El afiche del largometraje 'El derecho a nacer'.

Conjetura sobre el aborto

Mario Jursich Durán señala a la popular obra cubana 'El derecho a nacer' como "la fuente sentimental del pertinaz rechazo al aborto en América Latina".

2017/03/28

Por Mario Jursich Durán

Por supuesto, solo algunos memoriosos se acuerdan hoy en día. El 2 de septiembre de 1952 las colas le daban la vuelta a tres teatros bogotanos: el Mogador, de la calle 23 con sexta; El Cid, de la carrera novena con calle 24, y el San Carlos, de la carrera trece con calle 61. Ese día se estrenaba la versión cinematográfica de la radionovela de Félix B. Caignet, El derecho de nacer, que el año anterior, transmitida por la emisora Nuevo Mundo, había tenido completamente en vilo al país. (García Márquez, que entonces vendía enciclopedias por La Guajira, dejó dicho en Vivir para contarla que lo único que lo calmaba en aquellos tiempos difíciles era oír, en un pesado radio de onda corta, “los amores contrariados de El derecho de nacer”).

Nacido en 1892, en una finca cafetera del Oriente cubano, Caignet había tentado varios destinos antes de convertirse en el ídolo artístico de millones de personas. Primero coqueteó con la música, la pintura en piedra, el periodismo y la burocracia, teniendo la fortuna de que el Trío Matamoros le grabara en 1928 un par de temas, Frutas del caney y Te odio, que pegaron de inmediato. Después, o al unísono, intentó escribir poesía, género en el cual siguió los pasos de Nicolás Guillén a través de imitaciones del habla de los negros –lo que entonces se llamaba bembetear–.

Sin embargo, donde habría de brillar con luz propia sería en un medio que apenas estaba despuntando: la radio. Allí, en la emisora santiaguera CMKD, Caignet pudo poner en práctica sus habilidades de buscavidas todoterreno y conquistar el corazón de cientos de radioescuchas con la primera de sus
radionovelas, Chan Li Po (1934).

Protagonizada por un desconcertante detective chino –su mantra “pacieeencia, muuucha pacieeencia” todavía resuena en la jerga popular–, Chan Li Po le abrió a Caignet el camino a un público más vasto. En un par de años logró no solo vender a una emisora de alcance nacional, la CMQ, su “ópera jabonera”, sino conseguir un éxito de tales proporciones que rápidamente le llovieron las ofertas para publicar un libro policíaco, El monstruo en la sombra, para hacer su debut en el cine y, por supuesto, para colocar otras radionovelas como El precio de una vida y Peor que las víboras.

A 70 años de distancia, es fácil subestimar el impacto que tuvo en 1948 el lanzamiento de El derecho de nacer. Sin embargo, no exagero al decir que la radionovela de Caignet produjo paroxismos públicos dondequiera que se transmitió. En Cuba, los cines, las iglesias y el béisbol tuvieron que modificar sus horarios para no perder asistencia; en Venezuela, cada vez que la negra Dolores mencionaba que “ar nene” le faltaba algo, las emisoras colapsaban con los envíos de ropa y juguetes para niño; en Colombia, el mismísimo presidente de la república (¡Laureano Gómez!) protestaba porque don Rafael del Junco tenía la intención de asesinar al hijo no deseado de su primogénita.

Semejante agitación provenía, ¿cómo no?, de que el tema tratado fuera el aborto. Conservador de clóset, Caignet favorecía las tramas que encerraran “una lección y una advertencia”, razón por la cual siempre enfocaba sus trabajos como un instrumento para combatir prácticas que él creía, o se imaginaba, o fingía, que eran inmorales. En 1938, a raíz del éxito de Chan Li Po, produjo un par de episodios extras en los cuales el protagonista cometía “un crimen sensacional impulsado por los efectos de la marihuana” –al parecer, odiaba los tratos de su amigo Benny Moré con la mata siguaraya–, pero fue en El derecho de nacer donde enfiló baterías contra lo que consideraba “el pecado capital de Cuba”.

Tal vez algunos recuerden que la radionovela se abre con la visita de una mujer al consultorio de un prestigioso ginecólogo en La Habana, el doctor Alberto Limonta. Está embarazada, y quiere abortar. Después de pedirle calma (“Chica, tener un hijo es una condecoración divina”), Limonta pasa a realizar un larguísimo flashback de 312 capítulos donde le cuenta su propia historia de niño despreciado. En la escena de cierre, la mujer –con lágrimas en los ojos a causa de lo que acaba de oír– acepta el consejo del médico: “¡Deje que su hijo nazca, que se cumpla la misión más gloriosa encomendada a la mujer!”.

Aquí es donde surge mi conjetura: ¿no será que esta versión caribeña del Edipo rey es la fuente sentimental del pertinaz rechazo al aborto en América Latina? ¿No será que esa radionovela, repuesta una y otra vez en las emisoras de lengua española, con dos versiones fílmicas y numerosas televisivas, publicada en libros, folletines, postales y hasta envoltorios de jabones y chocolatinas, les enseñó unas formas de razonar a los manifestantes provida? ¿No será que su mismo título, El derecho de nacer, pasó del vocabulario de Caignet al vocabulario jurídico, convirtiendo lo que era una recóndita noción del derecho canónico en el principal argumento de la crítica de la razón abortista?

Le puede interesar "La violencia contra las mujeres no acaba con el acuerdo de paz"

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.