Antonio Caballero y Carolina Sanín.

Dos miradas opuestas a la cultura taurina: Antonio Caballero y Carolina Sanín

Con motivo del regreso de los toros a la Plaza de Santa María en Bogotá, recordamos estas dos columnas publicadas en ediciones pasadas de nuestra revista impresa.

2016/06/15

Por Revistaarcadia.com

El arte
Por Antonio Caballero (julio de 2011)

El rasgo característico de los antitaurinos es su ceguera al arte. No me refiero al arte del toreo: de eso hablaré después. Sino al arte en general. Su ceguera, su sordera, como quieran llamarla: su incapacidad para comprender lo que están viendo, lo que están oyendo, lo que está pasando. Tienen ojos, y no ven, como dice la Escritura. (Pero tampoco leen lo escrito: no quieren saber). Pero están aprendiendo. Su propio antitaurinismo, paradójicamente, les sirve de guía.

Así, desde hace algunos años se les han venido abriendo las meninges a los misterios de la poesía y de la música. Rudimentariamente por ahora. Su contacto con la poesía se reduce a la repetición obsesiva de unos pocos pareados disparejos de prosa rimada y consonante, del estilo de “¡Los toros no son cultura! ¡Los toros son tortura!” entonados con ritmo monótono acentuado en la penúltima sílaba (...¡uúúúra! ...¡uúúúra!), que les sirve, suponen ellos, de acompañamiento musical. A veces los realzan con unos brinquitos: es su aproximación a la danza. Los antitaurinos son muy primitivos. Lo cual, me apresuro a aclarar, no es un defecto: es un estadio temprano y todavía tosco del desarrollo espiritual, que puede evolucionar con el paso del tiempo. Ese primitivismo, con la ignorancia que conlleva, explica en buena parte el que no entiendan que la tortura es una manifestación de índole cultural, aunque sea moralmente condenable. La cultura es neutra desde el punto de vista de la moral: tanto valor cultural tiene lo moral como lo inmoral, así como es igual el valor estético de la belleza y el de la fealdad. En fin: ya les vendrá a los antitaurinos, si les viene, la capacidad del distingo moral. Por ahora van solo en lo estético.

La fotografía que ven ustedes arriba es la prueba. No es mucho todavía. Es apenas el equivalente al pareado cojo en poesía, al grito gutural en música, al saltito rítmico en danza: es la representación pictórica de un toro hecha por un grupo de militantes antitaurinos en la Plazoleta de San Francisco, en Cali (según informa el pie de foto de El Tiempo del 1 de julio). Están tirados en el pavimento, con los cuerpos semidesnudos pintarajeados de rojo y negro —pues a los antitaurinos les gusta semidesnudarse y embadurnarse de colores para llamar la atención: en ellos alumbra ya también un embrión de arte dramático. Los de rojo forman el morrillo del toro, ensangrentado por las banderillas. Los de negro, el animal entero, de pitones a rabo.

La fotografía es muy buena (la firma Juan Pablo Rueda); pero la instalación en sí es todavía bastante torpe. A estos antitaurinos que se acuestan bocabajo en el piso se les nota que no han visto en su vida un toro bravo. El que dibujan es una ofensa a la especie más bella del reino animal. Es un toro a la vez agalgado, o sea de barriga recogida y largo como un galgo, y acochinado: redondeado de lomos como un cochino cebado. Carece de papada, como un gato, y en cambio lleva al cuello los cuerpos colgantes de dos antitaurinos que simulan una especie de badajo de buey. Tiene lo que en términos taurinos se llama “poca cara”, es decir, pocos pitones, y uno de ellos, el izquierdo, está partido por la cepa. Y mientras las patas traseras terminan en cascos achatados de equino y no hendidos de bovino, tampoco las manos tienen verdaderas pezuñas, sino pinzas de cangrejo. Testículos no hay. Es cierto que se ve una gran confusión por el lado de los cuartos traseros: patas, rabo, algo que puede ser un pene recurvado y largo. Pero testículos no hay. Y una de las cosas más notables y notorias que tiene un toro bravo son los testículos, pesados y bamboleantes como badajos de campana. En resumen: es un toro mal hecho.

