Álvaro Mutis (1923-2013)

Trapos que el viento baraja

El poeta mexicano Pedro Serrano hace un homenaje a la voz del escritor Álvaro Mutis con motivo de su muerte.

2013/11/06

Por Pedro Serrano* Poeta, y traductor mexicano. Editor del Periódico de Poesía de la UNAM.

La voz de Álvaro Mutis hace una concha de eco que se proyecta en la ubicuidad. Como los diseños de la primera mitad extensa del siglo XX, con esos portafolios de cuero llevados por Walter Benjamín, su escritura tuvo la inmaterialidad de la asfixia y la prestancia de quien decide habitar espacios de largo aliento y suavidad mítica, sin apurarse y dubitativamente. Su escritura proyecta un mundo imaginario de aventuras y alas desgarradas, de lluvia y abandonos y batalla e incursión catedralicias en la muerte. Su paisaje, su época, su localización, ahondan en cada hueco de la ensoñación con una persistencia de vientos de tramontana o de simunes que inundan con su nube de arena y asfixia nuestra imaginación.

Es por eso que Maqroll es una evocación más que un nombre, una resonancia a flor de sal que viene de los mares de Melville pero también de los de Conrad y Stevenson, de la pereza polinésica de Gauguin y del trazado milimétrico de los paisajes de Klee. Maqroll es una implosión humana semejante a la de Meursault, el extranjero de Camus, sombra de reflexión antes que persona, vaho moral más que acción, siempre en un naufragio posterior a la aventura. Y es también Álvaro Mutis un personaje presente en los cuadros de Botero, de rostro sonrosado, sonrisa franca y desfachatez al cinto, salido sin la menor duda de la historia física y moral de Colombia, de su geografía, de su violencia, de su picaresca, de su alimentación exuberante y la desgarrada recurrencia de sus guerras. Comparten ambos un mismo aire mistificado de aventura, los sombreros de explorador, los tiquetes de colores, las casetas de madera al borde de los ríos, reproducible en sus clichés pero inalcanzable, desde ahí, en su fondo real. La hondura de ese gesto humano, de esa palabra castigada, ese peso de hombre que padece y vive, que goza y sufre, es lo que le da a Maqroll su voz poética, su rastro perseguible, su internamiento en la selva húmeda, y a Mutis la sentencia cancina, la carcajada y la voz calcinada.

 Algunos han querido ver a Álvaro Mutis como el poeta del Boom. Habría que voltear ese corsé de cabeza y pensar un poco en otros poetas que pulsan los mismos vientos, antes y ahora. Pero quizás esa dudosa definición sirva para ver mejor en donde abrevan poemas y altas narrativas. Su escritura se sitúa en un cruce de ecos en el que del sur llegan los meandros detenidos, los astilleros fantasma y los puestos de frontera a pie de río de la Santa María de Juan Carlos Onetti. Hacia el occidente cabalga con los personajes de Juan Rulfo en un polvoriento mundo onírico y la misma tierra caliente de un ancha Media Luna inabarcable. Al oriente se interna en la vegetación apretada y en el mundo prehistórico de lianas y yagüé que Alejo Carpentier fue el primero en plantar y recorrer con sus pasos perdidos. Del norte llegan una fría detención en praderas nevadas, de versículos de largo aliento, ríos congelados y puertos balleneros. Todo esto se ayunta en la creación de un vasto espacio mítico, en el cual plantar raíces, un poco como los manglares, que se hincan en el agua quieta hasta tocar fondo y vuelven a surgir en ramas. De ahí surge una escritura que en Mutis sirve como detonante para volverse global. Estas regiones focales Mutis las extiende en un mapamundi propio, una esfera a la que da vueltas en su mano y en la cual, de pronto, enfoca un vasto territorio de mares e iglesias resonantes, de ríos musculosos y hospitales de misericordia. Mutis va de una región a otra como el holandés errante en su barco fantasma, llegando siempre, invariablemente, a un lugar arrasado por el clima o la acción humana. Todo esto en un coctel en el que se extienden los llanos del Far West, las minas del Rey Salomón, los glaciares de la Antártida, las riveras mortificadas de Benares, mientras que a sus pies chapalea el oleaje de la historia, desde el surgimiento de Estambul hasta la Caída de Tenochtitlán. Álvaro Mutis le ha dado a la literatura en español un mundo que antes no había habitado más que de oídas, una resonancia que pasa por catedrales y ermitas y en la cual viven juntos César Borja, Don Quijote, Mario Luzi, reales e imaginados, “trapos que el viento baraja”.

 Este espacio, que Mutis ha sido capaz de crear y en el que ha podido explayarse, fue posible gracias a su íntima convicción de exiliado: una vida íntima sin el peso de un deber ser que lo habría perseguido de no haber salido de Colombia. Sin seguir viviendo intensamente, como lo hace, en sus ríos y cafetales, su ininterrumpida geografía, Mutis quizás habría sido, sin salir de Colombia, un escritor regional, de hondo aliento pero escaso horizonte. A su vez, si su exilio lo hubiera atracado definitivamente en alguna ciudad de Europa, en Bruselas, por ejemplo, donde pasó sus primeros años, o en París, que tanto ama y por la cual lo vi pasear, sin abordarlo para no interrumpir su paseo al lado del Sena, o en la España del Escorial y Felipe II, o en la Florencia de caciques a la vez turbios y sofisticados, amenazantes y espléndidos, su escritura quizás se habría volatilizado, vuelta retrato sin fondo de esos nudos históricos, a los que el aliento que los otros mares le han traído dan otro espejo y también otro horizonte.

 Mutis le ha dado a México la posibilidad de no sólo ser un ombligo nacionalista, sino nudo, foco y cruce de fronteras, mezcla y mestizaje de todo lo que por ahí cruza.A su vez, México le dio a Álvaro Mutis el espacio conmocional para que su escritura viajara a sus anchas y se abriera al mundo al mismo tiempo que se entierra indudable en los cafetales colombianos. Si Mutis no hubiera vivido en México quizás no habría encontrado las palabras para que su mundo infantil se convirtiera en alta escritura adulta. Su inmoderada irreverencia es necesaria. Su sentido del humor, colombiano como la yuca y el aguardiente, ha sido en el apretado más que estrechó mundo intelectual de México una presencia sanamente irreverente, y en Colombia, de regreso, también. Quien no lo tome en serio no entenderá sus botadas. A su vez, quien le crea a pie juntillas va a terminar desencaminado, como estatua de sal varada en el islote de Sancti Petri, sin alcanzar nunca Cádiz, de donde venían algunos de sus ancestros. El temple adusto y contemplativo de Quevedo lo acompaña ahora en este otro viaje común en el que espíritu y palabra soplan juntos. En su compañía Álvaro Mutis puede ya decir: “Desata de este polvo y de este aliento el nudo frágil en que está animada sombra que sucesivo anhela el viento”, y descansar.

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