Sonia Braga en 'Aquarius'.

El arte de la memoria en el FICCI

'Aquarius' de Kleber Mendonça Filho, protagonizado por Sonia Braga, y 'Keyla' de la realizadora colombiana Viviana Gómez Echeverry, exploran los recuerdos y la identidad en el Festival Internacional de Cine de Cartagena.

2017/03/05

Por Hugo Chaparro Valderrama Laboratorios Frankenstein©

El cine como arte de la memoria hecha imágenes tuvo en el Festival Internacional de Cine de Cartagena una forma de la remembranza con Aquarius de Kleber Mendonça Filho.

Un recuerdo de este y de otro tiempo, la actriz Sonia Braga, tan icónica para el cine brasilero como el rostro y la presencia de Fernanda Montenegro, encarna a la mujer que colecciona y atesora los recuerdos que viven con ella en un apartamento amenazado por la voracidad de una empresa constructora.

Se trata del viejo molde narrativo que enfrenta la impotencia de los inquilinos, vulnerables ante la codicia sin tregua del poder en clave codiciosa.

Un guión que avanza entre los enfrentamientos predecibles de Clara (Braga) con sus adversarios, y la nostalgia que intenta recuperar el tiempo perdido.

El pasado y sus símbolos –vinilos, libros, los hijos que se convirtieron en adultos-, están aventajados, y casi envilecidos, por la tecnología digital.

Se suma el escenario de Recife, pernambucanamente hermoso, y el cocktail está servido.

La cereza que decora, con talento y belleza otoñales, el rostro alrededor del que gira la película, ilumina a Sonia Braga, como sucedió en el cielo de la pantalla cuando interpretó a doña Flor, haciendo que una generación suspirara con ella cuando la consideró una representante del exotismo en versión brasilera, como sucedió con otro registro, en los años 40, cuando reinó la mujer coronada por piñas, Carmen Miranda.

Sonia Braga, con la sabiduría y la fuerza de los años en el oficio de actriz, encarna un personaje que podría ser lastimosamente sentimental y consigue la madurez que permiten la muerte y sus ausencias, la soledad en contra de todos, equilibrándose frente a las amenazas que intentan vulnerarla.

Cine correcto y mesurado, matemáticamente organizado para que su trama avance como un tobogán emocional sin escándalos, agregando el final de su ecuación la recompensa que merece el público y la señora Clara. Una película sobre el museo personal en el que vive la protagonista, protagonizada por una actriz que consigue esa dimensión, extraña y memorable, cifrada en el rótulo que alude a una “leyenda viva”, y permite otro juego de espejos en el gran espejo de la pantalla: que una generación, representada por Mendonça Filho, rinda tributo –pues Aquarius es un  tributo plano a plano de Braga- a los personajes emblemáticos que honran la memoria del cine.

Al otro lado de la luna que descubre el cine latinoamericano en contra de las convenciones narrativas y sus tradiciones, la pantalla ha mostrado una versión de la impostura, simulando historias que quieren desvirtuar la estructura clásica del guión –citada hasta la saciedad: tres actos, nudos dramáticos, un abc para vender con destreza historias cómodas pata la industria-, acertando un realizador colombiano cuando al final de El Cristo ciego, del chileno Christopher Murray, se refirió al temperamento de una generación interesada por filmar películas definidas como “anti-cinematográficas”. Es decir, narraciones descriptivas más que narrativas, donde se reiteran durante noventa minutos los conflictos de los personajes, avanzando de manera mínima con el drama que los agobia, concluyendo las historias con finales sospechosamente abiertos, no para invitar al espectador a que las concluya con su inteligencia, sino por una pretensión de misterio en el que no concluir es un ejercicio de estilo para suponer un secreto en la trama, un secreto que quizás pasó desapercibido a los ojos del espectador.

Términos distintos a los que se revelan en el documental, siempre renovador y al margen de ausencias imaginativas cuando narra sus testimonios.

Películas como Ejercicios de memoria, de la uruguaya Paz Encina –acerca de una familia cuyo padre desapareció durante la dictadura de Alfredo Stroessner, narrada con el lirismo visual que situó a Paz Encina en el paisaje del cine latinoamericano desde que presentara Hamaca paraguaya (2006)- o Resurrecting Hassan, del chileno-canadiense Carlo Guillermo Proto –sobre una familia de ciegos que tratan de asumir el duelo de un hijo que desapareció a los 6 años de edad-; Austerlitz, de Sergei Losnitza, y Treblinka, de Sérgio Tréfaut –dos películas sobre la pesadilla imborrable de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, radicales en sus experimentos formales-, enseñan por contraste con la ficción una forma de acercarse al mundo, que se aproxima al espejismo de la verdad cuando en la pantalla encontramos relatos que podemos conocer como fragmentos de vidas presentados con sinceridad.

Un espejismo posible en Keyla, de la realizadora colombiana Viviana Gómez Echeverry, que desvanece el carácter relativamente inédito de Providencia con una historia en la que se combinan las visiones documentales sobre el paisaje de la isla y la ficción que protagoniza una familia destrozada por la muerte del padre, la madre fugitiva en la distancia europea –cultural y geográfica-, y el peso emocional que asumen los hijos de la pareja –Keyla y su hermanastro Francisco, nacido en España-.

Sin la ansiedad de transformaciones radicales en la forma del cine y sus narraciones, Keyla revela un idioma en la pantalla doméstica –el creole, poco escuchado en el cine local-; una cultura –reducida por el distanciamiento del país con las islas arrinconándolo con los términos de exotismo-; las acrobacias, encuentros y desencuentros entre los isleños y los turistas; el tono de las películas de crecimiento y aprendizaje a la manera de las novelas de aventuras y la búsqueda de tesoros ocultos por piratas, agregándose el interés por narrar, sin adentrarse en laberintos formales o emocionales riesgosos, las posibilidades del color local, fotografiado en esta primera película donde se agrega el matiz de las visiones femeninas, cada vez más presentes en el país hecho cine.

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