Jaime Manrique es barranquillero pero reside en Estados Unidos.

"La música nos mantendría para siempre jóvenes y nunca estaríamos solos o con hambre otra vez"

Compartimos la cuarta parte de 'Amar en Madrid' de Jaime Manrique, en el cual narra las vivencias de un joven homosexual barranquillero en España en los años 70. El autor esperó décadas antes de publicarlo en Colombia debido a su contenido sexual explícito.

2016/12/14

Por Jaime Manrique

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Estábamos hambrientos e hinchados de tomar tanta agua de las fuentes de las calles. Carlos Alberto conocía a un escritor colombiano, unos años mayor que nosotros, que hacía ruido recientemente, con qué más, sino con una novela de realismo mágico. Lo habíamos llamado en unas pocas ocasiones esperanzados en que nos recomendara con su editor y nos presentara a otros autores latinoamericanos, pero se había negado a vernos, quizás percibiendo nuestra desesperación. Carlos Alberto se tragó el orgullo y lo llamó de nuevo para explicarle que todo lo que queríamos de él era su cocina para preparar una sopa instantánea. El escritor contestó que estaba a punto de salir hacia la Costa Brava y que estaría ausente por dos semanas. Lamentó que no nos pudiera ayudar y colgó. “El muy bastardo”, gritó Carlos Alberto palideciendo antes de tirar la bocina del teléfono público. Rabioso empezó a sacudir la cabina y a patearla. En tanto hacía esto, cientos de pesetas empezaron a llover del teléfono. Llenamos nuestros bolsillos, aun cuando unos sorprendidos transeúntes nos miraban. Fuimos a la banca en el malecón y frente a la réplica de la Santa María contamos el botín. Teníamos lo suficiente para una buena cena y unos tragos de celebración.

Fuimos a El Peruano y le pagamos a Manolo parte de nuestra cuenta. La estábamos pasando estupendamente, riendo y celebrando nuestra inesperada buena suerte cuando un hombre mayor se nos acercó.

“¿Son ustedes sudamericanos?, nos preguntó sentado en una silla que estaba a mí lado. “Tomás Castillogrande”, agregó al presentarse. Era un caballero sesentón, rechoncho, que se estaba quedando calvo. Algo de sus maneras contradecía el hecho de ser acomodado; además, estaba vestido con ropas raídas, de manera que podía mezclarse con la chusma de El Peruano.

Con nuestro buen humor, decidimos involucrarlo en la conversación. En tanto que la tarde se convertía en noche, Don Tomás reveló más y más sobre sí mismo. Vivía en el poblado de Sadabell a una hora de Barcelona en tren. Estaba casado y era abuelo. Era dueño de una factoría de tintura de lana. Don Tomás se reía constantemente de nuestros chistes contra el establecimiento literario, la iglesia y los diplomáticos colombianos en Barcelona. A las ocho en punto, cuando estábamos empezando a sentir los efectos del alcohol, preguntó si nos podía invitar a cenar. Dijo que conocía un maravilloso restaurante en la bahía, y que se sentiría honrado si aceptábamos su invitación. Lo hicimos. Y tuvimos la mejor comida que habíamos tenido en Barcelona. En tanto la cena terminaba, Don Tomás dijo que tenía que regresar a Sadabell esa noche, pero que le alegraría si uno de nosotros lo visitaba la semana siguiente. Dijo: “Tengo una casa para mis devaneos”. Y de inmediato entendimos que este era un lugar del que su familia no sabía, y en el cual tenía sus escapadas. Dijo que nos daría lo equivalente a $100 dólares si alguno de los dos lo visitaba durante la noche. Aunque no había especificado cuál de los dos, resultaba evidente que me prefería. Carlos Alberto era el más apuesto, pero claramente no su tipo. Sospeché que esto era lo que Don Tomás (O Monsieur Sadabell, como terminamos llamándolo), tenía todo el tiempo en mente.  A pesar de su sofisticación, Carlos Alberto no tenía experiencia como prostituto. Él de verdad se sorprendió cuando Monsieur formuló su propuesta. Cuando nos separamos esa noche frente a nuestro hostal, Monsieur nos entregó el adelanto, anotó la dirección y dijo que nos esperaba (todo el tiempo mirándome) la noche del próximo viernes en su “casa de pecadillos”.

