Rosario nació un año antes que Andrés, en 1950. Crédito: Carlos Julio Martínez.

Andrés Caicedo: retrato de un niño transgresor

Rosario Caicedo, hermana del escritor caleño, que vive desde hace más de cuatro décadas en Estados Unidos, estuvo en cinco ciudades colombianas participando en una serie de eventos sobre la obra literaria del autor de ¡Que viva la música! Hoy publicamos la primera entrega dedicada a la primera infancia del autor. Mañana espere la segunda sobre su adolescencia y adultez.

2016/09/07

Por Redacción Arcadia

Rosario Caicedo recibió a su hermano en Estados Unidos en 1973 cuando el escritor, a los 21 años, soñaba con vender tres de sus guiones en Hollywood. La idea, cuenta esta mujer que vive en Connecticut hace varias décadas, era que ella, con el precario inglés de alguien recién mudado a Estados Unidos, tradujera los guiones y él se fuera en una especie de viaje de promoción surrealista a convencer a Roger Corman de que se los comprara. Rosario era su hermana pareja, la que le llevaba apenas un año y con quien creció de la mano contándose historias desde muy chiquitos. Ella es consciente de que Caicedo es un mito y le pertenece a sus lectores.

¿Cómo ve, 40 años después, la obra de su hermano?

Es supremamente interesante ver cómo una obra que se publicó hace 40 años, por un muchacho de 25 que llevaba escribiendo en una forma disciplinada y obsesiva por más de 10 años, ha tenido este tipo de universalidad. A mí me parece que esto demuestra la calidad de la obra. Es decir, hay miles de libros que se escriben todos los días, y que pasan a formar parte por dos meses de una lista de best-sellers, pero después se olvidan. Pero tanto ¡Que viva la música! como el resto de su obra ha sido como una bola de fuego que ha conseguido llegar cada vez a más lugares.

Para usted, ¿en qué radica la permanencia de ¡Que viva la música!?

Después de tantos años, pienso que una de las cosas es que está escrita con la voz transgresora del escritor; una voz femenina que cuestiona la propia existencia de esa heroína y lo hace de una forma universal. Creo que es lo que más le gusta a la gente, en particular a los jóvenes, pues se cuestiona el orden establecido y eso lo hizo Andrés en toda su obra. Lo cual no quiere decir que no le llegue a los adultos, porque si no, no hubiera sobrevivido.

Se habla mucho del genio, pero por qué no nos cuenta un poco de sus recuerdos de la infancia de Andrés...  

Nuestra familia estaba compuesta por cuatro hermanos. Tres hermanas y un hermano, Andrés, el varón sobreviviente. Mi mamá perdió otros dos hijos hombres, entonces el único que vivió hasta la joven adultez fue Andrés. Por diferencia de edad había dos grupos. Mis hermanas eran mucho mayores que nosotros, y en la infancia esa diferencia siempre se siente más grande. Mi hermana mayor me lleva ocho años, la otra cinco. El grupo de los “chiquitos” éramos Andrés y yo, que nos llevábamos un año. Yo nací en el 50 y Andrés en el 51. Mi cumpleaños era en mayo y el de Andrés en septiembre. Parejitos.

Evidentemente desde muy pequeños desarrollamos una profunda comunicación. Mi mamá siempre contaba que yo era la que le traducía a ella la media lengua de Andrés. Puedo decir que desde que estaba muy pequeña empecé a notar que Andrés era un niño muy distinto. Alguien con una profunda tristeza y estoy hablando de a los 6 o 7 años. Un niño que aún sin un lenguaje muy elaborado parecía muy triste. A la par de eso tenía una profunda capacidad de observación de lo que nos rodeaba, veía las cosas de una forma muy particular.

¿Había clima intelectual en la casa? ¿Cuál fue la conexión de Andrés con las palabras?

Nosotros no éramos una familia de intelectuales, en ningún momento. A mi papá le gustaba leer, a mi mamá le encantaba narrar cuentos, que considero como una primera forma de literatura. Ella era una extraordinaria narradora. Si Andrés aprendió de alguien a narrar, fue de mi mamá. Es decir, ella nos sentaba y nos contaba cuentos que eran extraordinarios; de su vida, películas. He hablado mucho de esto: cómo Andrés y yo aprendimos a amar el cine a través de las películas que mi mamá nos contaba. Es lindo. Cuando ella nos contó Lo que el viento se llevó, después fuimos a verla y salimos un poco decepcionados porque su cuento era mejor que la película. Había ese profundo amor por la palabra hablada, por mi mamá. Había libros en la casa, evidentemente, pero aclaro de nuevo, personalmente pienso que no éramos una familia de intelectuales.

¿Entonces dónde adquirió toda esa cultura lectora?

Andrés se empezó a distinguir desde muy jovencito por el amor a los libros y a la lectura. Era un amor muy grande el que sentía por la literatura universal. Me lo pregunto aún hoy: ¿de dónde sacó Andrés todo ese canon literario tan supremamente rico desde muy pequeño? Cali, a mediados del siglo XX, era una ciudad muy provinciana. Es decir, en esa época se leían a los autores colombianos, algunos latinoamericanos, otros norteamericanos, pero no se enseñaba en el colegio ese tipo de riqueza literaria que Andrés llegó a poseer.

