En orden: protestas en Londres por el Brexit, una mujer reacciona al resultado del plesbiscito en Bogotá, Donald Trump, Bob Dylan y un fotograma de 'Arrival'.

2016

"Con su despliegue de poderío y acrobacia, el año nos enseñó que incluso podemos admirarlo a él mismo y agradecerle por sus doce meses incansables, subyugantes y salvajes, como he tratado de hacer aquí".

2016/12/14

Por Carolina Sanín

Con la poca batería que me ha dejado el desgaste provocado por lo que va de 2016, que ya es casi todo lo que fue 2016 —pues al año le queda solo un mes de función—, quisiera asumir la defensa de 2016. No sé de dónde me sale hacerlo; si me sale del cansancio, que a esta altura del año intenso no me deja pensar en otra cosa que en el año mismo, o si sale del ánimo de contradicción que ven en mí quienes defectuosamente entienden como “deseo de llevar la contraria” el escepticismo que me obliga a dudar de toda aparente verdad aceptada por la mayoría, o si me sale de un optimismo natural que me exige que busque lo óptimo en lo evidentemente pésimo, o si me sale de una iniciativa de adulación que me lleva a ponderar el año para disuadirlo de que nos siga lastimando, para decirle que ya comprendimos la lección, que ya sus acciones han sido las justas para que despertemos, y que si se empeña en hacer, en este mes que le falta o que nos sobra, más que lo que ya ha hecho, entonces su obra no tendrá en nosotros el efecto de un despertar sino el de un adormecimiento, pues no podríamos soportar más acontecimientos lúgubres y tendríamos que recurrir al opio, que es peor que el odio.

Por lo que se observa en mi exposición de motivos, estoy tratando el año como si fuera un objeto animado, y por ahí podemos empezar. El 2016 hizo que nos diéramos cuenta de que vivimos en el tiempo —horrible cárcel y grandioso animal—, y de que un año es una realidad y puede tener un carácter. Entendimos que una vuelta al Sol puede ser distinta de todas las otras vueltas iguales a ella, y que lo recurrente y cíclico puede ser vario y no por ello dejar de ser lo mismo. Esta lección sobre la igualdad y la diferencia no es desdeñable —aunque sea enigmática— ya que procede del mismo año que (a través del triunfo del Brexit, del No y de Trump) probó que la supuesta igualación que entraña la democracia capitalista es un fracaso y es falsa, y es un aplanamiento tiránico que, por cierto, contradice el gobierno del cosmos, en el cual la ley es la revolución en torno al cuerpo mayor y necesario, léase la revolución que es fuente de los años, y nótese, con lo anterior en mente, que el último de los grandes acontecimientos del año ha sido la muerte del revolucionario Fidel Castro, y entiéndase que los planetas no deliberan entre sí ni votan para ver si dan vueltas alrededor de una magnífica estrella (v.g., el Sol) o si más bien giran alrededor de un cometa o de una roca sin brillo.

Al tiempo que nos mostraba que la voluntad de la mayoría es el error, y que nos mostraba, con la división política de la humanidad en mitades, que el acto de elegir a un gobernante solo falazmente puede entrañar una unidad, el año nos daba, con sus tómbolas, otra lección: nos decía que no podemos ver el futuro. Estamos más lejos que nunca de ver el futuro y de ponernos por fuera del tiempo para entender el tiempo, que sería, según el sentido común, la finalidad del tiempo mismo, de la civilización y del conocimiento (y para lo que se requeriría, como oportunamente nos enseñó la película Arrival —que puede ser la película del año, no porque sea la mejor, sino porque trata sobre lo que hemos aprendido durante este año—, la unidad del planeta y la invención de un nuevo lenguaje, común a todos los animales, cuya condición sería, por supuesto, la superación del especismo).

Al tiempo que 2016 nos demostraba, en sus elecciones políticas, que lo que esperamos no es lo que resulta, nos enseñaba insistentemente que lo único que podemos esperar es la muerte. Nos lo señaló con las muertes de grandes hombres, de hombres que llamamos justamente “estrellas” y en torno a los cuales nos unimos sin deliberación ni votación, sino obligados por su calor indudable. No los voy a listar, pero un repaso de los muertos de 2016 tendría que hacernos pensar que se acabó la época de los hombres mayúsculos, perpetuos jóvenes, y que acaba de pasar la última de las eras heroicas, o la última por ahora, o la última según cierta definición de “heroísmo”.

Como si estas lecciones sobre el mérito, la luz, el calor y la gravedad fueran pocas, el didáctico 2016 puso en todo su centro los Juegos Olímpicos, que nos permitieron ver qué cosa es un campeón, y, nuevamente, que el mejor no gana por aclamación popular. Con ello y con lo demás, el año nos recordó la importancia de la admiración y nos confirmó que nuestra tendencia natural —aunque no parezca, aunque nos resistamos oponiendo nuestra mezquindad y nuestra negativa a ver que en últimas somos uno— es a amar a los mejores. Para seguir machacando con la lección, en su preclara ironía y su afán de ser legible, entre tanta estrella como derribó, 2016 hizo resplandecer en el cenit a la mejor de todas, a Bob Dylan, que es uno y múltiple, y que de hecho contiene y significa una nación real, es decir, una que no equivale a la suma de sus votos.

Con su despliegue de poderío y acrobacia, el año nos enseñó que incluso podemos admirarlo a él mismo y agradecerle por sus doce meses incansables, subyugantes y salvajes, como he tratado de hacer aquí con un discurso tan confuso y palabroso que no sé si con él apoyo una revolución que reinstaure las monarquías, o anhelo la instauración de un imperio mundial, o intento una meditación sobre la revolución copernicana, o deseo una anarquía análoga a la anarquía textual con la que ha quedado redactada esta página, o digo que la canción Heroes de David Bowie, el primer muerto célebre de 2016, dice entre sus líneas lo que 2016 dijo entre sus días.

Paz y prosperidad para el 2017, con plena confianza en que ya no sabemos qué significa ni la una ni la otra.

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