Fernando González

De la rebeldía al éxtasis

A 50 años de su muerte aún se discute cuál fue su verdadero calibre. ¿Fue de veras un filósofo o apenas un literato costumbrista y menor? ¿O tan sólo un rebelde redimido y transfigurado en místico? Quizás, a estas alturas, ya no valga la pena graduarlo de nada pero sí revisar las claves para entrar a lo más genuino de su obra.

2015/05/05

Por Esteban Duperly

Se dice que entre 1942 y 1959 Fernando González permaneció en silencio. Durante esos 18 años –un poco más o un poco menos– no publicó ningún libro, a pesar que desde 1929, cuando apareció Viaje a pie, había escrito a razón de uno por año. A lo largo de toda la década del treinta textos suyos se editaron anualmente, salvo en el entremés de 1937 a 1939, cuando a falta de un par de tomos sacó por cuenta propia cinco números de la Revista Antioquia, una publicación rebelde y con ribetes de panfleto donde, como hacen los suicidas, soltaba pistas sobre lo que le venía sucediendo: estaba harto. Harto de que el arzobispo de Medellín y otros curas de la Villa declararan pecado mortal leerlo, harto de que la dirigencia paisa le negara la rectoría de la Universidad de Antioquia, cuya candidatura fue propuesta de manera espontánea por los estudiantes.

El hartazgo llegó al tope en 1940. Publicó Santander y el gobierno intentó recoger los ejemplares porque según alguien saboteaban al prócer, que cumplía un siglo de muerto.  Así que un año después apareció El maestro de escuela, un libro donde González se desdobla en forma de Manjarrés, un profesor envigadeño a quien, en la última página del último capítulo, declara muerto. Y con Manjarrés se desmorona él también. La línea final dice: 

                             Requiescat in pace. Ahora sí estoy muerto.    

                                             Ex Fernando González.

 
Con una vaca en Otraparte, Envigado.

Aunque en realidad esa no es la frase final. El libro se extiende cuatro párrafos más en una especie de coda que titula El idiota –texto que ya había aparecido en 1938, en el número 10 de la Revista Antioquia– y que el autor concluye de este modo: “Así es como la vida va adobando el juicio de los jóvenes. ¡Putísima es la vida!” Ahora sí, enfadado, pone el punto final. Está hastiado de vivir, como él mismo dice, “a la enemiga”, que es estar enfrentado a todo, en oposición a todos. Y está, también, cansado de arriar moralmente a Colombia, que es una mula terca. Está exhausto de arar en el mar; ese esfuerzo en vano y desgastante que, en últimas, mató a Bolívar. A su Simón Bolívar.

Entonces así, medio atormentado e incomprendido, desencantado, sin trabajo y con poco dinero, “cae al hoyo de los animales nocturnos”. Y allá se queda a hibernar durante 18 años. Pero al cabo emerge, casi metamorfoseado, con un método de pensamiento muy redondo que traduce a texto: El libro de los viajes o de las presencias.

Se dice que durante “el período del silencio” Fernando González no escribió. Pero no es tan cierto. Aunque podría decirse, sí, que en esos años presentó una faceta algo difusa de sí mismo. Los textos que produce son un híbrido entre su profesión de abogado, su madera de intelectual y, en especial, su dimensión política. En 1945 publica una serie de 18 columnas de prensa que se editaron póstumamente bajo el título Arengas políticas, pero que aparecieron por primera vez en El Correo, un periódico alternativo liberal que circulaba en Medellín y enviaba una tajada del tiraje a Bogotá. Aunque la verdad González ya se había estrenado como columnista en 1937 cuando, de abril a junio, publicó 22 entregas en El Diario Nacional bajo el título provocador Nociones de izquierdismo.

Miguel Escobar Calle sostiene, en el prólogo de la edición póstuma de Arengas, que todas esas columnas “se convirtieron en la plataforma ideológica de LAIN —La Izquierda Nacional—, un fugaz pero intenso movimiento que se configuró como partido político de alternativa y el cual aglutinó al curubito de los artistas e intelectuales de la región”.

El LAIN fue la aventura política de Fernando González. Surgió hacia 1940 como una especie de divertimento, impulsado más que todo por la antipatía que sentía hacia Eduardo Santos –a quien había acribillado en prensa antes de las elecciones de 1938– y porque estaba desengañado de Alfonso López Pumarejo, que quería ser presidente otra vez en 1942. Todo parece apuntar a que el tal partido solo fue una ironía para desahogarse, porque ni siquiera conseguía votos y al parecer ni le importaba. Además, sus secuaces eran el arquitecto y pintor Pedro Nel Gómez, el también arquitecto Pepe Mexía –quien se sentía más a gusto como caricaturista– y algunos otros de la misma especie. Miguel Escobar definió a la plana mayor del LAIN como “un grupeto de intelectuales idealistas y descontentos”. Sin embargo, el divertimento prosperó y en 1941 lograron un escaño para el Concejo Municipal y a Fernando González lo nombraron asesor jurídico de la Oficina de Valorización. Después de todo era un abogado graduado que tras regresar del servicio consular, y morir como escritor en El maestro de escuela, se había quedado sin oficio conocido. Ernesto Ochoa Moreno, quien ha estudiado la vida y la obra de González, explica este episodio: “Si uno lee las libretas ve que estaba sin puesto. Necesitaba plata para la familia”.