¿De dónde salió eso?

Para mí es un verdadero misterio. Pienso que alguien en algún momento, y no sé quién, le debió mostrar a Andrés una cantidad de autores internacionales, especialmente ingleses. Le encantaba The Bloomsbury Group, la idea de un grupo de personas que había trasgredido las normas de la Inglaterra Victoriana. También se había fascinado con las hermanas Bronte, con su historia, y sobre todo con Virginia Woolf. Yo no tenía ni idea de ella, a nosotros no nos enseñaban Virginia Woolf en el colegio. El primer libro que tuve de ella me lo regaló Andrés.

¿Él compartía ese mundo interno con usted?

Nosotros hablábamos muchísimo de libros. Hablábamos muchísimo de cine. Andrés era profundamente tartamudo, así que entendió que la escritura era su camino porque tenía esa frustración de que no podía comunicarse. Además era un niño muy tímido, con una profunda hipersensibilidad que lo hacía muy ajeno a las relaciones sociales, muy temeroso de cómo lo veía la otra gente, de cómo se podía relacionar. Andrés se dio cuenta de que podía sentarse y escribir, y eso fue el gran descubrimiento que le permitió vivir hasta los 25 años. Es importante hacer énfasis en que él escribió hasta pocos momentos antes de matarse.

¿Por esa sensibilidad, había un deseo de proteger a Andrés en la casa?

Evidentemente, él fue el niño mimado. El varón. Nosotros seguimos viviendo en una sociedad muy machista, y mi mamá ya había perdido dos niños hombres. Pienso que mi madre y mi padre concentraron todas sus esperanzas en el hijo hombre. Y pienso que Andrés no respondió a esas expectativas. Desde un primer momento se vio que no iba a ser el muchachito convencional que iba a estudiar medicina o abogacía o ingeniería, o en el peor de los casos filosofía y letras. Que se fuera a graduar de la universidad, que se fuera a casar, que fuera a tener hijos: nada de eso. Es decir, desde muy pequeño, él empezó a ser distinto y mis papás empezaron a darse cuenta. Les preocupaba muchísimo lo diferente que era Andrés, por lo tanto había incomprensión en muchos niveles. Pero no los culpo: ellos eran producto de una sociedad profundamente conservadora donde el ser diferente era siempre visto como un gran problema. No es coincidencia que una de las canciones de salsa que a Andrés le encantaba tararear era ‘El diferente’, de Richie Ray y Bobby Cruz.

Se piensa que en el 65 Andrés escribe su primer cuento, a los 14 años, con una precocidad absoluta. ¿Qué recuerda de ese momento?

Él me leyó ese primer cuento y me quedé sin palabras. Yo me considero una persona normal, ¿me entiendes? “Del montón”, como se decía en mí época. En ningún momento con la brillantez y la creatividad intelectual de Andrés. Profundamente optimista, algo que a él le causaba risa total. Pero si algo teníamos en común era la pasión por la literatura y el arte. Y ese amor por los libros me hizo entender desde muy temprana edad que yo estaba ante la presencia de un artista, de un Escritor con mayúscula, y desde ese momento me concentré en motivarlo a que continuara escribiendo… Cuando me mostró ese cuento, le dije: “Andrés, esto es maravilloso. Tienes que seguir escribiendo”. Él ya había empezado a escribir, si bien sus primeros esfuerzos literarios tuvieron que ver con los cómics. Él, en un inicio, quería ser dibujante de cómics. Era muy buen dibujante. Hace poco estaba yo desempolvando libros, y me encontré este dibujo:


Dibujo en un cuaderno de colegio: ‘A.C.E’: matar es fácil. A las nueve de las noche, un hombre bendía (sic) cigarros en una calle de neoyorquino’.

Esto era lo que quería hacer. Debía tener 9 años. Pero él escribía desde antes, hacía dibujitos y me decía: “quiero hacer cómics”. Era una persona que desde muy pequeña comprendió y estaba interesado por la creación literaria.

¿Cómo era su relación de hermanos?

Fuimos siempre muy cercanos. Pasábamos juntos una gran cantidad de tiempo. Yo tengo un año más que él, y por lo tanto aprendí a leer antes que Andrés y él me pedía que le leyera cómics y obras de teatro. Una vez, nos encontramos un libro de García Lorca. Era la primera vez que yo vi una obra de teatro escrita. Andrés llegó y me dijo: “Rosarito, léemela”. Me imagino que le preguntamos a mi papá qué era. Estábamos veraneando en La Cumbre, un pueblito cercano a Cali. Entonces empecé a leerle Las bodas de sangre; siempre me acordaré de ese título. Y te puedo decir que yo no entendía nada de lo que leía. Y Andrés maravillado. Yo me estaba aburriendo y él insistía: “sigue leyendo”. Tendríamos 6 y 7 años, y a él le encantaba el teatro. Siempre decía, “ojalá viniera el teatro a Colombia”. Y mira tú, a la edad de 16, fue capaz de traer su propio teatro a Cali.

Para leer la segunda parte de esta entrevista, haga click aquí.

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