Carlos Granés obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco en 2011 por su obra 'El puño invisible'.

“El arte ya no tiene impacto social”

A propósito de su más reciente libro, 'La invención del paraíso: El Living Theatre y el arte de la osadía', el antropólogo colombiano Carlos Granés dictará la serie de conferencias 'El arte como espectáculo' en el Centro de Eventos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

2015/09/22

 

Fueron cercanos a Salvador Dalí, Andy Warhol, Jim Morrison. En su momento, a mediados de la década de los sesenta, recorrieron Estados Unidos en una ambiciosa gira y se dieron a conocer por una propuesta modernista heredada del dramaturgo francés Antonin Artaud: que el buen teatro, más que ser el reflejo de la vida, puede ser la vida misma. Bajo esa premisa, el hombre puede deshacerse de las costumbres impuestas por la sociedad y así volver a un estado animal.

Luego, convencidos de la capacidad de cambiar al mundo mediante el arte, viajaron a Brasil a comienzos de los setenta para liberar a un pueblo atenazado por una dictadura militar. Su voluntad, y en cierta medida su ingenuidad, acarreó consecuencias previsibles: fueron encarcelados por el gobierno de Emílio Garrastazu Médici y algunos incluso fueron torturados.

A pesar de la relevancia mediática que tuvieron en su momento, y su importancia en la consolidación del movimiento hippie, el Living Theatre no ocupa un lugar privilegiado en los anales de la historia contracultural. Esa fue una de las razones por las que el antropólogo colombiano radicado en España Carlos Granés decidió escribir un libro sobre el improbable auge y caída de la tropa liderada por Julian Beck y Judith Malina. Y ahora, después de presentar la obra en la Feria del Libro de Bogotá, Granés regresa a la capital para dictar una serie de conferencias en torno al Living Theatre y al estado del arte en el mundo contemporáneo. Arcadia habló con él.

¿Por qué se interesó en la historia de una tropa de teatro estadounidense, que hoy pocos recuerdan?

El Living Theatre fue el último grupo de artistas que creyó en la posibilidad de la revolución a través del arte. Con más vehemencia que nadie, llevaron al púbico obras de teatro, casi performances, en los que mostraban un estilo de vida nuevo inspirado en fuentes morales distintas. Y no sólo eso: además de mostrarla, hacían que el público viviera experiencias radicales para que descubriera la vida auténtica, sus verdaderos deseos, sus verdaderas necesidades. Fueron los últimos artistas que creyeron en la religión del arte.

Su vida y su teatro se mezclaron hasta hacerse indistinguibles. Vivían para actuar y actuaban para darle una dimensión espiritual y ritualista a su vida. Quisieron ser guías de la humanidad, una nueva fuente de espiritualidad que reemplazara a la religión, tal como pretendían los poetas románticos. En definitiva, el Living Theatre cerró un tradición que empieza casi con el Quijote: personajes dispuestos a confundir sus sueños con realidades y a vivir de forma intensa y salvaje hasta materializarlos en la rutina diaria.


¿Fueron ingenuos al creer que en verdad se podía cambiar el mundo a través del arte?

No del todo. La idea de que el arte podía cambiar el mundo viene de lejos. Es una idea romántica, que se convirtió en un proyecto concreto y programático en las primeras décadas del siglo XX. El futurismo soñó con inventar un hombre nuevo. Quiso impulsar una revolución en todas las prácticas artísticas, incluso en la gastronomía, que cambiara por completo la existencia. El dadaísmo tuvo una visión menos clara del futuro; tampoco tenía un proyecto social específico, pero sí quiso revolucionar las costumbres y fomentar valores nuevos.

Lo mismo se puede decir del surrealismo, que inventó una nueva forma de vivir, de amar, de soñar. En Rusia, el constructivismo quiso rehacer la vida en todos sus aspectos, tanto materiales como espirituales; y los propósitos de escuela de la Bauhaus, en Alemania, no eran menos ambiciosos. La obra de arte total fue una fantasía moderna que inspiró la actividad de muchos artistas. Nunca llegó a materializarse –ni Tatlin erigió su torre, ni Gropius construyó su gran teatro-, pero en el camino dinamizó el arte de las primeras tres décadas del siglo XX.

Después de realizar su exhaustiva investigación, ¿qué es lo que más rescata de la historia del Living Theatre?

El Living Theatre es el único grupo o movimiento que intentó hacer una revolución cultural en una sociedad democrática, primero, y luego en una sociedad cerrada. En Estados Unidos hicieron una extensa gira por las universidades. Llevaron su obra más famosa y transgresora, Paradise Now, creyendo que a su paso los jóvenes universitarios se sublevarían y empezarían a vivir de forma distinta. Algunos lo hicieron, sin duda, y el estilo de vida que adoptaron se llamó hippismo, pero su impacto no fue tan masivo ni tan radical como esperaban.

Ante la sensación de fracaso, viajaron a Brasil en 1970, cuando el país atravesaba por una feroz dictadura militar. El Living Theatre pretendía contribuir a la emancipación de los oprimidos con sus obras de teatro. Sus esfuerzos en Brasil les permitieron palpar en carne propia las diferencias que había entre una sociedad cerrada y una sociedad abierta. Esta comparación puso a prueba, como en ningún otro caso, las posibilidades del arte para afectar la sociedad y producir cambios políticos.

¿Las acciones de la tropa, como por ejemplo sus años en Brasil, nos dejan alguna enseñanza?

Desde luego: el mensaje de la vanguardia, al menos su mensaje político, fue la libertad individual. Paradise Now no tuvo el efecto que esperaban en Estados Unidos, porque en 1968, cuando la presentaron, la esfera de libertades individuales era bastante amplia. En Brasil, en cambio, donde no había libertad de expresión, los artistas estaban censurados y eran perseguidos, y donde los estilos de vida alternativos generaban suspicacia, su presencia fue un soplo libertario. La casa de Ouro Preto se convirtió en un pequeño paraíso donde los jóvenes disidentes podían escapar al guión moral de la dictadura. Sólo por esto su estadía en Brasil tuvo sentido. El precio que tuvieron que pagar fue alto: todos acabaron en la cárcel, unos de ellos torturados.

¿El arte aún puede confrontar a una sociedad y hacerla cuestionar sus valores?

La vanguardia tuvo efectos culturales. Los valores que promovía finalmente afectaron la sociedad, que se hizo más tolerante, libre, flexible y receptiva al humor, la transgresión, la sorpresa, la irreverencia, etc. Ese fue el gran triunfo y la gran derrota del arte. Desde entonces los artistas que intentan transgredir o sublevar tienen un impacto mediático y comercial, pero no social. Se han convertido en justo aquello que la vanguardia de la posguerra detestó: espectáculo.

En la historia de Colombia se puede hablar de la existencia de una historia similar a la del Living Theatre?

Yo aprovecharía para recordar al Teatro de Experimental de Cali (TEC) de Enrique Buenaventura y sus proyectos de creación colectiva. Paradise Now fue creada a partir de las contribuciones de todos los miembros de la troupe de Judith Malina y Julian Beck. Algo similar hacía el TEC en los setenta.

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