La portada del libro: El mono y su bicicleta...

Elogio de la bicicleta… en Bogotá

Desde hace 30 años, el Mono Nuñez solo ha contado con un método de transporte: la cicla. Ahora que se ha vuelto una moda desplazarse por la capital en ella, este bogotano publica ‘Mi cicla y yo’, un corto y divertido libro que se lee como una larga carta de amor. Un adelanto.

2016/10/28

Por El Mono Nuñez

“Habla Núñez, el mono de la cicla”: así es como normalmente me presento cuando hablo por teléfono… y funciona. Al otro lado de la línea puede estar alguien que me conozca o no, y suele responder: “Ah sí, ¿cómo le va?” Pero si digo “habla Germán Núñez”, a secas, suele haber un largo silencio… Entonces tengo que agregar “El mono, el de la cicla”.

Me quedé como “el mono de la cicla”. Creo que hay uno que llaman “el mono de la pila”. Yo soy el de la cicla.

Quiero contar una pequeña parte de mi vida y advierto que no he sentido por mi bicicleta lo que Juan Ramón Jiménez cuenta en Platero y yo sobre su amistad con un burrito. Nunca he desarrollado un amor especial por ella ni he llegado a hablarle como lo hacía Paul Reubens en Pee Wee’s Big Adventure, una de mis películas favoritas. En ella le roban a Pee Wee su amada bicicleta y hace lo imposible por recuperarla. Yo, por mi parte, he tenido doce bicicletas, y cada vez que he perdido una, he sobrellevado la tristeza inicial del robo con la alegría de comprar otra. Después de todo, una bicicleta promedio cuesta lo mismo que el espejo retrovisor de un carro promedio.

Cuando yo tenía unos siete años, hacia 1970, había un tema que obsesionaba a la humanidad: cómo sería el mundo en el año 2000. Una serie de dibujos ilustraba los escenarios más probables, con algunas variaciones: el hombre promedio viviría en casas redondas como la de los Supersónicos, y se transportaría en naves, también redondas, como los ovnis. Otros se movilizarían en amplios carros aerodinámicos levantados del piso, como los barcos HoverCraft. Por los andenes circularía uno que otro peatón. El panorama general sería intimidantemente limpio y descongestionado. Ningún artista incluyó bicicletas en estos dibujos.

Como esas predicciones no se cumplieron, este librito hablará principalmente sobre la bicicleta, ya que el impulso que ha tomado como medio de transporte en el mundo entero parece imparable. Nadie pudo predecir que un invento destinado al entretenimiento de las clases altas en Inglaterra llegaría a convertirse en una de las soluciones más populares para los trancones de las grandes ciudades. Esta fiebre por la cicla incluso ha llegado a Bogotá. Por eso creo que es un buen momento para compartir con el lector algunas de mis experiencias. Había una vez…

*

La Cabrera era uno de los últimos barrios tranquilos y amables al norte de Bogotá. Estamos en 1984. Mi mamá me mandaba a comprar el pan y la leche a una panadería en la calle 81 con 9ª. Así empezaron mis salidas en bici.

Tenía un canasto de mimbre en la parte delantera que compré en Salento, Quindío. Era el tipo de canasto que usaban los recolectores de café hasta los años noventa. Se lo adapté a la cicla porque lo había visto en algunas películas y en Europa, y me parecía que le daba mucho carácter además de ser muy práctico, ya que en él metía los encargos panaderos de mi mamá.

Me pasé un año haciendo vueltas cortas por el barrio y un poco más allá, cogiéndole confianza. Hasta que llegó el momento que cambió mi vida radicalmente.

Todo ese tiempo yo seguía echando dedo para ir a la universidad. Un buen día, mientras subía al paradero me encontré con Catalina Pizano, una compañera de Filosofía y vecina de barrio. Ella iba en bicicleta. Le pregunté que para dónde iba. Me contestó que a la misma clase que yo. ¿En bicicleta? Sí, ella y su novio eran asiduos ciclistas. Me dijo que me invitaba a que nos fuéramos juntos la próxima vez. Debo aceptar que jamás se me había ocurrido ir a la “U” en cicla, era demasiado lejos, tocaba ir por la carrera 7ª. ¡Imposible! El viaje de Colón había sido menos osado que lo que me estaba proponiendo Cata. Tal vez fue un clásico razonamiento machista, pero si ella podía llegar a los Andes en cicla… ¿por qué yo no?

