Alberto Fuguet, periodista y escritor chileno

Alberto Fuguet: contar cuentos

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

Me gusta esta foto. Esta foto es veraniega, me evoca mil veranos, aunque claro, no he tenido mil veranos y no los tendré y ya no me interesan tanto los veranos, quizás no los disfruto, hace demasiado calor, la luz del mediodía es horrible, no soy o ya no fui un tipo playero, un tipo que amanece tumbado, raja, pegoteado en una playa de río. Además, no soy de los que veranea o necesariamente huye del verano capitalino para ir, no sé, a disfrutar del mar y “la movida” de Punta del Este o Viña del Mar o La Serena para que me miren y mirar, hacer del día noche o de la noche día y bailar o tomar hasta las cinco de la mañana o aislarse en enclaves cuicos, chetas, fresas, donde los ricos de los países pobres se aíslan, sean del lado político que sean, porque al final, los ricos son distintos y se conocen entre ellos y se broncean del mismo modo: con cremas importadas y resbalosas de aloe.

Lo que más me gusta del verano, del verano chileno, sobre todo del santiaguino, es que pasadas las nueve de la noche, el calor que te mataba baja. Disminuye, se escapa, se retira. Refresca. Me gusta el ruido de la gente regando en mi barrio de noche. Me gusta eso de tener que salir preparado porque, por mucho que hagan 33 o 34 y hasta 35 grados, sabes que al final, tipo 2 a. m., harán menos de 15 y sentirás frío y nunca estarás transpirando bajo la luz de la luna.

Esta foto no es santiaguina, no es chilena, y sin embargo es parte de mi memoria vital, de lo que asocio al verano, y tiene algo que ver con eso que llaman el paraíso perdido. Si una foto puede contar muchas cosas, esta foto las cuenta y, con el tiempo, ha ido aumentando su historia. Yo me crié en Estados Unidos, en California, para más remate, donde, según Albert Hammond, nunca llueve al sur de ese estado, lo cual no es necesariamente cierto pero tiene algo de verdad: llueve poco y el clima, por lo general, es glorioso, una primavera eterna más un verano desértico, duro y seco. Esta foto la tomó mi padre, que siempre ha tenido su lado artista, y donde más lo ha desarrollado es en la fotografía. Creo que si bien mi lado cinéfilo no viene por su lado (¿de dónde viene?), sí quizás la idea de la luz y del encuadre. A mí, al final, lo que más me importa del cine, más allá de ser capaz de captar lo que piensa un actor, es la luz y el encuadre.

Esta foto fue tomada probablemente en la playa de Zuma, en Los Ángeles, cerca de Malibú (¿o fue durante un paseo a Santa Bárbara?). Debe ser de fines de los 60 y comienzos de los 70. ¿Quizás sea del 67, en pleno verano del amor? Pero no, no puede ser, debe ser de 1969, porque mi hermana es del 66 y en el año 67 estaría muy pequeña. Nada. Es de por ahí. Esta foto me gusta mucho. Tiene onda, tiene inocencia, tiene felicidad y es una prueba de que, durante una época, durante un verano, fuimos chicos y felices y no nos dábamos cuenta de nada. Me gusta cómo me veo (soy el del medio, el guapo, sin anteojos aún) y me gusta cómo estoy contándole algo a mi hermana (el futuro escritor inventando una historia) y me gusta el gesto de mi mano, que tiene algo de director de cine y me gusta la expresión de mi hermana, con su bikini hawaiano tipo Jodie Foster en los avisos de Coppertone que, por ese entonces, estaban en todas partes (un perrito le baja la parte de atrás del bikini a una chica y vemos que ella está bronceada puesto que su potito está blanco como la nieve). De hecho, si se fijan, a Michelle la parte de abajo se le cae algo y se le nota que, en efecto, todo ese verano, ese verano pre rayos ultravioleta, lo pasó en la playa o en las piscinas, de cemento o infladas, de Encino.

Al otro costado, al lado izquierdo, hay un chico que debe tener una edad intermedia entre mi hermana y yo. El chico no era amigo-amigo, pero tampoco era un extra que justo estaba ahí. Este chico se llama –o llamaba– Esteban y era el único hijo de una pareja de chilenos (¿o es que ella era uruguaya y el marido era chileno?, ¿o era al revés?) que eran vecinos. O relativamente vecinos. O uno de los pocos latinos del barrio. También vivían en el valle: en el San Fernando Valley de California. Aquí me pierdo y quizás inventé o distorsioné, pero esto no es un reportaje ni una biografía, tampoco un cuento, no tengo claro qué es, pero me gusta volver, precisa o no tan precisamente, a esos años, a esa California Dreaming, donde resuena tanta gente que puebla mi disco duro.

