Alonso Sánchez Baute en el Teatro Adolfo Mejía Cartagena. Archivo Banco de la republica Cartagena.

Alonso Sánchez Baute, sobre la lectura

"La imaginación es la que le permite al hombre ser diferente del animal y la literatura no solo nos ayuda a generar imaginación sino que también nos permite conocer al hombre, saber por qué los seres humanos actuamos como actuamos", dice el escritor colombiano que reivindica el poder de la lectura y explora como fomentarla en el país.

2017/05/15

Por Alonso Sánchez Baute*

Cuando estudiaba en segundo de bachillerato a todo el curso nos pusieron a leer El coronel no tiene quién le escriba. En ese entonces en Valledupar solo había una librería (ahora no hay ni una). Se llamaba Silvera, vendía libros de segunda mano y quedaba en una vieja casona colonial en una de las esquinas de la Plaza Alfonso López, frente a la iglesia. Luego de comprar la novela, recuerdo que llegué a casa y comencé a hojearla pero a la tercera o cuarta página la abandoné. No es que no la entendiera, es que no lograba concentrarme. Había tantas cosas que ocurrían más allá de estas páginas que yo no quería perderme ninguna. Cosas que en ese momento eran importantes para mí, porque cuando uno es niño cualquier cosa es importante: ver televisión, patear fútbol, acompañar a los padres a hacer alguna vuelta. De modo que cerré el libro y me fui a hacer cualquier cosa, aunque ahora no recuerdo exactamente qué (así de importante era). Los días siguientes, cuando intentaba seguir la lectura, siempre encontraba una razón para no hacerlo. No era la primera vez que tenía un libro entre mis manos; no era la primera vez que leía alguno. Sin embargo, no lograba concentrarme y seguir atento la historia que Gabriel García Márquez cuenta allí.

Llegó el día en que hubo que pasar al tablero a hablar del libro y yo no tuve nada qué decir porque no lo había leído. El coronel no tiene quién le escriba quedó ahí, a la suerte de Dios en la casa de mis padres en Valledupar, cuando años después me mudé a vivir a Bogotá. Tenía dieciséis años y hacía sexto de bachillerato, lo que viene a ser hoy el grado once, cuando un compañero de curso me regaló un ejemplar de una novela que acababa de salir al mercado y ya era todo un suceso. Se llamaba, se llama, Crónica de una muerte anunciada y la había escrito el mismo Gabriel García Márquez que escribió El coronel no tiene quién le escriba que yo me había negado a leer.

En ese momento, cuando mi amigo me la regaló, yo estaba hospitalizado por cuenta de un accidente que me partió un brazo en dos. Me la pasaba todo el día en la cama del hospital sin hacer nada, pues ni siquiera había televisión. De modo que abrí la novela y a las dos horas ya la había devorado. “¿Quién diablos es este tal García Márquez que escribe estas maravillas? ¿Cómo no lo conocía? ¿Cómo no lo había leído antes?”, me pregunté. Le pedí a mi amigo que me llevara más libros de Gabo y entre los que trajo luego al hospital me entregó una versión de El coronel no tiene quién le escriba. Pasó lo mismo que con Crónica de una muerte anunciada: en dos horas ya la había devorado. Si la novela era tan buena, ¿por qué no me gustó la vez anterior? ¿Por qué ni siquiera lograba concentrarme cuando intentaba leerla? Supe entonces que la novela no me interesó la primera vez por una razón minúscula, y hasta infantil, pero poderosa: en el colegio me habían impuesto su lectura, es decir, pretendían obligarme a leerla. Aquello para mí había sido casi una ofensa: ¿cómo un niño libre e independiente como yo iba a permitir que alguien me obligara a hacer algo que no quería? Para colmo, eso de leer libros no era más que una perdedera de tiempo con tantas cosas de veras importantes para hacer, como andar por la calle o echarme frente al televisor. De modo que no lo hice: no la leí y preferí perder la materia. Me sentí valiente al hacerlo. “A mí nadie me impone nada”, me decía a mí mismo para convencerme que estaba muy bien no leerla. Ahora, varios años después acostado en una cama de hospital, me preguntaba por qué había sido tan estúpido de no animarme a leerla, si leer era tan divertido. La lectura no es como el cine o la televisión donde la historia se ve de principio a fin en una pantalla. La lectura nos cuenta la historia pero además nos permite imaginar lo que nos cuenta. Al lector le corresponde, mientras lee, imaginar cómo el rostro del narrador o de los protagonistas o de los lugares y los objetos que menciona. La imaginación es la que le permite al hombre ser diferente del animal.

