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La revolución contra el crimen perfecto

Un texto sobre lo que podemos hacer todos para combatir el abuso y el acoso sexual, en vísperas del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, que se celebra el 25 de noviembre.

2017/11/24

Por Fernando Travesí

¡Oh, sorpresa! Las violaciones y los abusos sexuales no solo ocurren en los callejones oscuros, en los bosques solitarios o en los barrios de la periferia. En las últimas semanas, los últimos meses, hemos sido testigos de una oleada mundial de denuncias de delitos sexuales mantenidos en silencio durante décadas y ocurridos en los más importantes centros de poder: los pasillos enmoquetados de la alta y tradicional política inglesa, los despachos de la siempre más desvergonzada política americana, los focos de los platós de cine y televisión y bajo el brillo y resplandor de los Oscars de Hollywood. Ni son los primeros ni serán los últimos pero lo diferente esta vez es que hemos visto una sucesión de denuncias de casos que no estaban relacionados entre sí. Un paso al frente de víctimas de abusos sexuales de todo el mundo creando una oleada, un efecto dominó cuyo eco ha conseguido generar un movimiento de apoyo en las redes sociales (efímero, como todo lo es en esa cuarta dimensión y siempre en el filo de vaciar de contenido y significado las cosas más importantes para convertirlas en modas y tendencias) bajo el slogan #YoTambién (#MeToo) con el cual mujeres de todo el planeta expresaban su solidaridad denunciando cómo y cuándo habían sido víctimas de algún tipo de acoso o abuso sexual en su ámbito personal y profesional. Prácticamente, toda una revolución.

Una revolución social que desafía un paradigma imperante, un sistema de pensar y de poder que caracteriza a una sociedad patriarcal con tendencia generalizada a mirar hacia otro lado y a esconder las miserias femeninas bajo la alfombra preocupándose más, eso sí, de que la alfombra sea bonita y se vea siempre limpia.

Seguramente por la fascinación que nos produce el mundo del espectáculo, por la atención que le prestamos y por el rol que juegan sus estrellas en nuestra sociedad, el caso del productor de Hollywood Harvey Weinstein, ha sido el que ha ocupado más espacio mediático y generado más ríos de tinta. El poderosísimo cofundador de Miramax y cerebro de muchas de las grandes películas de los últimos años se ha convertido hoy en el prototipo del depredador sexual que campa a sus anchas por su reino, blindado por su propio poder. Durante décadas, su comportamiento ha sido una versión moderna del derecho de pernada medieval: un abuso practicado con regularidad, conocido, tolerado y consentido por un entorno pasivo y o temeroso. Un crimen perfecto. Alfred Hitchcock (quien por cierto, en las memorias que publicó hace un año su actriz fetiche Tippi Hedren tampoco se salva de acusaciones de acoso sexual en el plató) parece que se equivocó de tema al hacer su película.

Mucho, aunque quizá aún no todo, se ha escrito sobre los abusos del productor: sus tácticas, sus víctimas (algunas, actrices de renombre; otras, aspirantes; otras asistentes y trabajadoras de su empresa); y de las servidumbres sexuales que exigía para acceder o mantenerse en el competitivo mercado de la industria cinematográfica. Se han contado los detalles más escabrosos de los hechos, las sofisticadas amenazas, las prácticas de dominación, manipulación y ostracismo hacia sus víctimas y, en algunos casos, los acuerdos legales millonarios con algunas de ellas, con los que conseguía mantenerlas a todas en silencio.

Sin embargo, en medio de todo el ruido del escándalo y la casuística hay otros elementos en toda esta historia que parecieran más interesantes y que corren el riesgo de pasar desapercibidos:

Resulta muy bonito, inspirador y emocionante (como lo son todas las revoluciones pacíficas) observar cómo se logra denunciar y desmontar estas injusticias tan firmemente establecidas, normalizadas y asentadas en nuestra sociedad. El papel del periodismo de investigación, la valentía de la víctima pionera que reúne el valor para romper su silencio y el fenómeno cascada que se genera después. Destapando una corriente imparable de víctimas de delitos similares que, desde otras esquinas del mundo, también rompen su silencio. Probablemente, animadas por un ambiente más propicio para contar su propia historia pero, seguramente, motivadas también por un sentimiento de respaldo y solidaridad para con quien rompió el silencio. Para sumar sus versiones y neutralizar las poderosas narrativas que insisten en perpetuar la negación y el silencio.