La idea de visitar a Monsieur Sadabell no me emocionaba, pero durante el mes pasado Carlos Alberto me había mantenido. Y como él lo señalaba, yo era “el prostituto con experiencia”.   

La noche del viernes tomé el tren a Sadabell. En el trayecto hizo paradas en pueblos que lucían tranquilos, limpios y melancólicos. Cuando el tren llegó a Sadabell, empecé a sentirme ansioso. Monsieur me pareció muy amable compañía para cenar y beber, pero no estaba seguro de que sería capaz de tener sexo con él. Rasmus era un hombre muy atractivo. Mientras seguía las indicaciones que Monsieur me había anotado, empecé a sentir nauseas. En ese momento hubiera regresado a Barcelona, pero no tenía dinero para el boleto de regreso. En una pequeña plaza en el camino me senté en una banca polvorienta a serenarme. No ir a la cama con Monsieur Sadabell, considerando que Carlos Alberto estaba hambriento en Barcelona a la espera de que regresara con el dinero, era un acto de cobardía. Lo haré una vez, murmuré, solo una vez.

“La casa de los pecadillos” estaba ubicada en un vecindario de clase obrera donde imaginé que vivían los trabajadores en la factoría de Monsieur. Toqué la puerta con las rodillas débiles. La puerta se abrió y Monsieur apareció vistiendo un traje cómodo hogareño y pantuflas. Titubeé. Sentí que debería regresar a Barcelona aunque tuviera que caminar todo el trayecto. Monsieur sonrió con dulzura y dijo: “Vamos majo, ¿por qué te demoraste tanto en llegar?”.

Recordé por qué estaba ahí, que se trataba de un trabajo, y que no podía decepcionar a Carlos Alberto. Seguí a Monsieur hasta una sala acogedora, donde me señaló una mecedora en la que me senté.

-Corazón, ¿te gustaría una bebida mientras termino de preparar la cena?

-El periódico también.

Cuando Monsieur Sadabell salió de la habitación no sabía si reír, llorar o salir corriendo de esa casa. Trataba de tranquilizarme con que hasta este momento la aventura parecía inofensiva. El anfitrión regresó con vino, queso, olivas y calamares fritos, que organizó en una mesa pequeña, cerca de mi asiento. Luego, tomó un cojín del sofá y lo ubicó bajo mi cabeza. Recogió un par de pantuflas gastadas que estaban debajo del sofá, se arrodilló frente a mí, desamarró mis zapatos, los quitó y me puso las pantuflas.

Decidí que me dejaría llevar por la situación, siempre y cuando no me forzara a hacer nada que me resultara inaceptable. El olor que venía de la cocina era tentador. Pensé que al menos recibiría un banquete de Monsieur Sadabell, que era obviamente un chef cultivado. Empecé a relajarme mientras leía el periódico. Después de un rato, Monsieur entró al cuarto para avisar que la cena estaba servida. Cargaba una bata de baño.

-Quítate la ropa y ponte esto-, sugirió y me pasó la bata.

Me negué. -Estoy bien así; no necesito cambiarme.

-Tus ropas están sucias, corazón, dijo amorosamente. Las pondré en la lavadora mientras cenamos, y cuando te vayas tendrás ropa limpia para mañana. Quiero que luzcas muy bien.

Tenía razón. Todas mis prendas necesitaban una lavada. Obedecí y me quité todo. Discretamente miró en otra dirección cuando me quité la ropa interior y me puse la lujosa bata de terciopelo.

