Akira Kurosawa y Andréi Tarkovski

Un romance cinéfilo: Tarkovski y Kurosawa

Por fuera de los círculos de Hollywood, en medio de la profusión de cine modernista que atravesó los años sesenta, dos de sus máximos exponentes entablaron una amistad profunda. Hoy, fecha en que murió el director de ‘Los siete samurái’, recordamos el afecto y el cariño que marcó su relación con Tarkovski.

2016/09/06

Por Santiago Serna Duque

Pocos directores pueden generar, como el ruso Andréi Tarkovski, fascinación y desasosiego al mismo tiempo. El espectador curtido destaca su lenguaje cinematográfico cargado de planos largos que invitan a la meditación; mientras que el espectador novato, por lo general, se ve frustrado y aburrido frente a su estilo. Para disfrutar del ruso se requiere tanto del uno como del otro. Hay que verlo con la sensatez del adulto y la irreverencia del adolescente. Así, alejado de todas las arandelas que rodean su obra, es posible concebir la belleza de su cine. Tarkovski labra con paciencia campesina la maleabilidad del tiempo cinematográfico.  

Nadie mejor que otro maestro, Akira Kurosawa, para sustentar esta idea. En el libro Dream is a genius (El sueño es un genio), publicado póstumamente en 1999, el japonés nos regala varias páginas en las que desgrana la imagen de un Tarkovski cariñoso y genial: “Cuando hablábamos coincidíamos en que una película no debía intentar explicar nada. El cine no es el medio adecuado para la explicación. Quienes ven una película deben sentirse libres de apreciar el contenido y han de estar abiertos a la variedad de interpretaciones. El cine de Tarkovski nunca era explicativo. Su meticulosidad y profundidad eran increíbles”. En ese sentido, Kurosawa sostenía que no toda obra debía estar dispuesta a redondear ideas porque “no existe un futuro brillante para los que quieren explicar todo acerca de su propia película”.

A mediados del pasado siglo, en un mundo saturado por la facilista concepción visual del cine de Hollywood, el director llegó como un verdadero mesías ruso. Dividendo la historia del cine en un antes y después. Influenciado por el neorrealismo italiano, pregonó un concepto articulado por la aparente confusión en sus puestas en escena. Varios tiros de cámara sobre los mismos actores, acompañados de algunos sutiles movimientos de los personajes en el encuadre, sustituían la obviedad de los diálogos. El talante de su cine es repetido por autores contemporáneos como Bill Viola y Michael Haneke.

Tras largas conversaciones en el plató de filmación de la película Solaris (1972), Kurosawa recuerda la maravillosa capacidad que tenía su amigo para poetizar el silencio: “No está interesado en los cortes rápidos sino en lograr el ritmo interno y externo de cada toma. Su estilo visual se expresa, la mayoría de las veces, a través del silencio con movimientos sutiles y meditativos”. El director japonés encontró en el temperamento atrevido de Tarkovski la calidez de un niño: “Siempre me miraba con sus adorables ojos brillantes. Nunca voy a olvidar su mirada cordial. Los dos coincidíamos en muchas cosas acerca de la vida y las películas. Pero éramos muy diferentes en relación al carácter. Él era un poeta, yo no”.  

Además de las virtudes estéticas del encuadre, Tarkovski fue precursor en la idea de convertir al entorno natural en personajes del largometraje. Capacidad que el mismo Kurosawa, mayor en edad, utilizó en trabajos como Kagemusha (1980) o Rapsodia en agosto (1991). Cada detalle en la vegetación, la brisa, el flujo del agua, la lluvia, el canto de las aves son exaltados sin tapujos por el mayor exponente del cine japonés: "Me gustan todas las películas de Tarkovski. Para mí, es el director que mejor ha rodado escenas con agua, en albercas, charcos, etc. Sus obras son muy complejas, pero me parece un director extraordinario. Su inusual sensibilidad es abrumadora y destacable: casi alcanza la intensidad patológica”. Los ‘modernos’ Theo Angelopoulus con su neblina y Abbas Kiarostami con su sequedad desértica, son también hijos de los matices en la obra del maestro ruso.

Kurosawa recuerda que la relación entre ambos oscilaba entre la franqueza y el mamerto discurso de alabanza. En cierta ocasión, el director soviético le dijo a Kurosawa que “no era un particular admirador de la película Trono de sangre (1957) porque la obra era una adaptación insuficiente del Macbeth de Shakespeare”. Pero para arreglar el acto de sinceridad, Tarkovski confesó una pequeña manía, o capricho, que tenía: "Veo Los siete samuráis antes de rodar mis películas". A lo que le contestó Kurosawa: "¡Qué agradable coincidencia! Yo hago lo mismo, antes de rodar las mías tengo que ver Andréi Rubliov”.

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