenda canción “We are Young”, anuncia una gira en asocio con una organización pro derechos elegebeté, para promover en el contexto de sus conciertos el debate sobre la tolerancia con los homosexuales. Ah, y el asocio también es con la marca de helados Jerry & Ben, para que la gente coma helado de macadamia y brownie mientras canta.

Lipovestsky le dice a Vargas Llosa que la exigencia ética no ha muerto como él lo cree. No han desaparecido los ideales. Lo que pasa es que la base ya no es política. Es una base de solidaridad y generosidad. De oenegés y movimientos de jóvenes. Hoy se llaman flashmobs, hoy se llama Occupy Wall Street. Hoy se llaman los independientes. Y lo que antes hacían los intelectuales hoy lo hace un grupo de jóvenes músicos llamados FUN o lo hace Shakira. A las nuevas generaciones no les gustan los debates solemnes pero le apuestan a las nuevas tecnologías como YouTube, gracias a las cuales cientos de miles de personas podemos ver las imágenes llenas de palabras del debate entre Vargas Llosa y Lipovestsky, que tiene lugar en Madrid como estrategia de marketing para lanzar el más reciente libro del Nobel.

Las lecturas historicistas de la cultura siempre acabarán, como la Biblia, en un apocalipsis. La vida, en cambio, va por otra parte. La cultura del espectáculo no es el antónimo de la alta cultura. Ni hace que prevalezca el conformismo y la resignación, como cree el Nobel. Le quita protagonismo a la idea del intelectual intocable, eso sí, y a todos los viejos poderes. El canto de cisne de Vargas Llosa no es más que su propia anacrónica autoelegía. Mientras tanto, aquí, leemos la Memoria por correspondencia de Emma Reyes (uno de los brillantes aciertos editoriales del año), gracias a que a un joven editor tuvo la osadía de montar su propia editorial y publicar esas cartas. Y son espectaculares. |

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