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Cartografía de las artesanías indígenas

La fería de artesanías más importante del país cumplió 25 años. Además de los pabellones dedicados a la artesanía moderna o internacional, hay uno enfocado en las comunidades indígenas. Un breve repaso de cómo llegaron estos productos desde tres regiones remotas de Colombia.

2015/12/17

El canasto negro, ese canasto negro que el lector puede ver en el centro de la foto que encabeza este artículo, llegó a Bogotá desde Litoral de San Juan, Chocó. Lo trajo Willmar Cuero con su cuñada y su sobrino la semana pasada. Lo están vendiendo. Si nadie lo compra, tendrán que llevarlo de regreso o dárselo a un mayorista que les ofrecerá menos de lo que vale. Tienen plazo hasta el jueves 17 de diciembre.

Una vecina de la comunidad indígena wounaan se demoró al menos ocho meses haciendo el canasto. Y es que el trabajo toma tiempo. Willmar Cuero explica que hay que buscar las materias primas, las hojas de la palma de werregue, triturarlas, secarlas y sacar las fibras manualmente antes de empezar a darle forma a la pieza.

Cuero y su familia son uno de los 130 grupos de expositores indígenas que llegaron a Bogotá para la edición 25 de Expoartesanías. Sin duda, esta es una de las mejores vitrinas que tienen para mostrar los productos, pero es un mercado difícil. En el mismo pabellón en el que están ubicados hay al menos otros dos stands con piezas similares, elaboradas por comunidades vecinas a las de Cuero.

Rebeca Herrera, subgerente comercial de Artesanías de Colombia, cuenta que además de organizar la feria, esta organización tiene un plan de acción para acercarse a las distintas comunidades del país y orientarlas con su trabajo. “El apoyo puede ser económico, pero también prestamos ayuda en temas como el diseño, la calidad, la formalización y los preparamos para participar en ruedas de negocios. Se hace introducción a administración y costeo”. En otras palabras, se encargan de fortalecer la cadena de valor.

Pero hay obstáculos que se salen de las manos tanto de los organizadores de la feria, como de los expositores.

El canasto negro, ese con líneas longitudinales blancas y rombos concéntricos, navegó río arriba con el resto de la mercancía desde este municipio al sur del Chocó hasta la intersección del San Juan con el río Calima. De ahí lo subieron a un camión que lo transportó hasta Buenaventura. Desde allá hasta Bogotá llegó por carretera, al igual que sus vendedores.

“Nos tocó someternos a un gasto”, explica Cuero, quien junto con sus dos familiares, representa a una comunidad de 20 familias. “Esto es una empresa colectiva. De lo que vendamos acá depende la generación de empleo”, añade. Por eso entre todos tuvieron que reunir los costos del viaje, el stand y la estadía en Bogotá durante las dos semanas de feria.

Artesanías de Colombia apoya a los expositores dependiendo de las circunstancias, sobre todo cuando es la primera vez que vienen a Expoartesanías. Olga Guauriyu, por ejemplo, solo tiene que pagar la mitad del precio del stand, y sus mochilas wayúu se venden más fácil que los canastos de Cuero. Guauriyu representa a la Fundación Indígena Kanasu, al sur de La Guajira.

También incide la recursividad. Desde Barrancas, La Guajira, Guauriyu fue enviando los chinchorros, las mantas y las mochilas con el equipaje de conocidos y familiares. Al final, cuando ella se vino a Bogotá, su equipaje era más que todo mercancía. Le ha ido bien, ha vendido cerca de 250 mochilas, pero trajo tantas que cada vez que vende una, inmediatamente va a un rincón del stand y saca otra para que no queden vacíos en el mostrador.

Artesanía de un soldado de Hapy Atama

Hapy Atana viene desde más lejos, pero también se las ingenió para traer sus canastos de bejuco yaré, sillas, arcos y flechas con el respaldo de terceros. Un avión de la Fuerza Aérea le ayudó a sacar sus productos desde La Chorrera, Amazonas, hasta Leticia. De ahí se vino en avión con una compañera de la Asociación de Artesanos Uitoto, Bora, Okaina, Muinane (AAUBOM). Por estos días, Atana estaba esperando que un soldado pasara por un soldado hecho con palo e’ sangre que le había encargado en La Chorrera y quedó de recoger en la Feria.

“Algunos de los expositores tienen patrocinios de sus gobiernos locales, gobiernos regionales. Si hacen parte de algún proyecto o trabajan con alguna fundación, también de ahí reúnen lo necesario para llegar hasta aquí”, explica la subgerente comercial de Artesanías de Colombia.

Desde ya, los organizadores le están explicando a los expositores cuáles son los trámites y plazos para participar en la feria del próximo año. Pero no es fácil. La feria es grande y a veces las comunidades no pueden llegar hasta Bogotá.  “Puede haber comunidades que tengan otros intereses, que no pueden abandonar su casa, sus cultivos, sus animales y su cotidianidad. La artesanía en la mayoría de las comunidades indígenas es algo de su día a día, que alternan con otras actividades. Y es normal, es lo que busca Artesanías de Colombia: que ellos no cambien su esencia ni su estilo de vida por dedicarse a una actividad comercial”.

Quizá por eso la mujer en la comunidad wounaan, en el Chocó, se demora 8 meses haciendo un canasto. Ese canasto negro que cuesta 1’200 mil pesos, un precio que resulta de la compleja mezcla entre el trabajo que toma hacerlo y las dificultades para traerlo hasta la capital. Ese canasto que Cuero y su familia espera no tener que llevar de regreso.

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