La inútil pataleta de Juan Carlos González

Nicolás Morales

Sopor i piropos

Por: Nicolás Morales

Juan Carlos González, uno de los críticos de cine del periódico El Tiempo, anda lanzando rayos y centellas. En sus dos últimas columnas nos ofrece una maravillosa rabieta que no es usual leer en las páginas del periódico oficial de Colombia. ¿Qué dice González para animar la fiesta? Pues apenas esta bobadita: que la cartelera colombiana de cine colapsó; que el cine del siglo XXI goza de buena salud, pero que el problema está en la oferta local; que los distribuidores han optado por la vía fácil, ofreciendo solo el cine más rentable; y que a los distribuidores les importa un pito el público. Esta es, en resumidas cuentas, la línea argumental del treno compuesto por el martirizado columnista. Sin duda, sería útil saber qué piensan críticos como Manuel Kalmanovitz (algo somnoliento en Semana cuando en Arcadia era nice), Mauricio Reina (tío, que sé que te gusta el buen cine) y el algo clásico, pero siempre culto, Mauricio Laurens.

Sin embargo, más allá de la valiosa opinión de críticos y expertos para señalar este momento histórico de la proyección en salas de cine, Juan Carlos, me temo que no hay mucho que hacer. No veo que podamos tener alguna esperanza puesta en los muy poderosos distribuidores Cine Colombia, Cinemark o Procinal. El telón 3D y los hobbit tienen aún montañas de billetes para ofrecer y, si la taquilla se comporta adecuadamente, incluso con crecimientos, todo cambio les resultará estúpido. Por otro lado, digámoslo con franqueza, nuestros pequeños distribuidores de cine independiente –Babilla y Cineplex, entre otros– parecen cansados, confundidos y con muchas batallas perdidas a cuestas que se traducen en pocas pantallas a su disposición y, en consecuencia, en más riesgo.

Lo peor es que tiene razón Juan Carlos, la situación es realmente crítica. Dan ganas de llorar. Si revisamos las listas de las películas preferidas por los críticos mundiales este año (la internacional cinéfila del 2012) ninguna de su top 5 ha sido exhibida en Colombia. Son, en su orden: Leviathan de Verena Paravel y Lucien Castaing, Holy Motors de Leos Carax, Tabú de Miguel Gomes, Papirosen de Gaston Solnicki y Cosmópolis del gran David Cronenberg. Posibilidades de ser exhibidas en los próximos dos años: menos del 10 por ciento. Otro ejemplo, aún peor, es el estreno en Bogotá de Un reino bajo la luna de Wes Anderson, una película que se constituyó en un hecho cinematográfico de gran trascendencia en Europa pero que, en Bogotá, fue proyectada casi clandestinamente. Y era una joya que habría encontrado fácilmente su público. Pero decidieron quemarla vilmente en una sala pequeña de Cinemanía, Plaza Mayor y, a última hora, en Bima. Puede pensarse que hubo alevosía en este acto, pero yo a veces pienso que es pura y llana ignorancia. Los actores del circuito del cine no tienen ni idea de qué proyectan. No ven las películas y no dimensionan sus públicos. Es, en resumen, un sector poco profesionalizado.

Ante esta situación solo queda recomendar a un espectador exigente un pequeño manual de uso con cuatro acciones rápidas: 1) protestar en las redes sociales contra el estado de las cosas; 2) comprar un videoproyector para armar su propia exhibición casera; 3) buscar todos los sitios web para bajar películas o familiarizarse con el circuito de películas en el centro, siempre tan atiborrado de joyas que todo el top que mencionamos arriba, está disponible allá; y 4) ir a cine cada vez que viaje al extranjero (pensar siempre como si viviera en Irán).

Y claro, resuena la pregunta: ¿cómo lograr que la distribución, como sucede con el libro, sea un asunto susceptible de ser incluido en las políticas públicas? Mientras eso pasa, y dudo que pase, el grito de Juan Carlos será totalmente opacado por el imponente sonido Auro 3D de las salas de efectos especiales (no de cine) que los distribuidores andan implementando con tanto gusto para ofrecer películas de tortuguitas, monstruos y enanos aventureros.

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