Amy Michael Homes, escritora estadounidense

A. M. Homes

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

La primera clave para llegar a ser una escritora era tener un carné de biblioteca, y para conseguirlo tenía que ser capaz de firmar –con letra cursiva–. A pesar de lo pequeña que era, quería desesperadamente mi propio carné de biblioteca. Escasamente podía agarrar un lápiz cuando le pedí a mi madre que me enseñara a escribir Amy Homes en cursiva. La firma me quedó como si fuera una sola palabra –amyhomes–, con una especie de cola adornándola al final. Tenía quizá cuatro o cinco años, y una vez por semana íbamos a la biblioteca. Allí me dejaban por mi cuenta en la sección infantil, y yo encontraba diez o quince libros para mí. Eran fantásticos, hermosos, esperanzadores, llenos de imaginación y curiosidad, cualidades que todos admiramos, pero que rápidamente nos arrebatan en el colegio. Eran los clásicos: entre mis favoritos estaban Flat Stanley (que en una época estuvo prohibido), Lylo el cocodrilo, Se venden gorras, Arándanos para Sal, Madeline y las 12 niñas pequeñas en dos líneas rectas.

Los libros me llevaron a mundos muy diferentes del mío, a lugares que no conocía, Nueva York, París, ¡la Luna! De allí pasé a las biografías: historias de grandes hombres y mujeres viviendo sus vidas, inventándose a sí mismos y superando la adversidad, y, para mí, ellos eran lecciones de vida, modelos a seguir, la educación que uno necesitaba para llegar a ser una persona. Y lo que en retrospectiva se siente como un abrir y cerrar de ojos, en realidad debió haber transcurrido por un par de años –aún necesitaba el permiso de mis padres para poder alquilar libros de la sección de adultos–. La biblioteca estaba dividida en dos mitades distintas: la sección infantil y la de adultos, separadas por un cuarto de referencias hecho en vidrio, parecido a los cuartos de entrevistas de las cárceles. La lectura de adultos tenía algunos significados en mi mente juvenil. El primero se relacionaba directamente con la piscina comunitaria, en la que cada hora, cuando daba el minuto 45, comenzaba la SESIÓN DE ADULTOS. Tras el sonido de un silbato, los niños teníamos que salir de la piscina para que los adultos pudieran entrar. Por lo general, estos adultos eran personas mayores, de piernas delgadas, con cuerpos deformes, gente frágil que debía nadar con precaución y lentitud, y sin el temor de que alguien les fuera a saltar encima.

Durante estos quince minutos, los niños podían embadurnarse con protector solar, hacer fila en la tienda y, por lo general, fastidiar a cualquier adulto que no estuviera en el agua. Pero “adulto” también significaba algo más, algo que parecía ilusorio e incomprensible y relacionado con el sexo. Por lo que a mí respecta, cada libro en la sección adulta era vagamente sobre sexo. Y si no era explícita entonces lo era abiertamente, pues si no trataban sobre sexo trataban sobre violencia, falta de sexo o falta de amor. La biblioteca, tanto benigna como inmutable, estaba por encima de cualquier debate. Era la autoridad moral: en una biblioteca nunca hay nada negativo ni tensionante. Es donde se reúne una comunidad, es un lugar de aprendizaje, un lugar de descubrimiento… y sin ella yo no sería nada. Y así como en otras ciudades y países he visitado los museos de arte para orientarme, para encontrar refugio y tranquilidad, también visito bibliotecas buscando lo mismo. Alrededor del mundo, de ciudad en ciudad, las bibliotecas están llenas del resonar de la curiosidad, el deseo de la sabiduría y de una conexión profunda con el lugar, la historia y la evolución de la humanidad.

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