Desde el escritorio de empleado público González produjo los papeles más sui generis de toda su obra: el Estatuto de valorización, un documento oficial muy insólito escrito en clave de filósofo en 1942. Una rareza. Pero en la oficina de burócrata no duró más de tres años: renunció, publicó las Arengas y, entonces sí, se sumergió en una introversión que vino a acentuarse en 1948, cuando su hijo Ramiro murió de una leucemia tenaz.

 
En la Fundación Otraparte se conservan 72 libretas manuscritas.

Aunque a partir de entonces nada suyo vio la luz pública en varios años, nunca dejó de escribir. La prueba está en las famosas libretas; unos cuadernillos modestos de hojas rayadas cosidas con hilo, como los que usaban los tenderos y los carniceros para anotar los fiados, y que él llenaba hasta los bordes con apuntes, casi siempre a lápiz. Son una mezcla de diario íntimo, hoja de menudencias y cuaderno de trabajo, donde se encuentran parrafadas enteras de sus obras más afinadas junto a cuentas del mercado, notas de jardinería, reflexiones místicas y hasta dibujos.

También, de esos años, se conserva una abigarrada suerte de papeles que la Fundación Otraparte –que preserva su obra– ha agrupado como “textos sueltos”. La mayoría son cartas y documentos de carácter personal. Hay, incluso, un testamento. De modo que lo más sistemático y juicioso que produjo en esa época difusa son las columnas de prensa, algunos números de la Revista Antioquia y el Estatuto de valorización. Pero quienes estudian a fondo su obra concuerdan en afirmar que son su género menor. Casi un lunar. La arista menos interesante del poliedro. El padre Alberto Restrepo –que lo conoció, ha descifrado y transcrito la caligrafía críptica de 72 libretas, y es autor de 684 páginas que se llaman Para leer a Fernando González– sostiene: “La política es lo menos importante de Fernando. Es un político en la medida más débil de todo lo que él es. Ahí no hay una doctrina coherente y madura, como sí hay una doctrina metafísica y moral plenamente desarrollada en otras cosas. Eso en Fernando se quedó trunco. Embrionario. Y es puramente pasional”.

Para abrir el cerrojo que conduce hacia el Fernando González total hay que usar tres movimientos. Quebrar el código de la bóveda que contiene lo más insondable de su obra y de su personalidad requiere conocer una clave oculta: su método o modelo de los tres viajes: viaje pasional, viaje mental y viaje espiritual.

Dice el padre Alberto: “Desde que usted abre Pensamientos de un viejo [primer libro de Fernando González, publicado a los 21 años] encuentra a Fernando contando cosas que vivió, pasiones que vivió, desengaños que vivió, tristezas que vivió, rabias que vivió, instintos que lo cogieron y le dieron cuatro vueltas. Cuenta eso con rabia, con alegría, con ironía, con desesperanza, con duda, con amor. Eso es lo que él llama los viajes pasionales”. Continua: “Pero Fernando reflexiona. No se queda en su rabia, ni en su tristeza, ni en su dolor, ni en su alegría, ni en su melancolía, ni en su deseo, ni en su pasión, sino que desde la inteligencia brega por entender qué es lo que eso expresa, qué es lo que eso contiene, cómo es que eso se define, eso a qué lleva. Ese es el viaje mental”. Y concluye: “Pero intuyó que más allá de lo pasional y de lo mental había algo más. Algo que si quería reducirse a lo pasional no cabía, y que si quería reducirse a lo intelectual, a lo lógico, a lo conceptual, tampoco cabía. Algo que no tiene expresiones emocionales posibles, que no tiene expresiones del instinto, que no tiene expresiones conceptuales, que no tiene expresiones racionales. Que solo se contempla y se vive. Ese es el viaje espiritual. Fernando lo que hizo siempre, pero solo logró madurar y expresar concreta, sistemática y orgánicamente, ya para morirse, fue hacer tres viajes”.