Los humanos, como todos los animales, tenemos un lenguaje propio para comunicarnos pero, a diferencia de los animales, los humanos también podemos usar el nuestro para crear ficciones y, como apunta el escritor israelí Yuval Harari “un humano solo tiene que montar una buena ficción (un dios, una bandera o unos colores deportivos) para conseguir, cómodamente, una fuerte unidad colectiva. Por su mayor corpulencia y por su mayor cerebro, un neandertal superaba con creces a un sapiens en el combate uno a uno, pero este último lograba mantener unidos colectivos más numerosos gracias a su habilidad para crear mitos, bulos y chismorreos. El neandertal no desapareció por el cambio climático, sino por su incapacidad para contar mentiras”. Y es la lectura, antes que la televisión o el cine, la que nos ayuda a desarrollar mucho más la imaginación.

Al negarme en la niñez a leer aquella novela perdí también una oportunidad. Cuando uno es joven a uno no le interesa lo que significa la palabra oportunidad. La oportunidad, dice el diccionario, es el “Momento o la circunstancia convenientes para algo” y resulta que yo no solo había tenido la posibilidad económica de comprar la novela, así fuera de segunda mano, sino que además había tenido la oportunidad de leerla y hasta de analizarla con un profesor. Pero me fui por el lado cómodo: me convencí a mí mismo que tenía más valor enfrentar al profesor y decirle que lo que pretendía enseñarme me importaba un joropo. Uno cuando es niño se siente muy machito al hacer estas cosas. La mayoría de las veces uno ni siquiera logra darse cuenta que está equivocado. Y yo estaba equivocado por dos razones, lo supe durante esos días en el hospital.

Colombia es un país feudalista, centralista, clasista, machista, racista y, especialmente, muy mezquino donde las oportunidades suelen centrase en unas pocas familias o apellidos. Este es un hecho que todos conocemos pero que olvidamos con frecuencia. Lo recordamos para quejarnos, para lamentarnos, pero pocas veces para superarlo. Si conocemos el carácter de esta nación, si conocemos sus síntomas, las amenazas, las debilidades, ¿por qué no hacemos nada o por qué hacemos muy poco por contrarrestarlas? Que en ocasiones no es fácil hacerlo, es cierto, pero no es imposible. Gabriel García Márquez es, precisamente, el mejor ejemplo al respecto: un hombre que nació en un pueblo perdido en la geografía nacional, en Aracataca, un pueblo del que nadie en el resto del mundo había oído hablar jamás. Y allí creció él, en la mayor de las pobrezas y con el mínimo de oportunidades posibles. Y todo lo que consiguió lo consiguió a partir de un solo punto de apoyo: la lectura. La lectura lo armó de inteligencia, de capacidad, de seguridad y lo sacó del país y cuando Colombia supo de él ya era un hombre grande a quien la fama universal ya reconocía.

Desafortunadamente es más fácil lo fácil. Cuando el éxito se asocia con dinero y poder, nunca es suficiente. Visto desde la distancia, cualquiera podría decir que los hombres más ricos de este país son exitosos, pero si les preguntamos a ellos seguramente nos dirán que apenas están en el camino del éxito, porque creen que todavía no han logrado todo lo que se merecen. Quien pretende el éxito del dinero y del poder siempre quiere más dinero y más poder. El éxito es eso: un animal hambriento al que nada lo sacia. Hemos sido educados en que el dinero y el poder dan respeto. Y déjenme decirles una cosa: eso no es cierto. Conozco a decenas de personas que tienen dinero, mucho dinero, y aun así nadie los respeta. A los políticos, por ejemplo, pues sabemos que el éxito para ellos es ladronear lo que es de todo el resto. El respeto no se concede, ni se pide. Se gana y se hace valer. Los espacios no son fruto del azar, se logran y se mantienen a punto de determinación y de luchas constantes. La competitividad es tan vigente como la fuerza de gravedad. O estás a la altura o estás afuera, así de simple. ¿Y saben qué tiene de diferente la gente que no basa su éxito en el dinero y el poder? Imaginación. Conozco a decenas de empresarios de este país que son, ante todo, grandes consumidores de literatura. Y la literatura no solo nos ayuda a generar imaginación sino que también nos permite conocer al hombre, saber por qué los seres humanos actuamos como actuamos.