Una semana después, a las seis y media de la mañana, nos vimos en la 86 con 9ª y arrancamos. Subimos a la 7ª y nos ubicamos en el carril izquierdo; fue una de las lecciones más importantes que me dio Catalina, porque tenía más sentido ir por ese carril en lugar del derecho, por donde iban los buses, que paraban en cualquier parte, lo mismo que los taxis si alguien sacaba intempestivamente la mano para que lo llevaran. Recorrimos la 7ª hasta la calle 34, donde subimos por el barrio La Merced hasta la carrera 5ª. De nuevo, tomamos el carril izquierdo, y en la calle 26 desviamos hacia la izquierda, que lleva aún hoy a un puente curvo que conduce a la carrera 3ª. Esta vez nos mantuvimos por la derecha porque por la calle 26 subían carros a buena velocidad y nos hubiera sido difícil esquivarlos para pasarnos a la izquierda. A la altura de la calle 19 subimos hacia el edificio de Ingeniería de la Universidad y parqueamos al final de un corredor largo que había en esa entrada. ¡Ese era el sitio que les habían adjudicado a los tres estudiantes que en ese entonces llegaban a la “U” en bicicleta! Eran las 7 de la mañana cuando llegamos sudorosos y despiertos, y vi a mis otros compañeros entrar a clase en ruana, muertos del frío y la jartera; en ese momento supe que ese era mi plan C de transporte. Nunca me volví a bajar de la cicla. Eso fue en 1985, hace más de 30 años.

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El proceso de aceptación de la cicla ha sido muy lento. En 1999 se construyeron las primeras ciclorrutas de Colombia en las carreras 11 y 13 en la localidad de Chapinero y en la Avenida Ciudad de Cali de Bogotá. Fueron un verdadero desacierto; iban en contravía de una excelente política de la Alcaldía según la cual el andén es para el peatón. Varios de los andenes de las principales carreras de Bogotá se habían ampliado y nivelado para que los peatones pudieran caminar por ellos con dignidad. Sin embargo, por arte de magia, algunos de estos andenes fueron invadidos por ciclorrutas, contra toda recomendación de expertos de Europa y Norteamérica que habían venido a participar en un simposio organizado por la Alcaldía de Bogotá. Ellos aconsejaban diseñar las ciclorrutas por la vía vehicular o calzada, quitándole un poquito de espacio a los carros. El resultado fue una confusión entre peatones y los pocos ciclistas que se aventuraron a andar por los andenes-ciclorrutas, que se prestaba para accidentes. Además exigían que los ciclistas se movilizaran a una velocidad muy lenta para poder sortear todos los obstáculos, siendo uno de los peores problemas el descender del andén a la calle al final de cada cuadra pues la pendiente era y sigue siendo abrupta y chambona, con el inconveniente adicional de que los carros cruzaban por la calle (en las intersecciones) aparentemente con prioridad de la vía y sin tener una buena visibilidad de los ciclistas que también podrían estar atravesando la calle en ese momento. Digo aparentemente porque en realidad quien tenía la vía era el ciclista pero esa norma no había quedado clara para ninguna de las partes involucradas, ciclistas y motorizados. Hizo falta una buena campaña de concientización sobre cuáles eran las nuevas normas de tránsito una vez fue incluido el ciclista en ellas. Pasaron muchos años antes de que la Alcaldía pintara con un color distintivo el pavimento de las intersecciones, el hasta entonces corredor imaginario del ciclista. La verdad es que la creación de las ciclorrutas ha sido una idea llena de buenas intenciones pero muy mal ejecutada. ¿Qué automovilista podía imaginar que de ese momento en adelante una pinche bicicleta tenía la vía en una intersección? Los pocos ciclistas constantes con los que hablé estuvimos de acuerdo en que preferíamos seguir transitando por la calle, al lado de buses y carros, que andar por esas ciclorrutas. Sin embargo los pocos nuevos ciclistas las prefirieron porque las percibían como más seguras. Esto es algo que nunca he podido entender. ¿Será que no utilizan la bici como medio de transporte sino como medio de recreación? No tengo una respuesta.

