Portada del libro de 2015 de Lésper.

Carta abierta de Pablo Helguera a Avelina Lésper

El artista mexicano le escribió esta suerte de "carta de amor" a la polemista, famosa por sus duras críticas al arte contemporáneo.

2017/06/14

Por Pablo Helguera

1863 Redivivo

Dios quiera que se nos recuerde con tristeza, pero sin odio.

Carlota de Habsburgo

Querida Avelina,

No nos conocemos, pero te voy a escribir de tú porque creo que así lo haría si nos viéramos en persona. No me dirijo a tí sin cierta trepidación: sé que el sólo acto de que te escriba una carta  pública le parecerá a muchos una especie de acto amoroso o de elevación infundada, y calculo que muchos de éstos me retirarán la palabra para siempre. Por otra parte, dado que vivo fuera de México, eso para muchos significa que no tengo idea de lo que está ocurriendo en los debates locales y que por ende no debería tener vela en el entierro. Pero he decidido arriesgarme a recibir tales críticas porque ya no aguanto las ganas de escribirte.

He seguido con enorme fascinación tus declaraciones de “hartismo” sobre la falsedad del mundo del arte, sobre el complot que se ha venido gestando por Duchamp & Co. estos  últimos 100 años para tomarle el pelo a la gente con el arte que denominas “contemporáneo VIP”.  De cómo México es víctima de la imposición colonial de Art Basel y Charles Saatchi y cómo todos hemos capitulado ante un mercado del arte cada vez más frívolo y dedicado a enaltecer el ego de coleccionistas ricos e  ignorantes.   Confieso por otra parte que me ha fascinado aún más la reacción de muchos de mis colegas, amigos, etc. quienes han respondido a tus múltiples ataques con desprecio, insultos y sobretodo con indiferencia. Creo por ello que es hora de analizar lo que está pasando.

En México la educación artística – tanto del artista como del público— ha estado en bancarrota desde hace décadas.  Este es un hecho del que todos tenemos que hacernos responsables:  no se puede esperar que los artistas estén a cargo de educar a todo un país, ni el público debería de pretender que el arte es algo que se aprende como si se inhalara una espora, sin hacer el menor esfuerzo intelectual.  Pero haciendo a un lado a este trágico hecho,  como parte de esta bancarrota se da el fenómeno que la razón por la que ocurren ciertas cosas en el arte hoy en día se interpretan no de forma racional o crítica sino como si fuera un debate entre teologías.

La confusión que existe en relación a las ideas del arte conceptual/procesual ha ocasionado, en parte, que ciertos artistas y críticos reviertan a los valores estéticos familiares, que se remiten más o menos al salón de la academia francesa de 1863. Como bien sabrás, los artistas rechazados por el salón ese año formaron el salón des refusés que dio origen, a su vez, al modernismo. Ahí comienza la tradición, me parece, que tanto aborreces, aquel virus tipo ébola que viajó desde Manet a Duchamp, culminando en Broodthaers y luego Warhol, Beuys, y, ya en total decadencia, gente como Damien Hirst — cuya obra no me interesa, pero que a la vez sé que no es representativo en absoluto de las ideas y los intereses que tiene mi generación artística, ni dentro ni fuera de México. Desafortunadamente, el arte que se ve desde fuera y sin conocimiento de causa es el arte de mercado, y me temo que aquellos como tú que tratan de explicar el arte contemporáneo  a través de este están básicamente tratando de entender la biología marina a través de la industria de cruceros. Pero ya llegará el día en que esto cambie y podamos trascender el sensacionalismo y penetrar las capas de glamour y estupidez que nos impiden entender lo que verdaderamente está aconteciendo en este momento, y que considero de gran relevancia.

Pero lo que hay que analizar son las repercusiones del hecho concreto de que el arte moderno fue desplazando institucionalmente al arte académico. Esto como sabemos, fue ocurriendo al irse presentando los pequeños episodios de la modernidad—las revoluciones, guerras mundiales, el holocausto, aquellos eventos que hacen que un artista quiera hacer arte de su momento para entender su presente, en vez de autoexiliarse a hacer arte de siglos anteriores.

Mientras tanto, al darse este inconveniente desplazamiento, los artistas en todo el mundo (no sólo en México) que se suscriben a la estética de 1863 formularon una lógica  de teoría conspiratoria acerca de su exclusión en museos, concluyendo que aquellos que “no saben dibujar” no podían permitir que los artistas con entrenamiento académico tomaran su lugar.