Velas encendidas, flores, porcelana bonita y vasos tallados decoraban la mesa. Monsieur había preparado un banquete suntuoso: conejo estofado con champiñones, papas al gratín, vegetales salteados con ajo, ensalada verde, olivas, frutas, una tarta recién asada con forma de flor, pan recién horneado, vino tinto y como postre un flan, frutos secos, peras y ciruelas escalfadas, coñac y café. En la cena, como cualquier pareja cómoda en harmonía, hablamos de las noticias. Los juegos olímpicos estaban en pleno desarrollo ese verano. Nadia Comaneci había obtenido un diez perfecto en su rutina y Monsieur Sabadell estaba fascinado por la menuda atleta. Ese verano eran, además, las celebraciones del bicentenario de Estados Unidos. Entonces, hablamos de la democracia estadounidense y de lo diferente que era del régimen de Franco de los últimos treinta años. Ni una vez hizo preguntas personales, como si ya supiera todo lo que hubiera por saber sobre mí. En un momento, durante la cena, dejó la mesa y fue a poner la ropa en la secadora.

La comida fina, los vinos y la conversación aguda tuvieron un efecto positivo en mí estado de ánimo. La estaba pasando muy bien. Después de comer, regresamos a la sala para seguir bebiendo. Cerca de las nueve, Monsieur dijo que se sentía cansado y quería retirarse. Había llegado el momento de la verdad.

Me gustaba mucho como persona, pero me repugnaba la idea de hacer el amor con él. Me tomó de la mano y me llevó a la habitación. Allí, había una lámpara junto a la cama, envuelta en un chal rojo que le daba un color ámbar al espacio. Me ayudó a quitar la bata y pidió que me acostara en la cama. Luego me entregó un montón de revistas pornográficas alemanas.

“Mira si hay algún majo que te excite”, indicó. “Regreso en un minuto”. Salió de la habitación.

Solo, desnudo en su cama, me puse por primera vez nervioso. Me pregunté qué estaría planeando. Pensé que sin mis ropas no podía ir a ninguna parte. ¿En qué me había metido? Mientras tales pensamientos zumbaban en mi cabeza, Monsieur Sabadell entró a la alcoba cargando una mesita, una plancha y mi ropa.

- ¿Te gusta alguno de ellos?, -preguntó, aludiendo a la revista de hombres desnudos que yo tenía sobre mis piernas.

-Oh, uh-, mascullé, y empecé a pasar las páginas mientras veía hombres teniendo sexo, de muchas más maneras de las que creía posible.

Monsieur conectó la plancha, puso mi camisa en la mesita, roció agua de una botella y se sentó junto a la tabla a esperar que la plancha calentara.

Lo observé.

-Mira las revistas,  indicó-. ¿Hay alguien que te ponga la polla dura?

Decidí seguirle el juego. Ahora que tenía una plancha caliente en sus manos, estaba en desventaja. Pensé que no me mataría porque Carlos Alberto sabía dónde estaba. Sin embargo, me sentí ansioso. Desde que se sentó, lo complací mirando las revistas, yo lo complací. Al final, después de ver cientos de fotografías de hombres atractivos culeando, se me paró. Luego Monsieur sonrió con alegría, se puso las gafas y empezar a planchar.

Yo creí entender lo que quería de mí. Quería que tuviera tieso el pipí, mientras planchaba. Cuando vio que mi verga estaba dura, Monsieur empezó a decir, “Oh, tus bolas están ahora duras, ¿lo están? Oh, oh”, todo el tiempo planchando minuciosamente mi camisa. Empecé a tocarme mirando una foto de dos hombres teniendo sexo. No era fácil concentrarse y mantener una erección con Monsieur mirándome, con una plancha en sus manos. Colgó la camisa detrás de la puerta y continuó con mis pantalones. En tanto alisaba, seguía hablándome obscenamente. Si todo lo que quería era verme pajear, me había resultado fácil. Cerré los ojos y me imaginé en una cama, haciendo el amor al mismo tiempo con José y Carlos Alberto. Cuando alcanzaba el clímax, oí a Monsieur animándome, “Dispara, dispara, corazón, déjame ver que te vienes sobre tu pecho. Has feliz a tu esposa, corazón mío”.

