Ecos de un debate

La lengua absuelta

Por: Marta Ruiz

No cesa la polémica por el Premio Nobel de Literatura otorgado a Mo Yan. La controversia puramente literaria, marginal por cierto, parece saldada a su favor, mientras la política ha tenido ecos en todas partes. Se le reprocha su mansedumbre con el gobierno chino y su abierta justificación de la censura.

A la revista Granta le dijo el año pasado que la censura era buena para la creatividad, en Estocolmo generó estupor cuando dijo que las restricciones a la libertad de expresión existen en todas partes, en diferentes grados; y muchos se indignaron cuando comparó la censura de su país con las medidas de seguridad que se imponen en los aeropuertos del mundo entero.

El poeta chino Liao Yiwu aportó a la controversia cuando, en una sentida carta enviada al comité del Nobel, sentenció que después de Tiananmen la literatura china que elude el testimonio es vergonzosa. Acusa al nobel de criticar del sistema solo aquello que ya todos comentan sin restricciones en las calles.

En The New York Review of Books el sinólogo Perry Link lamenta que Mo Yan jamás mencione en sus libros los peores errores del gobierno comunista, como la gran hambruna que propició Mao con su salto adelante a principios de los años sesenta, ni la masacre de estudiantes en 1989, que les ha costado a otros como Yiwu y Liao Xiaobo la cárcel, la tortura y el exilio. ?Salman Rushdie, escritor cuyo valor civil es reconocido en el mundo entero, también se fue lanza en ristre contra el Nobel, a quien calificó de “hombre de paja” del régimen.

Por su defensa de la censura, Mo Yan se ha ganado, y quizá con razón, muchos de los calificativos que le han dado: cobarde, patético, vergonzoso, dócil, cómplice y un largo etcétera.

Pero otros intelectuales han sido menos inclementes. El escritor indio Pankaj Mishra, considerado el sucesor intelectual de Edward Said, calificó en The Guardian como deplorable la posición política de Mo Yan, pero a renglón seguido hace una extensa reflexión sobre por qué no se le aplican los mismos parámetros éticos y políticos a los demás escritores del mundo. Se pregunta, por ejemplo, por qué nadie cuestiona cómo pudo Jane Austen escribir sus obras encerrada en sus casas de campo, ignorando que la prosperidad de la nobleza inglesa provenía en buena medida de sus plantaciones con esclavos en el Caribe.

De hecho, dice Mishra, muy pocos usan la amplia libertad de expresión que tienen en sus países para hablar sin trabas de los abusos de estos –por ejemplo respecto a las matanzas de civiles que han hecho los aviones no tripulados de Estados Unidos en Afganistán, Irak y Pakistán–. Incluso, se enorgullecen de su actitud apolítica. Aquella que exactamente repugna tanto en Mo Yan.

Una reflexión similar expuso el escritor peruano Ivan Thays en su blog literario, quien se pregunta por qué los defensores de la libertad de expresión se molestan tanto con las opiniones de Mo Yan, que son parte del ejercicio de esas libertades.

En su lúcido ensayo Contra la censura, J.M. Coetzee dice asertivamente: “Bajo la censura no florece la literatura. Ello no significa que las órdenes del censor, o la figura interiorizada de este, sean la única –ni siquiera la principal– presión que sufre el escritor: hay formas de represión, heredadas, adquiridas o autoimpuestas, que pueden experimentarse más profundamente”.

En consonancia con esta crítica, Mishra observa que la mayoría de los novelistas del mundo llamado libre evitan la confrontación con instituciones e individuos poderosos, no solo para seguir gozando de la fama y la gloria que poseen, sino para poder seguir escribiendo, tranquilamente, en sus casas. Exactamente como lo ha hecho el Nobel chino.

Mo Yan se ha presentado ante el mundo tal y como es: un escritor dentro del sistema, adscrito a él, y que acepta con obediencia (y casi gratitud) las limitaciones que este le impone. Es cierto que su posición política es deplorable, pero no es peor que la de otros escritores laureados. Aunque quisiéramos, no todos son como Javier Marías, que declinó recibir un premio literario otorgado por un gobierno al que repudia.

A mí también me gustan los escritores valientes, pero no habiendo muchos de ellos, me conformo con los buenos escritores, y el Nobel sin duda lo es.

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