Alonso Sánchez Baute en Mykonos, 1986. Foto archivo particular.

"¿Acaso yo era el único marica en el universo?"

¿Cómo se construye el amor propio cuando la conciencia que se tiene de uno mismo –la que le han enseñado, la que le han recalcado, la que ha interiorizado- es la conciencia de lo malo? El escritor Alonso Sánchez Baute habla de su adolescencia en Valledupar, aceptar su homosexualidad y el poder la cultura.

2016/11/10

Por Alonso Sánchez Baute

No soy bueno para hablar en público, se me olvidan las frases, las ideas, los nombres, las palabras. Se me olvida todo y tartamudeo, me vuelvo inseguro y la inseguridad me lleva al silencio. No significa que no tenga una voz que lucha por salir y una rabia por la manera como la sociedad pretende pisotear mis derechos. Por eso escribo. No me interesan ni la política ni el activismo. Solo quiero contar historias.

Todo empezó en mi adolescencia, mucho tiempo después de descubrir que crecía dentro de mí ese otro yo que para el resto del mundo no era más que un súcubo, un pecado, una aberración. Valledupar en ese entonces no alcanzaba los sesenta mil habitantes y todos nos conocíamos o al menos bastaba con conocer los dos primeros apellidos para saber de quién era hijo, quiénes eran sus abuelos, qué historias ocultaba su familia, cuáles eran sus taras, sus lunares negros, sus ovejas rosas.

En mi familia no había ovejas rosas, lo que me hacía aún más solitario, más inseguro y, por supuesto, más necesitado de mis propias verdades. Siempre he sido una especie de ardilla que curiosea por todas partes. Y, desde niño, lo que más recuerdo haber buscado fue a otros que, como yo, llevaran por dentro esa pulsión “malsana” que crecía en mí y cada vez adquiría mayor poder. Ahora que lo pienso, más de 40 años después, me parece increíble que alguien pueda crecer con tantas voces alrededor repitiendo tantos adjetivos negativos. ¿Cómo se construye el amor propio cuando la conciencia que se tiene de uno mismo –la que le han enseñado, la que le han recalcado, la que ha interiorizado- es la conciencia de lo malo?

Es fácil decirlo ahora que he cruzado a salvo el puente. Sin embargo, mi adolescencia estuvo plagada de pesadillas y sueños con la muerte. Intenté el suicidio y -como pueden ver- fracasé; padecí acné severo; me encerré en mí mismo para que todos me olvidaran. No fue la mía, jamás, una niñez feliz, ni tampoco una niñez inocente. ¿Cómo ser inocente si mi alma no estaba exenta de culpa? Sólo que no era una culpa propia: hasta me preguntaba de qué era culpable. ¿Podía seguir siendo cuando pretendían convencerme que no podía ser? Y la eterna pregunta: ¿por qué debo ser como los demás, si no soy como los demás?

Más que machista, Valledupar es un pueblo sospechosamente misógino. La misoginia, como la entiendo, no es odio a la mujer sino un miedo profundo a feminizarse. Lo opuesto a ese macho duro y arbitrario que grita, golpea e impone es lo sensible. Y esa misoginia, como tantos otros prejuicios, la heredé. “Todo, menos femenino”. Me decía. Los contados homosexuales a mí alrededor en ese entonces eran afeminados: justo lo que me negaba a ser. Pero había un personaje “extravagante” que se tomaba libertades inauditas en un pueblo de vaqueros, como salir a la calle con un sombrero floreado o vestir de mujer durante los carnavales. Me encantaba su espíritu de libertad.

Se llamaba Víctor Cohen y fue el hombre que llevó el mundo a Valledupar. Montó la primera heladería, que no era una heladería sino un cream helado, “Cream Helado Wellcome”, pues ya para entonces el lenguaje era importante para descrestar y si se quiere presumir de cosmopolitismo hay que valerse de palabras en otro idioma. Víctor Cohen se hizo amigo de Gabo cuando todavía no era García Márquez y algunos dicen que fue quien le inspiró a Pietro Crespi. Una vez se lo pregunté, a García Márquez, y no me lo confirmó, pero tampoco me lo negó. En todo caso, sólo tuvo palabras de cariño para Víctor Cohen, a quien le dedicó varios párrafos en Vivir para contarla.