Cuando abrí mis ojos, estaba aplanando furiosamente mis pantalones y mirándome con lascivia. Después de un rato, cuando recuperé la respiración, decidí ponerme de pie para limpiarme.

“No te pares”, me pidió. “Por favor, déjame hacerlo. Deja que tu esposa te limpie.” Colgó mis pantalones y mi camisa y salió de la habitación. Regresó con dos paños húmedos y tibios y me limpió. Cuando terminó se cubrió la cara con los trapos y los besó.

Monsieur Sabadell me acompañó caminando hasta la estación del tren, donde me entregó cien dólares, un montón de plata en esos días. Dijo que le haría feliz verme de nuevo, la siguiente semana y que me estaría esperando.

Carlos Alberto estaba en nuestra habitación del hostal cuando llegué. Como no había comido, lo llevé a una gran cena de medianoche en un restaurante en Las Ramblas. Mientras cenamos, le conté todos los detalles de mi visita a Sadabell. Estalló de la risa cuando me describí en la cama con las revistas y Monsieur planchando mi ropa. Después de que pagué la cena, le entregué a Carlos Alberto la mitad del dinero que había conseguido. Él lo rechazó, pero yo insistí. Después de todo él había estado contribuyendo con más dinero y había compartido todo conmigo. Esa noche celebramos con estilo. Después de cenar fuimos a beber a El Peruano y luego a una discoteca donde bailamos sin parar hasta el amanecer. Sin la preocupación por el hambre, al menos por un tiempo, la euforia de la música disco hizo su efecto como un afrodisiaco. En la pista de baile, era fácil creer que aquella noche era todo lo que había en la vida: que si seguíamos bailando la música nos mantendría para siempre jóvenes y nunca estaríamos solos o con hambre otra vez.

Cuando regresamos a nuestra habitación esperé hasta que apagamos la luz, para reunir el coraje y decir lo que toda la noche me había contenido.

-Carlos Alberto, ¿estás despierto?, pregunté.

-Sí.

-Creo que me enamoré de ti- dije sin vacilaciones.

-Cállate.

-Lo presioné-. -Quiero saber qué sientes por mí.

-Santiago, carajo, te lo he dicho muchas veces que somos hermanas.

-Al carajo con lo de hermanas, -dije-. Estoy enamorado de ti.

-No eres mi tipo, Santiago. ¿Por qué no puedes entender eso?

Era difícil creer que él amara a la gente por su tipo. De mi parte, éramos una pareja perfecta: ambos éramos colombianos, contemporáneos, escritores, gays, amábamos muchas de las mismas cosas. Él lucía europeo, yo moreno. Así lo dije.

-Santiago, -susurró con rabia-. Quiero dormir, ¿está bien? No arruines esta hermosa noche.

Herido por su rechazo, no dije otra palabra, pero permanecí despierto, tosiendo en la cama. Se estaba volviendo doloroso dormir en tal proximidad y sin ser correspondido. Quería levantarme de la cama y abrazarlo. Me lastimaba quererlo y no ser capaz de compenetrarme con él. Comencé a pensar en volver a los Estados Unidos para terminar la universidad. La vida que llevábamos empezaba a perder su atractivo. Era cierto que septiembre empezaría en pocas semanas, y que después de eso, según Carlos Alberto, podríamos conseguir trabajo como traductores. Pero, ¿qué tal si no? No me atraía la idea de otra visita a Sadabell. Una vez había sido suficiente. Ya estaba de día cuando me dormí.

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