Desde la adolescencia anda preguntándose cosas. Presentía, intuía que debía existir una realidad última, más allá, a salvo de sus pasiones físicas y de sus conceptos mentales, pero no lograba saber qué era ni encontraba cómo llegar a ella. Su método del viajero es, precisamente, esa búsqueda hecha en la brega diaria, pero le tomó tiempo definirlo con palabras.

 

En sus primeras obras lo llamó ensoñación; ese es el concepto primigenio. Ahí está, aunque no muy cristalino, todo lo que poco antes de morir llegó a expresar con claridad. Luego lo nombró viajar a pie. Viajar a pie es unificarse con las cosas, vivir las experiencias de las cosas, de los objetos, de los animales, de las plantas, de las personas. Y solo así, conocerlos. “Animalizarse con el animal, vegetalizarse con el vegetal, filosofar con el filósofo, nihilizarse con el nihilista, mistificarse con el místico”, explica el padre Alberto, “hay una Colombia conservadora que se originó en 1886 con Rafael Núñez y sus compinches. ¿Dónde la voy a conocer? Pues en Abejorral, en Aguadas, en Manizales, en Armenia, en Buenaventura. ¿Y cómo hago para sintonizarme con ella? Físicamente viajando a pie, que es como se mueve la gente. No en avión, no en buque. A lo sumo en un caballo viejo para atravesar la montaña”. Esa es, precisamente, la clave para abrir el candando del libro Viaje a pie, que narra una marcha de ida y vuelta entre Medellín… corrijo: entre Envigado y Buenaventura, porque en Fernando González todo nace y muere en Envigado, una aldea que para él contuvo al mundo. El libro se publicó en 1929 y marcó el inicio de su década de escritor fecundo.  

En 1930 profundiza en el método. Sabe que leyendo puede llegar a conocer muchas cosas, pero que eso apenas es arañar la superficie. Y él quiere penetrar hasta el fondo porque detesta lo incompleto y lo efímero. Dijo alguna vez: “Yo no quiero bellezas en comodato”. Sabe que mientras no viva y no experimente, aún no ha conocido. Para él, comprender el objeto es convertirse en su misma vibración. Esa es la llave para Mi Simón Bolívar, donde el Libertador y él son uno solo. Están fundidos. “Para conocer a Bolívar decide vivir lo que él vivió. Sus rabias, sus persecuciones, sus desengaños, sus malquerencias. Eso mismo hace años después con Santander; se documenta y vive como él, y entiende por qué desprecia a Sucre y por qué desprecia el proyecto continental de Bolívar”, explica el padre Alberto.

Tercer nombre del método: El desdoblamiento en personajes, una idea, según parece, tomada de Nietzshe. Se trata de crear unos seres objetivos para verlos vivir. Por ejemplo: González no es Lucas de Ochoa, fundador de Envigado; don Lucas de Ochoa es su tatarabuelo, inclinado obsesivamente por el deseo erótico hacia las mujeres, pero verlo reaccionar le permite desentrañar lo suyo. Su cuerpo le sirve de vehículo. Todos sus personajes son sus dobles: Jacinto Salazar, el padre Elías, hasta la gata Salomé –que existe, lo acompaña en el consulado de Marsella y es medio puta– es una proyección de sí mismo para gemir de remordimiento. Y, por supuesto, el profesor Manjarrés, a quien manda al hoyo y se entierra él también durante 18 años.

De ahí sale, en 1959, con una dimensión mística ampliada. Maduro y redondo le da el nombre definitivo a su método: los tres viajes, que aparecen definidos y concretos en El libro de los viajes o de las presencias, editado por Alberto Aguirre.  Ese texto es el producto puro de su vida. El destilado de su tormento. Ernesto Ochoa dice que la vida de Fernando González es un viaje de la rebeldía al éxtasis.

La ensoñación, los viajes a pie, los dobles, todo eso fue un esfuerzo por definir un método y encontrar su obsesión de filósofo: la realidad que está más allá. Al final de sus días la definió como la presencia, algo que sólo se experimenta y no se explica. “Llega un momento cuando uno supera el mundo pasional y el mundo mental, y llega a un mundo que no es ni pasional ni mental ni afectivo, ni emocional ni instintivo ni de deseo, ni de huida ni de temores ni de miedos, ni de ansiedades ni de afanes ni de conceptos, ni de raciocinios ni de juicios ni de teorías. Ni de tesis. Pero cuando se llega allá no hay nada para decir. No queda nada, salvo vivirlo en silencio, en paz, sin contradicciones, sin deseos, sin alegatos, sin temores. No es  aniquilación. No es vacío, sino algo que no equivale a ninguna pasión ni a ningún concepto. Es la presencia. Es el ser o la nada positiva. El néant de Nietzsche”, explica el padre Alberto. O la iluminación de los budistas.