Yo era ya un niño solitario cuando mis padres se mudaron a una casa, en ese entonces, a las afueras de la ciudad. Tenía seis años y a partir de ese momento mi mundo eran mis dos hermanas y las cuatro hermanas que vivían en la casa vecina, las dos únicas casas en quinientos metros a la redonda: sólo mujeres que jugaban a las barbies y a la casita. Era enfermizo y mal deportista, lo que comenzó a generar sospechas en mis compañeros, que pronto comenzaron a hacerme a un lado y a gritarme mariquita. Fue justo en ese momento cuando encontré mi primer gran refugio: el cine. Mis abuelos maternos habían fundado en 1952 el primero que tuvo Valledupar, y ahora eran cuatro. Uno de ellos quedaba tras cruzar una pequeña puerta en el patio de su casa. Me acostumbré todos los días a ver la película de cartelera. Era cine mexicano, western, Kung Fu y esas cosas, pero eran historias que me llevaban a imaginar otras. El cine fue para mí lo que el hielo para José Arcadio. Fue también mi primer acercamiento con el mundo exterior, con el arte y la creación y con la narración.

De tantas cintas que vi en aquellos años solo recuerdo tres que aludían lo gay: La gata sobre el tejado de zinc, El zoológico de cristal y Reflejos en un ojo dorado. El tema se abordaba con culpa y tragedia. Necesitaba encontrar referencias positivas con urgencia y en mi afán por encontrarme a mí mismo encontré la literatura. No había librerías en Valledupar –todavía no las hay- pero papá encargaba mensualmente libros al vendedor del Círculo de Lectores. Camus, Faulkner, Steinbeck, Hemingway eran los nombres más repetidos en la biblioteca. Ni siquiera en Capote encontré lo que buscaba. ¿Acaso era el único marica sobre el universo?

Comencé a escribir en la adolescencia cuentos y novelas cargados de terror. Era lo que sentía en ese momento: terror ante la vida, terror a que cualquiera supiera que habitaba en mí un monstruo que luchaba cada vez con más fuerzas por hacer añicos los barrotes. Durante los años que estudié para ser oficial del ejército cometí poesía (que por fortuna rompí) y escribí las cartas de amor del comandante de mi pelotón a su esposa, Diana. Un compañero me dijo que eso que yo hacía ya estaba contado en la literatura. Mencionó La ciudad y los perros. Ese fin de semana me fui a comprarla. Morí fascinado. “¿Así que uno puede tomar elementos de su vida privada y ficcionarlos hasta crear una historia?”. Tres días antes del ascenso a oficial estaba en el hospital cuando este mismo amigo me llevó de regalo un libro recién salido del horno. Crónica de una muerte anunciada. “¿Acaso esta no es la historia de Valledupar?” Lo que siguió fue la lectura de todo lo que se había publicado de Vargas Llosa y García Márquez al tiempo que, mentalmente, absolvía interrogantes literarios. Es decir, no leía: deconstruía.

De mis años en el ejército también recuerdo a un par de compañeros, hoy ya muertos, que cada domingo al regreso de la franquicia del fin de semana armaban corrillo a su alrededor para contar anécdotas de burdel y noches largas. Con frecuencia esas historias eran protagonizadas por travestis a los que seducían en la Caracas y luego abandonaban en cualquier paraje tras golpearlos y torturarlos. Se ufanaban al hablar de aquello como quien necesita exhibir su masculinidad. Los veía tan cobardes… pero escuchaba en silencio, muerto del susto.

De mi paso por la universidad recuerdo el violento asesinato del tío de un compañero. Era un pintor reconocido que había recogido a un hombre en la calle y este lo mató con tanta sevicia como la de la prensa al mostrar las fotos de lo sucedido. Lo que más recuerdo de esa carnicería son los testículos del tío de mi amigo reposando en un cenicero. En ese entonces no se llamaba crimen de odio sino crimen pasional, lo que daba cierta licencia para no investigar. Uno de esos días salí del cine Almirante, en la calle 85 con 15, absolutamente horrorizado luego de haber visto Cruising, la película en la que Al Pacino hace de policía infiltrado en el mundo gay de NYC en la búsqueda de un asesino de odio. Para colmo, justo en ese momento apareció el SIDA.

