Mutis es periodista de JetSet.

La hora de la raza

El periodista afrocolombiano Arnoldo Mutis refleja sobre el papel de la raza en la construcción de paz para el Especial de Víctimas de 'Arcadia' no. 139.

2017/04/26

Por Arnoldo Mutis* Bogotá

Dejó de interesarme la pelea entre santistas y uribistas sobre el acuerdo con las Farc, porque me parece un vil juego de poder que instrumentaliza a la ciudadanía en aras de la misma sed de venganza que determinó que el fin de una guerra siempre dejara el germen de la siguiente en nuestra historia. No estoy con ningún bando, soy librepensador de centro y me alegra que la paz aleje la posibilidad de que se repitan esas masacres espantosas que aniquilaron y envilecieron a nuestro pueblo.

Me alineo con los que vislumbran que, en adelante, los colombianos podremos invertir las energías y recursos que nos robó la violencia por medio siglo en la resolución de conflictos raíz del malestar social, como nuestro problema con la raza. En mi caso personal, tengo a blancos, indios y negros entre mis ancestros, pero si tuviera que sacar la cara por alguna de estas etnias, lo haría por la africana, pues es la que más ha padecido los rigores del desacuerdo nacional.

Mis antepasados afro se sobrepusieron a lo duro que puede ser negro en Colombia. Un tío bisabuelo fue el primer juez de la isla de San Andrés, hacia 1927. Su hermana, mi bisabuela materna, fue una adelantada para su tiempo: como partera, recibió a tres generaciones de cartageneros; como comerciante, se hizo lo que los ingleses llaman “una mujer de recursos”, y esa inusual independencia le permitió hacer de mi madre una estrella infantil de la canción de la radio en la Cartagena de los años cincuenta. Bajo ese ejemplo de no temer remontar mares y montañas, sus sucesores nos hemos abierto paso en el campo profesional y de las artes.

Mi historia no es nada singular en Colombia, pero tampoco es el relato regular de la mayoría de sus negros y mulatos. Allí donde campean la indigencia, el atraso y la desigualdad, ellos aportan la cuota de población más alta y, por ende, lo irrisoria que resulta la costumbre de abordar la discriminación racial entre signos de interrogación. La hay, y por eso los afrocolombianos son los más desamparados.

Lo bueno es que un copioso inventario de estudios y proyectos ha formulado el dilema y echado las bases para atacarlo. Los historiadores, por ejemplo, nos recuerdan que la prestancia política de los negros, la llamada pardocracia, en los albores de la vida republicana, fue vista en ciudades como Cartagena como una amenaza por las élites blancas, que se aliaron con sus pares de Bogotá, para excluirlos e imponer los valores hispánicos de la Colonia como símbolos de civilización y moldear el país a su conveniencia. Así, a las expresiones afro, como la cumbia ayer o la champeta hoy, se les ha dado la connotación de barbarie, vulgaridad y miseria, y el eco de esas creencias del siglo XIX aún nos domina, a pesar de que no está demostrado que los rasgos culturales originen penurias económicas de por sí.

Para los negros, la sanación de las heridas de esta y todas las guerras reside en que la igualdad empiece a ser un derecho real que los haga libres en serio, y ello obliga a olvidar los prejuicios del pasado. Tenemos que entender que las sociedades se construyen con el intercambio entre razas y colectivos. Es lo que hemos hecho en dos siglos de vida independiente, a fin de cuentas, pero ahora se impone tomarlo de un modo distinto.

Como amante del cultivo del espíritu, creo que las políticas hacia la inclusión deben recuperar el humanismo, impactar la vida cotidiana y reflejarse hasta en el lenguaje común. Hay que derribar el infame mito del negrito perezoso, dejar de recordarles a los afro que su color es una desventaja y abandonar la idea de que un negro en un carro de alta gama es necesariamente un ladrón.

También sería sanador y acogedor que la nación tuviera la gallardía de rendir homenaje al legado afro de modo tangible, con hitos por el estilo del Black Heritage Trail, de Boston, la ruta de la herencia negra, que recorre los escenarios desde donde los afroamericanos aportaron a la edificación de Estados Unidos.

¿Por qué no soñar con un nuevo florecimiento de las artes que ayude a comprender los terribles hechos que entristecieron a los negros de la Colombia
profunda, pero también a surgir como filón para su desarrollo, que les abra la posibilidad de ser determinantes en el devenir de la nación? A propósito, y a falta de un mayor regocijo ante la actual concordia, sería bueno absorber un poco el aire refrescante del manifiesto con que los artistas congregados en torno a la revista Trofeos, “un ensayo de tolerancia intelectual”, saludaron el fin de la feroz Guerra de los Mil Días, hace un siglo: “Acaso lleguemos en sazón. Hemos conquistado la paz, es decir, el ambiente propicio en que deben nacer y desarrollarse las fuerzas libres de un pueblo que anhela vivir”.

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