El escritor peruano Santiago Roncagliolo.

Una réplica al artículo de Santiago Roncagliolo sobre ‘Cien años de soledad’

Como parte de su especial dedicado al aniversario 50 de la novela de García Márquez, la revista ‘Semana’ publicó un artículo del escritor peruano donde éste afirma que la fecha de caducidad de la obra maestra del Nobel cataquero ya pasó. Una respuesta.

2017/06/01

Por Sebastián Saldarriaga Gutiérrez*

(Para leer el artículo de Roncagliolo, haga click aquí).

Cien años de soledad ya no tiene vigencia” es el título (y la consigna) de un texto del escritor peruano Santiago Roncagliolo recientemente publicado por Semana. Bastante de lo que dice Roncagliolo es ya cosa manida para los que nos dedicamos al estudio de la literatura. Habla de la aparición en los noventa de la antología McOndo, compilada por Alberto Fuguet, que es una reivindicación explícita de lo urbano, de lo masivo, de lo juvenil y de un realismo no mágico, sino más bien sucio. Atributos, en fin, de una cierta posmodernidad literaria de América Latina que, si nos ajustamos a la percepción del tiempo de Roncagliolo, tampoco es nada nueva. Más aún, ni siquiera es plenamente rupturista. El modernismo (en el que caben nombres como el de Borges) ya había demostrado que la ciudad podía ser un espacio poético. Andrés Caicedo, muerto en 1977, había hecho lo propio en una obra demasiado temprana que, además, celebra las delicias de la juventud, el rock, la salsa, las drogas y el cine de culto.

Hasta ahí no hay demasiado lío, porque la cuestión no es defender o destrozar tal o cual corriente literaria. El verdadero problema sobreviene con los argumentos de Roncagliolo y la ética de lectura que subyace en su texto. El mundo, para él, cambia muy rápido. En un abuso de literalidad, incluso afirma que en el convulso Perú de su infancia “nadie nunca salió volando ni nació con rabo de cerdo”. Mucho me temo, sin embargo, que eso tampoco ocurrió en 1967 en el caribe colombiano. Más aún, creo que no ha pasado nunca en ninguna parte.

 Es cierto que las estéticas cambian, por fortuna. Hay que agradecer, por ejemplo, que el mal gusto de los noventa haya desaparecido de la moda y el cine, y que las exuberancias retóricas de Cien años de soledad permanezcan encerradas en Macondo, el único lugar donde están bien.  

Pero decir por ello que una obra literaria pierde vigencia es de muy mal lector. O de lector desdichado, porque casi ningún libro le dirá algo demasiado “útil”, salvo los de ciertos  escritores devenidos gurús que le prometen una representación mejor y más fiel del mundo que lo rodea. Por fortuna, la lectura mimética de la literatura, a menos que uno sea un nostálgico de la Poética de Aristóteles, es algo superado hace tiempo. Roncagliolo, que no tiene un pelo de tonto, seguramente lo sabe. Y no ha debido olvidarlo en ese texto que hiede a autopromoción y que padece de una tendencia suicida. Si es verdad que el mundo está cambiando de una manera tan vertiginosa, si es cierto que una obra puede caducar en solo cincuenta años, mejor no imaginarse lo que pasará con los libros del siglo XXI (incluidos los de Roncagliolo), que en breve apenas serán de usar y tirar. Este horizonte le pondría los pelos de punta a cualquier escritor, a menos, claro, que sus principales propósitos sean el ruido y las ventas.

*Candidato a doctor en literatura en la Universidad de Salamanca.

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