“Mierda –pensé entonces- ¿todo esto es lo que me espera?”

Dejé de escribir cuando me gradué de abogado. Y no hubiera pensado en volver a hacerlo si no se me hubiera atravesado una novela que, de alguna manera, me cambió la vida. Se llama En el Camino, de Jack Kerouac, y con ella no sólo descubrí que podía escribir sobre la marginalidad, sino que también me convenció que no tenía que esconder mi homosexualidad. Sólo que en ese momento no se me ocurrió escribir absolutamente nada, ni al día siguiente, ni al otro mes, ni siquiera en los dos o tres años que pasaron después. Pero la creación opera de maneras misteriosas y escribir no es un asunto tan simple como teclear frente a un computador. La creación obedece a un proceso, que a algunos les toma más y a otros menos tiempo. Yo soy de los lentos. No me afano y permito que mi mente haga su trabajo mientras me dedico a cualquier otra cosa. Esto lo aprendí una mañana de sábado cuando caminaba las cuatro cuadras entre mi apartamento y el gimnasio y de repente se me vino de chorro una historia inesperada. Regresé a casa y los siguientes tres meses escribí la novela de Edwin Rodríguez Buelvas, un ser amargado, resentido, sin amor propio que, valiéndose de su inteligencia y su vasta cultura, se hace pasar por banal mientras construye su identidad a partir del daño que hace a los demás. Eso que otros llaman una “loca brava”. Para entonces ya había encontrado en la literatura lo que desde niño tanto busqué.

La primera novela de contenido homosexual que leí fue Maurice, de E.M. Forster. Ya vivía en Bogotá cuando la descubrí, en los ochenta. Es la historia de amor entre dos muchachos en la Inglaterra eduardiana. Leerla fue importante no sólo porque me confirmó que no estaba solo en el mundo, sino porque es una novela escrita desde una perspectiva no condenatoria. El gay no es la diana de las burlas, sino alguien capaz de desarrollarse como ser humano. “Ah, entonces sí se puede”, me dije a mí mismo. Para entonces tenía un par de amigos gais con quienes me iba de juerga. Las discotecas me divertían un rato pero no resolvían mis preguntas. Me hacían creer que me aceptaba como gay –que sentía eso que llaman con pompa “orgullo”-, mientras por dentro seguía negándomelo. En el empeño por otros libros que hablaran de mis dilemas conocí a Withman, a Kavafis, a Mishima, a Yourcenar (amé tanto Alexis que la repetí de corrido tres o cuatro veces), a Isherwood, a Mccullers, a … Encontré entre estas páginas las mismas dudas, los mismos problemas sin resolver. “La literatura no trae respuestas, pero te ayuda a encontrarlas”, leí también por entonces.

En ese camino encontré también a Corto Maltés, que no es gay pero es como si lo fuera. Es elegante, narcisista, clasudo, bonito, cosmopolita, pero sobre todo es libre. Libre como un gato. Es decir, como un gay. Y entonces quise ser como Corto Maltés: ni justiciero ni moralista. Tan solo un aventurero que recorre el mundo sin tener que explicarle a nadie por qué es cómo es. Corto Maltés me enseñó a soñar con la libertad. La libertad, lo entendí entonces, no es más que ser uno mismo y era solo cuando escribía cuando me permitía ser yo mismo.

Si la literatura me ayudó a reflexionar sobre mi orientación, el cine y la televisión apelaron a la “normalización” a través de la cotidianeidad. Sucedió con Steven Carrington, el hijo menor del poderosísimo Blake Carrington, quien nunca aceptó la homosexualidad de su hijo. La serie se llamaba Dinastía y la pasaban todos los domingos a las diez de la noche. A Steven le debemos el primer beso entre dos hombres en la televisión. Aquello fue tremendo escándalo. ¡Y eso que no fue un beso apasionado sino apenas insinuado!, lo que llevó a que Matt, el gay de Melrose Place, jamás se besara. Hubo que esperar hasta el 2000 para que Jack McPhee, un personaje secundario de Dawson Creek, diera el primer beso “con lengua” a otro hombre en la TV.