A veces las fotos reaparecen, como cuando me puse a escanear algunas (fíjense en el look Kodak desteñido, casi polaroid, no tan distinto del stock que usaron los grandes fotógrafos del cine americano de los 70; todo real, nada de filtros instagram), y esta foto claramente quedó entre las favoritas de la familia y creo que todos la tenemos entre nuestras favoritas. Pero siempre –siempre– surge el tema de Esteban. ¿Qué fue de Esteban? o, yéndonos al principio, ¿quién era Esteban? ¿Cuál era el apellido? ¿Ossandón? ¿Rivadeneira? Cuando uno abandona un lugar, lo deja, el sitio que queda atrás se vuelve algo mítico, un sitio al cual es imposible volver porque al pasado no se vuelve, a lo más se visita. Entonces se cuentan cosas de Esteban. Que la familia de Esteban se separó (como la mía). Que la madre, famosa por nunca lavarse los anteojos, por tener sus gafas con una gruesa pátina de cebo, se volvió a Santiago después del golpe (¿o se volvió a Montevideo?) y dejó a Esteban allá. Se enamoró de un ecuatoriano que manejaba limusinas y conocía a Ali MacGraw. O quizás no es así. Quizás retornó después, se quedó en USA durante todos los setenta, después que nosotros regresamos. Mi madre hasta el día de hoy sostiene que nos salvamos al volver, por no crecer como gringos, por ser chilenos de tomo y lomo. ¿Quién sabe? ¿Uno se salva en cualquier idioma? ¿Es el país o la familia o el contexto o es que la semilla de la autodestrucción viene adentro?

Miren a Esteban. Fíjense. ¿Tiene algo raro? ¿Distinto? Trato y trato y no capto. Me gustan sus dientes. Siempre recordé esta foto pensando que a este Esteban, de quien nunca alcancé a ser amigo, que pronto desapareció de nuestras vidas, le faltaban dientes. Pero ese año era muy chico. Quizás ese verano pasamos mucho tiempo en casa de Esteban. La excéntrica madre nos daba leche con plátano, en calurosos y fétidos vasos de plástico de colores que habían estado mucho tiempo al sol y esta familia (¿había otro hermano o hermana?) tenía una cosa insólita en el patio que se llamaba Slip ’n Slide, que no era más que una larga tira de nylon que se mojaba. Por un costado, se colocaba la manguera y cada tanto, a través de unos hoyitos, salía agua. Así todo quedaba en extremo resbaloso y uno corría, se lanzaba sobre el nylon color rojo y terminaba deslizándose como si fuera en un tobogán.

Cuando uno se instala en otro país, eventualmente llega gente del lugar de origen. Y parte del rito es ponerse al día. Y, de a poco, fuimos sabiendo que Esteban se perdió. Desapareció. Para luego volver años después. O lo encontraron, no sé. Parece que Esteban era gay, lo que molestó bastante a su familia. Algo así. Quizás no se perdió, quizás lo perdieron. Lo sacaron de sus vidas, lo aislaron. No lo tengo claro, no sé nada de verdad, aquí la memoria no falla porque no hay memoria, no es mi vida, no es mi memoria, es la vida, es lo que le pasó al chico que está a la izquierda de esta foto que nos gusta tanto. Y cuando la gente pregunta quién es ese chico, se produce un breve silencio.

Qué simpático ese chico. ¿Qué fue de él?

¿Qué fue de él?

Qué pregunta.

La pregunta del millón, la pregunta obsesiva, la pregunta de todas las madres, la única pregunta quizás.

¿Qué fue de él?

¿Cómo terminó, qué hizo, cómo lo trató la vida?

No lo tenemos claro. No es mi hermano ni un primo. No lo volvimos a ver. Pero está en esa foto, es parte de nuestra intimidad, y ahí está, Esteban, bronceado, alegre, riéndose, no posando para la foto, contento, aunque tal vez levemente tímido, como intentando taparse la cara.

¿Y qué respondemos, qué respondo?

Que terminó mal. Que el verano del 69 no duró para siempre. Que ya no tenemos esas caras, esos dientes, esos cuerpos, ese color. Digo que Esteban huyó lejos del Valle, de Encino, del sur de California y que se fue a San Francisco, pero tampoco eso me consta.

Nada de esto me consta.

Solo me consta una cosa: que murió. Murió antes de tiempo, murió mal, murió solo (invento mío) y no volvió a sonreír así.

Quizás todo esto es mentira. Cosas que uno capta en reuniones a las que uno asiste, donde va gente que fue amiga de tus padres treinta años atrás e intenta recordar y al hacerlo, inventa. ¿Te acuerdas de los Rivadeneira? ¿De la Vickie Cabezón? ¿De los Baldwin? Sí, nunca superaron la muerte de Esteban. ¿Quién lo hubiera imaginado?

Una cosa sí es cierta: yo sigo contando cuentos y aunque no lo discutimos mucho, sé que mi hermana, que también tiene muchos cuentos que contar, los escucha.


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