Parque Brasil en la localidad de Teusaquillo. Bogotá. Crédito: Pedro Felipe.

Cantar en portugués

El Instituto Brasilero de Cultura cumple 21 años de servicio en Colombia. El escritor Hugo Chaparro Valderrama celebra su labor, porque gracias a ellos “O Brasil é aqui”.

2016/10/14

Por Hugo Chaparro Valderrama

Una señora que pasea con su perro por el Parque Brasil de la calle 104 con carrera 15 en Bogotá me pregunta si en el edificio situado junto al parque enseñan a cantar. Es un sábado a mediados de agosto de 2016 y el Instituto Brasilero de Cultura (IBRACO), para recibir a los profesores y alumnos en el edificio al que acaba de trastearse, después de que estuviera varios años en la calle 70 A con carrera 9ª del barrio Quinta Camacho, animó el vecindario con una fiesta en la que se cumplió, una vez más, con la ilusión de la frase que se lee en la cubierta de sus libros para estudiar portugués: “O Brasil é aqui”.

Tal vez la comida y el atletismo bailado de la capoeira motivaron la pregunta en la que se confundía un lugar para conocer la cultura brasilera a través del portugués con un conservatorio tropical.

Aunque no era del todo un despropósito. Desde 1995, cuando la Embajada de Brasil abrió las puertas de IBRACO en Colombia, el instituto ha creado un puente entre los dos países más allá de los lugares comunes que suponen en Brasil un vasto escenario de garotas, playas, samba y fútbol.

La óptica para conocer desde Colombia a un vecino relativamente desconocido más allá de sus tópicos es un trabajo cotidiano en las clases del instituto: sus profesores matizan las sesiones describiendo con el idioma cantado que es el portugués los matices de una lengua que se extiende por la mitad de América Latina, es hablada por más de 200 millones de personas y revela un espacio contrastante de regiones –existe la Amazonía pero también la atmósfera alemana o italiana de Gramado-, la magnitud desmesurada de una cultura que se festeja a sí misma a través de sus fantasmas míticos –aterrizar en Río de Janeiro permite recordar con el nombre que tiene su aeropuerto a Tom Jobim-, la herencia africana que define los aspectos raciales del país –por la que el poeta Vinicus de Moraes, agradeciendo la música que lo formó, se consideraba “el blanco más negro del Brasil”, descendiente en línea directa de Changó-, abriéndose el apetito como las fauces de un jacaré cuando las evocaciones enaltecen los bolinhos con caipirinha de cajú y limón, de aipim, abóbora con carne seca, camarones y catupiry, con queso y orégano, de Tutú, de Alaíde o de Estrellas.

La historia del instituto nos recuerda que en el 2000 se contaba únicamente con seis profesores. Actualmente, la planta académica tiene más de cuarenta, formados varios de ellos en letras, capaces de ampliar el horizonte idiomático cifrado en autores como Machado de Assis, Jorge Amado, Rubem Fonseca, Luis Fernando Veríssimo, Mario Quintana, Manoel de Barros y una larga lista -¡todo en Brasil es enorme!- de escritores que recuerdan cómo el lenguaje coloquial enriquece al lenguaje literario y la vida de un idioma transcurre como un péndulo entre la calle y la biblioteca.

Para confirmar su legado literario, IBRACO y la Embajada de Brasil organizan desde el 2006 un concurso, “El Brasil de los sueños”, para aquellos que quieran aventurarse con un texto por el laberinto cultural de Brasil a través de relatos que se pueden escribir en homenaje a un autor –recordándose a Mario de Andrade en el 2014- o respondiendo a reflexiones pertinentes sobre la percepción que se tiene en América Latina de Brasil.

“La frontera con el Brasil no se encuentra en esta vida”, afirma la chica que protagoniza el cuento ganador del 2007, escrito por el peruano Roger Hurtado.

Es posible. Se trata de una frontera inabarcable. Pero el reto es inspirador. Y ahora, cuando IBRACO cumple veinte años de su presencia en Colombia, la frontera es más cercana cuando es posible celebrar en cada clase la música de un idioma definido por Cervantes como “el español sin huesos”.

Así que la señora con la que conversamos esa mañana en el Parque Brasil no hacía una pregunta disparatada: en IBRACO también enseñan a cantar un idioma que puede ser tan suave como andar por el mundo sin huesos, porque hablar portugués es cantar con sus palabras.

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