Te confieso que mi entrenamiento originalmente fue académico (sí sé dibujar) y que a mí me fascinan los artistas académicos como a tí (aunque sospecho que por diferentes razones). De hecho hace unos cuatro años hice un proyecto que consistió en mostrar un salón realista, sin ironía, entrevistando a pintores que se identifican con el realismo académico. Muchos de estos artistas están conscientes de lo que hoy es el arte, pero escogen en cambio entablar un diálogo con Velázquez. Su resentimiento con el mundo del arte es profundo y álgido.  Aspiran, en el mejor de los casos, a ser rebeldes reaccionarios como lo fueron en su momento Andrew Wyeth y Edward Hopper,  artistas a quienes Clement Greenberg mismo los consideró artistas kitsch.  Esta definición que en general se aplica como un insulto,  ha sido aceptada como un cargo honorable por uno de los líderes de la pintura académica. Este líder, un artista que seguramente amas, o si no deberías de amar, es  Odd Nerdrum, quien ha declarado que el kitsch es la nueva vanguardia. En una especie de manifiesto en su página web, Nerdrum declara:

Te saludo, artista talentoso que quieres conseguir la sinceridad en tu obra. Eres un extranjero de tu tiempo, pero ¡no te desanimes! Sé que el arte te incomoda; te has vuelto un esclavo bajo una aristocracia de incompetentes. El arte nunca fue algo para alguien como tú. El arte tiene su justificación—el artista sin talento necesita comodidad, pero también la necesitas tú.  Has estado apenado por tu condición por demasiado tiempo.  Mientras el artesano sólo aspire a la derrota, se habrá hecho una gran injusticia. Toma esto en cuenta: sin tí como el que garantiza su yugo, la incompetencia del arte no vale nada. El dinero y el honor de esos artistas te pertenece, de manera que ¡tómalo! Pon fin a la humillación, salva al arte de su caída a la devaluación total. El siglo 19 fue el crepúsculo del talento; toma parte en su amanecer. A través del Kitsch el artista talentoso se puede salvar. Es una nueva disciplina en la que el talento puede encontrar una superestructura; una superestructura que le sirve al genio de la habilidad. No permitas que el arte retenga su autoridad moral sobre la habilidad.

Es tentador el considerar la propuesta de Nerdrum. Lo que necesitaríamos en ese caso realmente es un museo de arte kitsch, a donde se podrían exponer todos aquellos artistas que se quejan de no recibir exposiciones en el MUAC, Jumex, en el Tamayo.  En realidad eso ocurre ya en otros países, que tienen sus sistemas de academia, sus galerías y museos que apoyan al arte pre-salon de 1863. Creo que el museo Soumaya, por ejemplo, podría ser una sede adecuada para este proyecto.

Quizá de paso sería bueno recordar que 1863, el año en que los franceses echaron a sus compatriotas Courbet, Manet y Pissarro del salón, fue también el año en el que tomaron posesión de la capital mexicana, comenzando nuestro breve y fallido segundo imperio. Con Maximiliano nos llegó por supuesto de lleno la estética de salón académico, la que tanto anhelan nostálgicamente algunos.  Quizá si Juárez nunca hubiese restaurado la república México seguiría siendo hoy parte de Francia, todos estaríamos pintando hoy como Santiago Rebull, y el Franz Mayer sería nuestro museo de arte contemporáneo.

Ahora bien, en cuanto a la teoría conspiratoria del colonialismo VIP del mundo del arte contemporáneo: obviamente las estéticas locales figurativas que uno encuentra en cada esquina (¿podríamos llamarlas estéticas VIPS?) no son sino una derivación de esas escuelas europeas decimonónicas. Supongo que la única manera en que realmente nos podríamos jactar de ser autóctonos y nacionales sería si mantuviéramos la tradición de hacer cabezas olmecas. No soy partidario particularmente de hacer obra  que dialogue con James Turrell, quien te parece ya anciano a los 70, pero también confieso que considero relevante que al menos siga vivo y produciendo obra nueva, mientras que Velázquez  murió hace cuatro siglos y encuentro el vestir la ropa de su época un poco incómoda y a él definitivamente más anciano a sus 415 años.

El problema que tenemos, y del cual de nuevo somos todos culpables, es que el público activamente involucrado en compenetrarse con el arte en México es más pequeño, apuesto, que los aficionados al bádminton en la colonia Narvarte (por decir algo). Sinceramente me indigna pensar que exista la impresión generalizada que el arte contemporáneo no comunica nada relevante.

El proceso de educar al público acerca de lo que verdaderamente significan conceptos como apropiación, arte procesual, o arte de interacción social creo que será una tarea equivalente a la evangelización durante la colonia, que tomará tantos años que cuando hayamos todos asimilado el siglo XX será ya el siglo XXII y el arte ya será entonces otra cosa.  Dudo mucho que ocurra en el transcurso de nuestras vidas, pero yo estoy determinado a morir intentándolo.  De momento quisiera invitarte cordialmente al siglo veintiuno, un siglo que a pesar de las enormes tragedias que vive, es a fin de cuentas el nuestro, donde el arte es contradictorio y complejo, donde hay buenos y malos artistas, donde coexiste lo conceptual y lo figurativo pero en un marco de consciencia crítica, de debate y en conexión con todo lo que acontece actualmente en el mundo, donde hay que invertir tiempo y esfuerzo en escuchar la sutileza de los cientos de voces que están emergiendo por encima del ruido sensacionalista del mercado, donde no todo es relevante o rescatable,  pero que es al menos un lugar en el que todos al menos estamos comprometidos a dialogar con el presente.

Saludos de

Pablo Helguera

Lea aquí nuestra entrevista a Helguera

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