Lo cual no es de sorprender. Es un toro imaginario, imaginado por antitaurinos de acuerdo con descripciones fragmentarias y fantasiosas de terceros. Como el famoso elefante indio descrito por unos ciegos únicamente mediante el tacto: el uno le palpó un colmillo, el otro le columpió la trompa, el otro le tiró el rabo, y los cuatro murieron aplastados por las patas que estaba empezando a reconocer el cuarto. O como el dromedario, del cual se dice que es un caballo diseñado por un comité. Los antitaurinos critican de oídas, porque no van a los toros. Pero que no se fíen mucho de su propia ignorancia, como los ciegos cuando se pusieron a describir al elefante. Porque se empieza queriendo pintar al toro, y se termina tratando de torearlo.

Pero hay un largo camino ente lo uno y lo otro, desde el balbuceo pictórico hasta el arte del toreo. Tan largo como el que lleva de los bisontes rojos y negros de la cueva de Altamira pintados hace treinta mil años hasta un lance de capote de José María Manzanares como el que me sirvió para ilustrar en estas páginas, hace dos años, un artículo sobre el arte.

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Última columna con corridas de toros en Bogotá
Por Carolina Sanín (septiembre de 2015)

Las corridas de toros van a acabarse. Si las cosas siguen su curso conforme a la racionalidad, la legalidad y el derecho, van a acabarse en Bogotá antes de que termine el próximo mes, cuando los ciudadanos votemos en la consulta popular. Luego se acabarán en Puente de Piedra (Cundinamarca), a donde los ricos bogotanos y sus émulos las han trasladado. Se acabarán también en Cali y Manizales, y en todos los demás lugares que todavía acojan este entretenimiento de cada vez menos seguidores. O a lo mejor se acaban antes en España, y entonces —como tantas otras veces— los criollos reaccionarios harán el ridículo de seguirse aferrando a una identidad falsificada, cuya versión original ni siquiera existe. Más pronto que tarde, las corridas de toros van a acabarse en uno y otro lado del Atlántico; de eso no me cabe duda, pues, durante mi vida, he visto un solo cambio positivo inequívoco en la humanidad: el crecimiento de la compasión de los humanos por los otros animales.

En las últimas semanas, los aficionados a los toros han ensayado varios argumentos. A las ya conocidas excusas de que el toreo es un arte y por eso debe respetarse y practicarse (como deberían respetarse y celebrarse aún, según eso, las peleas romanas entre leones y cristianos), y que es una tradición y por eso debe eternizarse (como debería eternizarse, según el mismo principio, la ablación del clítoris, tradicional en varios países), han sumado la argucia de que, al convocar una consulta popular para decidir si se prohíben o no las corridas de toros, el Estado estará vulnerando los derechos de una minoría. En un país en el que los miembros de algunas minorías étnicas mueren de sed y hambre, los miembros de la minoría política de izquierda han sido sistemáticamente asesinados y los miembros de las minorías sexuales aún son acosados, es descarado y frívolo reclamar una consideración especial de “minoría” por ser aficionado a la tauromaquia (para no hablar de la locura de reivindicar el “derecho” a torturar animales). 

Con despótico y desfasado elitismo, los aficionados a las corridas de toros han dicho que la decisión sobre el final de su pasatiempo dominical no debe dejarse a la mayoría, pues la mayoría no sabe de tauromaquia. Quizá, según ellos, en el caso de hacer una consulta popular que reformara la constitución en cuanto a la pena de muerte, por ejemplo, solo deberían votar los verdugos, los aficionados a las ejecuciones o los conocedores de la historia de la guillotina, la inyección letal y la horca. Han dicho también que, en la consulta, la mayoría estaría decidiendo sobre algo que solo concierne a la minoría conformada por los aficionados, que sería la que se vería privada de su objeto de placer. Es allí donde está el meollo del asunto: el que las corridas de toros sean prohibidas o permitidas concierne a todos los ciudadanos.

Educarse en una ciudad en la que el maltrato a los animales está permitido es distinto de educarse en una ciudad en la que los ciudadanos se han unido para manifestar su disposición a proteger a los animales y su negativa a infligir sufrimiento por diversión. Que la mayoría consiga que se prohíba un espectáculo en el que se tortura y se mata a un ser sintiente, en esta ciudad abrumada por la indiferencia, constituirá un paso capital. Además de evitar el dolor y la muerte de muchos toros, la nueva ley manifestará nuestra intención de ser compasivos, que es nuestra única esperanza.

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