Llama también la atención la aplastante opresión y estigma que las víctimas de abusos sexuales (mujeres y hombres) sufren siempre, incluso en esos ambientes más privilegiados y globalizados en los que se suelen predicar actitudes más tolerantes hacia la diversidad sexual y de género y en las que el sexo no es un tema tabú. Es paradójico que, sin embargo, ahí también las víctimas de abusos sigan topándose con un muro interno de vergüenza y otro externo de silencio, opacidad y neutralización.

Pero lo que más debe provocar una reflexión no es Harvey Weinstein sino su ambiente, su entorno, el sistema de impunidad absoluta que tiene que crearse a su alrededor para permitir que algo así ocurra. Y estos sistemas no surgen con la polinización de las flores. Se crean y se perfeccionan con los años. Se planean, se diseñan y se convierten en una sofisticada maquinaria social hecha de relaciones, valores, dinero, poder, recompensas, miedos, reglas, presión, mensajes y comportamientos individuales y colectivos que, ordenadamente relacionados y funcionando a la perfección, permite que algo así se sostenga a lo largo de los años.

Y los sistemas están llenos de hechos cotidianos y de gente corriente.

Quien hace la cita con la actriz aspirante a un papel y la reserva de la habitación del hotel en la que se hará el casting y que sabe, o sospecha, lo que pasa porque es un secreto a voces pero prefiere no indagar ni un metro de profundidad en su propio pensamiento. Las otras asistentes (siempre mujeres, según los relatos) que acompañan a la víctima hasta la prueba y se quedan durante los primeros minutos hasta que “el jefe” les pide que se vayan y les dejen solos. Todos los que luego prefieren no preguntar. Los que oyen la historia en el vestuario del gimnasio, en la barra del bar, en los pasillos de la oficina y se callan, ríen, la celebran o miran para otro lado. Los que reciben una queja pero la ponen en duda. Los que la dan credibilidad pero aconsejan “dejarlo estar”, los que persuaden y presionan para firmar un acuerdo que compra el silencio, los que lo redactan, los que lo imprimen…

Ser testigo de una injusticia y no decir nada, saber de un delito y no reaccionar y justificarse, provoca silencio y una íntima vergüenza de uno mismo. Por eso solemos enterrar el sentimiento en lo más profundo, en un rincón oscuro de nuestra alma y nuestro cerebro. Porque escuece y molesta. Porque hablar de ello, reconocer abiertamente que algo así ocurre a nuestro alrededor es también reconocer nuestro papel (pequeño o grande pero papel al fin y al cabo) y nuestra responsabilidad. Así de fácil es la complicidad.

Por eso, a estas alturas de la revolución, merece la pena impulsarla dejando de pensar en Harvey Weinstein y fijándonos en los ambientes por los que nos movemos todos los días. Porque es bastante improbable que cualquiera de nosotros pueda tener influencia para cambiar el comportamiento, la manera de pensar o los actos de ese individuo. Sin embargo, sí es más posible que de manera más o menos consciente estemos formando parte de un sistema, de un conjunto de relaciones, valores, principios o comportamientos; de un ambiente social, familiar o profesional en el que se toleran y permiten ese tipo de abusos y delitos.

Ni estos escándalos son nuevos ni se limitan a la industria de Hollywood. Cambiando modo y escala ocurren en todos los sitios y en todos los campos profesionales. Lo nuevo, lo incipiente, es una nueva atmósfera en la que las víctimas cuentan sus historias y se las cree; y los responsables empiezan a enfrentarse a las consecuencias y a rendir cuentas antes sus círculos, la sociedad y, veremos si ante la justicia.

Quizá examinando de manera crítica nuestro papel y nuestro rol en esa compleja cadena de pequeñas acciones y omisiones cotidianas que permiten que abusos como estos se cometan todos los días, se mantengan en silencio durante décadas y perpetúen, sentimientos de vergüenza y culpabilidad a sus víctimas; quizá encontrando esas conexiones ocultas y actuando en consecuencia, sea nuestra única manera de contribuir.

Mejor eso, que rasgarse las vestiduras.

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