Y aquí viene la otra razón por la que me equivoqué en la niñez al negarme a leer aquella novela y haber menospreciado la lectura. No es la educación lo que nos hace diferentes. Si dos de ustedes estudian en el mismo colegio y reciben enseñanza del mismo maestro, en principio ambos tendrían en el futuro las mismas oportunidades, pues ¿en qué se diferencia la educación que recibe uno de la que recibe otro? En principio, es la misma. Sin embargo, al graduarse y entrar al mercado laboral notarán que las oportunidades no serán las mismas para todos y que finalmente los que salgan adelante serán aquellos que mejor uso le hayan dado a la imaginación. El secreto del éxito radica en el talento para crear antes que en los recursos económicos o en las oportunidades sociales. De nuevo cito a Harari: “Si hasta hace unos años la principal fuente de riqueza estaba en los activos materiales de las naciones (petróleo, oro, carbón, campos de arroz, de trigo, de algodón), la principal fuente de riqueza hoy es el conocimiento”. El conocimiento está en los libros. “Los libros son el polen que llevan una inteligencia a otra”, leí en alguna parte. Y no hace daño la inteligencia. No teman ser inteligentes. No tengan temor, tampoco, de ser libres ni teman de las cosas que desconocen porque cuando las conozcan se darán cuenta que no había razones para temerles. No teman saber más ni se limiten al momento de curiosear. Nada nos ayuda a entender mejor lo que sucede que mirar por las ventanas, que observar con los ojos de las ardillas. No hay que tragar entero nada de lo que se oiga. Hay que especular, hay que preguntar, hay que leer, hay que saber. Los padres no lo saben todo e incluso pueden estar equivocados. La sociedad entera puede estar equivocada, tal cual nos lo demostró Cristóbal Colón. “Las mayorías” son solo una estadística y solo por ser mayorías no significa que tienen la razón.

Quiero recordar la frase del discurso que se hizo viral en las redes tan pronto lo pronunció Emmanuel Macron tras ser electo nuevo presidente de Francia: “Esto va para los jóvenes. Vengan a Francia. Aquí son bienvenidos. Esta es su nación y nos gusta la gente creativa. Queremos gente creativa”. Sean creativos. Necesitamos jóvenes que creen y también gente que crea en Colombia; no corruptos que solo saben esquilmar el futuro del país. La gente corrupta no cree en Colombia porque no sabe crear, porque no tiene talento para imaginar que se puede vivir sin robarle al Estado. Para ellos la única manera de hacer dinero es robarla y al robar unos pocos nos quitan todas las oportunidades al resto. ¿Eso es hacer de este país un mejor lugar?

Ya que menciono a Colombia, sea la oportunidad para decir que el nuestro es un país que enfrenta actualmente un cambio histórico. El proceso de paz no se trata solo de un acuerdo con la guerrilla. Es la posibilidad que tenemos los colombianos de apropiarnos de una nación que hasta el momento solo ha tenido ojos para la guerra. La guerra no deja nada bueno, entre otras razones porque los ganadores, si los hay, son solo unos pocos, son solo los que detentan realmente el poder, es decir, los que están arriba de todos nosotros. “La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen pero no se masacran”, escribió Paul Valery. ¿Por qué sacrificar nuestras vidas para que se lucren unos pocos sabiendo que todos podemos ganar al sacar adelante juntos esta nación? Y para ganar hay que ser creativo, hay que exprimir al máximo la imaginación. Hay que leer. En cada novela hay una pregunta. Al final, la respuesta es que no hay respuesta, la respuesta es la misma pregunta. Esa pregunta, quizás, nos ayuda a ser felices. Y, como dice Edwin Rodríguez en Al diablo la maldita primavera, “en el juego de la vida gana el que es más feliz”.

*Texto leído en la inauguración del programa Leer el Caribe del Banco de la República en Cartagena, mayo 9 de 2017.

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