¿Acaso muchos de los que empezaron a utilizar las ciclorrutas eran ávidos usuarios de la ciclovía de los domingos? La ciclovía es el orgullo de Bogotá ante el mundo. Cualquier búsqueda rápida en internet arrojará el resultado de que Bogotá es la ciudad más amigable con la bicicleta en Latinoamérica y ocupa los primeros puestos en el mundo. Fue inaugurada oficialmente en 1976 y pronto se convirtió en uno de los planes favoritos de los habitantes de nuestra ciudad. Ha sido defendida como el sitio donde se diluyen los límites entre las clases sociales, donde todos participamos de la democracia y otros eufemismos. El nombre mismo de ciclovía es un eufemismo, porque por ella circulan peatones, perros, niños aprendiendo a montar en patineta, patines, triciclo y bicicleta, vendedores y… ciclistas. ¿Les suena conocido el fenómeno? Exacto, es lo mismo que pasa en la ciclorrutas. Si un ciclista no percibe la ciclovía como un gran riesgo para su seguridad y la de los demás, especialmente la de los niños, probablemente la ciclorruta le parezca pan comido.

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El medio de transporte se volvió también una posibilidad de ocio productivo. La cercanía con la calle, la temperatura del ambiente, los sonidos y cambios de luz de la ciudad son sensaciones que refinan el peatón y el ciclista. Los tours en bicicleta que he tomado en otras ciudades del mundo en gran medida han sido diseñados para que disfrutemos o critiquemos una ciudad: por ejemplo, el guía nos lleva por los caminos menos recorridos para que sintamos la ciudad de otra forma. Cuando nos pasea por un área congestionada nos advierte de los posibles obstáculos que encontraremos y nos hace reflexionar sobre si los planificadores de la ciudad han tomado decisiones acertadas o no. El año pasado tomé un tour en Bogotá que es guiado por un simpático californiano, Mike Caesar. Este tour se concentra en las zonas Centro, Teusaquillo, Santa Teresita, Universidad Nacional y Santa Fe. Me sorprendió recorrer sitios y rutas de mi propia ciudad por donde rara vez paso. Los comentarios del guía eran bastante críticos en algunos casos y relajados en otros. Entramos a la Plaza de Toros de Santamaría para encontrarnos con una pista de hielo; fuimos al Centro Gaitán, diseñado por Rogelio Salmona, que se quedó a medio construir desde hace 20 años; nos llevó a la zona roja del barrio Santa Fe donde pudimos comprobar que es posible que un sector de prostitución sea organizado. Fuimos a la plaza de mercado de Las Nieves donde degustamos variedad de frutas. Yo era el único nativo del grupo, los demás eran extranjeros. Fue una experiencia antropológica muy interesante; realmente vimos un poco de la gran variedad humana de Bogotá y algunos logros y fracasos arquitectónicos y urbanísticos.

He conocido y hablado con vendedores de frutas, verduras, leña y cachivaches. He hablado con jardineros, porteros, muchachas del servicio, empleados de tiendas de barrio, ñeros, paseadores de perros, ejecutivos, cajeros de banco y otros ciclistas. He descubierto calles por las que un motorizado jamás circularía porque sus rutas pasan por otros lados. ¡Ah! ¡Pero en cicla es tan fácil desviarse unos minutos si algo nos llama la atención! Con precaución podemos andar en contravía, tomar un atajo, atravesar un parque y sentir la ciudad como nunca antes. Después de un trabajo pesado podemos salir a aclarar la mente a la hora del almuerzo o al final de la tarde.

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El libro se consigue en Casa Tomada, la Lerner, la Nacional, Prólogo y Tornamesa.

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