Guerrilleros de las Farc se dirigen a La Carmelita, Putumayo, para desmovilizarse. AFP.

Anábasis

"Cincuenta años de violencia que han dejado doscientos mil muertos y siete millones de desplazados llegan a su fin. ¿Y nadie lo nota?" Antonio Caballero sobre la desmovilización guerrillera.

2017/02/28

Por Antonio Caballero

Escribe el columnista Daniel Samper Ospina: “Miles de guerrilleros llegan a las zonas de concentración, y nadie se asombra”. Dice, en cambio, el presidente Juan Manuel Santos: “El país ha visto con emoción las marchas de miles de guerrilleros hacia las zonas, acompañados por nuestra Fuerza Pública”.
Como sucede tantas veces en este país a la vez prosopopéyico y frívolo, el que tiene razón no es el solemne estadista con su frase políticamente correcta sino el humorista burlón con la suya, más certera. No ha habido en el país emoción, ni tampoco ha habido asombro. A las redes sociales, tan atentas a lo insignificante, la desmovilización en masa de una guerrilla con medio siglo de historia les ha importado un bledo. Y la prensa, la televisión y la radio, cuya función es informar, tampoco han mostrado mucho interés. Cincuenta años de violencia que han dejado doscientos mil muertos y siete millones de desplazados llegan a su fin. ¿Y nadie lo nota?
Creo que el acontecimiento merece con creces el asombro que echa de menos Samper y la emoción que solo vio Santos. Tanto por la magnitud del hecho político, buscado en vano, de buena o de mala fe, por todos los gobiernos desde hace 35 años, como por las dimensiones de la operación de logística. Debe ser tal vez la más grande que se haya visto aquí desde el paso de los Andes por los ejércitos llaneros del Libertador Simón Bolívar en 1819. Seis mil quinientos guerrilleros, hombres y mujeres, cargados de fusiles y de niños de pecho –más de un centenar de “hijos de la paz” nacidos desde la firma de los acuerdos–, atraviesan medio país en una marcha multitudinaria casi bíblica: todo un ejército que se repliega por carreteras, por trochas y por ríos, a pie o en buses escalera, en flota o a caballo o en canoa, en volquetas, en tractores, en jeeps, en tractomulas, en lanchas, y al cual solo abandonan unos trescientos desertores o disidentes, según el cálculo de su antiguo adversario, la Fuerza Pública de que habla el presidente. Es un hecho imponente. Una retirada que no por ser pacífica es menos épica que otras famosas en la historia, como la que cuenta el antiguo griego Jenofonte en su “Anábasis”, “La retirada de los Diez Mil”.
Aunque sin duda no lo bastante, lo cierto es que la gran retirada de las Farc sí ha sido registrada por la prensa. La revista Semana le dedica su portada del 5 de febrero, y seis páginas de fotos en su interior. Escojo esta que muestra una larga panga de madera con motor fuera de borda, cargada hasta los topes de guerrilleros todavía armados y uniformados de camuflaje. 
Aunque ya no hay camuflaje que valga cuando ha empezado la paz. Ni en esas chivas de todos los colores que trepan por las carreteras de montaña ni en estas lanchas interminables pintadas de arcoíris que descienden los ríos de color chocolate (La Carmelita se llama el puerto sobre el Putumayo en donde atraca la de la foto), destacándose desafiante con sus bordas escarlata al filo del agua oscura y su cabina azul eléctrico, para que la vean de lejos. No le cabe un alfiler, o, para el caso, un fusil: deben ser más de cien los guerrilleros que veríamos sentados en el filo de la borda, a ras de la corriente, si en la foto saliera la lancha entera hasta la proa. Solo seis o siete son mujeres. Una lleva en el pelo una cinta o un floripondio azul, y otra uno blanco, y otra una boina verde como de “ranger” boliviano sobre la cola de caballo, pero ninguna lleva bebé recién nacido. Unas cuantas cachuchas militares verdegris, muchas boinas rojas de paracaidista, un sombrero alón de carabinero. Morrales. Un par de toallas de colores al cuello.
No se ven los fierros. 

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