Hoy, los homosexuales abundan en la pantalla chica. En Colombia, la mayoría son personajes construidos desde el imaginario estereotipado y/o superficial heterosexual. Sé de libretistas que podrían escribir sobre la herida todavía abierta de los homosexuales, pero les es más fácil hablar del chico que va de la vida entre placeres y jajajá, y se cuidan de no escribir el drama de la culpa, del rechazo, de la negación constante, de esa soledad infinita que en muchos casos no es soledad sino vacío. Los libretistas prefieren aquello a esto aun sabiendo del rechazo que conlleva el estereotipo. El dolor, en cambio, no se cuenta, porque el dolor conmueve, genera acercamientos, ayuda a ponerse en los zapatos del otro: para el poder es mejor que los maricas sigan careciendo de amor propio y no puedan construir una identidad positiva.

Colombia se reserva la misma misoginia de mi niñez en Valledupar. En parte es culpa nuestra, de los LGBT. Hemos crecido en derechos, pero no en amor propio. Y seguirá siendo así mientras busquemos nuestros referentes en las discotecas y no en nuestra propia esencia. Conozco a muchos gais que viajan cada año a NYC, a México, a Madrid para participar en el Orgullo Gay, pero que a la de nuestras ciudades se niegan a asistir. Se dicen a sí mismos que son “regios”, suben fotos a sus redes para presumir de su “regiedad” y sus amigos y seguidores las comentan con envidia, despreciando lo que aquí se hace. En realidad no son más que cobardes incapaces de dar la cara a los suyos; cobardes que siguen creyendo que lo nuestro no vale y, en consecuencia, que ellos mismos no valen: hay tantos que nunca terminan de aceptarse y quererse; tantos, incluso, que presumen de “autoconfianza” en público mientras por dentro los carcome el odio hacia sí mismos.

Necesitamos tanto del activismo político que da la cara y lucha por nuestros derechos como de la construcción de personajes literarios, del cine y la televisión que nos permitan seguir construyendo una identidad fuerte y, como dicen ahora, empoderada; necesitamos saber que hay muchos otros que en algún momento se han sentido solitarios por no encontrar a su alrededor a alguien con sus mismos miedos y preocupaciones; necesitamos leer más historias que cuenten nuestros problemas, nuestra versión del mundo, que hablen de nuestra manera de sentir el amor, de afrontar la familia o la amistad; que nos ayuden a entender nuestra sexualidad.

En mi caso personal, la literatura me llevó a aceptar mi carácter, a templar mi identidad, a confirmarme lo que ya había dicho Szymborska: Y al final dejé de saber qué era lo que tanto buscaba y a entender que no somos como los demás porque nuestra orientación sexual nos haga diferentes. No. Lo somos porque el dolor y la soledad nos han hecho más sensibles, nos han hecho diferentes. Y son ese dolor y esa soledad –precisamente y al mismo tiempo-, lo que nos hace igual que los demás.

Ser gay es una verdad que debe solucionar cada gay. No se puede exigir ese cambio primero a la sociedad. Es dando la cara como se consigue el respeto. No ocultando, ni negando, ni alimentando el odio y el miedo, ni siendo una “loca” regia o brava, esos personajes a quienes la amargura solo les permite destilar veneno. Hay que leer. En cada novela hay una pregunta. Al final, la respuesta es que no hay respuesta, la respuesta es la misma pregunta. Esa pregunta, quizás, nos ayuda a ser felices. Y, como dice Edwin Rodríguez en Al diablo la maldita primavera, “en el juego de la vida gana el que es más feliz”.

Texto leído el pasado mes de junio en Medellín, en el marco del evento Periodismo para la diversidad/Historias no contadas.

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