Por eso el Fernando González fundamental es el metafísico. Todas sus dimensiones, la literaria, la estética, la moral, la pedagógica y la política terminan desembocando allí. Incluso sus expresiones más viscerales y menos refinadas –sus viajes pasionales–, como los llamados textos políticos, vienen cargados de mística. Escribió en Nociones de izquierdismo: “Cuando el hombre siente que todo el universo es suyo y es uno; vive el hombre entonces dentro de la ley de causalidad. No hay oposición entre yo y tú, mío y tuyo. El hombre llega a ser hijo de Dios. De suerte que comunismo no es negación de la propiedad sino culminación de ésta. Así pues, comunismo, como es obvio, no se impone sino que es perfección a que se llega mediante disciplinas. Es un estado de conciencia que tuvieron Jesucristo, Buda, Sócrates y Nietzsche”.

La propiedad es, precisamente, el tema de la escena V en La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera, su último libro, donde remata como dramaturgo, en 1962. Cuenta la disputa de un lindero entre dos fincas vecinas, para apoderarse de un agua. Muy antioqueño. “Esas pequeñas mezquindades, un cerco que corre, lo llevaban a investigar, a filosofar sobre lo mío y lo tuyo. ¿Yo por qué quiero apoderarme de una quebrada seca?”, dice Eduardo Escobar sobre lo que bien pudo ser otro ejercicio de desdoblamiento de González basado en una vivencia propia, porque sus novelas son la forma de dramatizar, de llevar al drama sus dudas de existencia, sus conflictos y sus pasiones. “Dicen que era un hipócrita porque corría un cerco. Que era un tipo que se las daba de sabio pero al mismo tiempo estaba corriendo un cerco en una finca. Lo mismo dicen que era un perseguidor de muchachas. Lo que pasa es que él nunca despreció las pulsiones del alma, la sexualidad, el gusto por la materia, por las fincas bonitas, por el derecho a emputarse. Más bien usaba todas sus pulsiones para apoyarse en ellas y observarse a sí mismo”. Después de mucho filosofar González concluyó que Dios es una muchacha bonita. Escribió en El Remordimiento: “¿Eres Tú, Señor, el que te mueves así en el cuerpo de la Toní? Sí. Eres Tú, que estás jugando conmigo y ya me matas. ¡Déjate coger! ¡Déjate ya de guiños y de símbolos!”. Y sobre su mentada falta de coherencia, en El maestro de escuela: “¡No me hablen de contradicciones! Al segundo, ya era diferente del que parió mi madre”.

 

Dijo de él Alberto Aguirre: “Sentando en la tienda de don Joaquín, en Envigado, parecía un simple vecino que tomaba tinto”. Es cierto. En el archivo de Otraparte hay dos fragmentos de video digitalizados desde rollos de cine de 16mm donde, durante unos cuadros efímeros, es posible verlo en movimiento y a color. Se trata de la boda de una sobrina, justo la víspera de su muerte, en febrero de 1964. Aparece con ropa modesta, vestido de negro y sin pompa, entre invitados de levita y chaqué. Se apoya en un bordón pero para la ocasión no se caló la boina vasca. Tiene 68 años y está seco de carnes, casi un asceta, aunque nunca, ni en la juventud, fue musculoso. Apenas medía 1.72, pero en algunas fotos luce largo, como una sombra en la tarde. Escribió sobre sí mismo: “Mi madre me parió cabezón pero infiel”. En realidad era orejón: Ricardo Rendón y Horacio Longas lo dibujaron así. Pepe Mexía también, en una alegoría de un solo trazo confuso y enredado, pero bello. Como el dibujado. Y Manuel Mejía Vallejo dijo: “Orejas como conchas acostumbradas a que el oído oyera el ritmo del mar y de la yerba que nace”.

En ese mismo archivo hay varios fragmentos de su voz. Es áspera tras décadas de  nicotina y tiene el acento de Envigado. Hablaba como un aldeano, aunque hubiera sido cónsul en tres países. Incluso escribía igual, porque retoma una pelea que ya había dado –y ganado– Carrasquilla: ¿El pueblo antioqueño raso era digno de pasar a la literatura como ya lo había hecho el ruso? “Fernando González escribió en un tono que es casi imperceptible diferenciar entre la lengua hablada y la literaria”, dice Eduardo Escobar. “A veces tiende hacia el costumbrismo y a veces hacia lo charro [gracioso], pero detrás de eso hay un significado. Su idea fue que se podía filosofar sin sonar europeo. Es cercanía”, dice Ernesto Ochoa. 

Hay quienes, por ello, lo han encontrado ridículo, folclórico y básico. Muy humilde. Muy humilde porque en él todo comienza y se acaba en Envigado. Si la semilla contiene al árbol, una aldea también puede contener un mundo.

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