La ministra de cultura, Mariana Garcés durante el foro Gran Debate de la Cultura en Colombia.

La ministra en su laberinto

"Mi intención es modesta: verificar cómo el campo cultural es también un campo de batalla, con golpes de artillería, contraespionaje y juego sucio; con astucia y maquillaje, con teatro y fiesta. Pues cultura es política".

2016/07/01

Por Nicolás Morales

Si algo he querido mostrar a lo largo de los años de esta columna –tal vez sin éxito- es que el campo de la cultura es un lugar donde coexisten pasiones tan o más desmedidas que en otros sectores y con los mismos estertores que el poder genera. Mi intención es modesta: verificar cómo el campo cultural es también un campo de batalla, con golpes de artillería, contraespionaje y juego sucio; con astucia y maquillaje, con teatro y fiesta. Pues cultura es política. Así se crean únicamente protagonistas “de las artes y la sensibilidad humana”. En la curaduría de una exposición, en el reclutamiento de un dramaturgo para una obra, en las bases de un concurso de literatura o en la construcción de un catálogo de libros de ficción, hay un mundo de intenciones políticas más o menos explícitas, ocultas, prosaicas, idealistas e incluso en ocasiones -me temo- corruptas. Y la muestra que nos dio el Foro de Cultura de la Revista Semana no fue un botón, ¡fue un gran pastel!

El asunto buscaba darle un vistazo a la salud de un sector poco estudiado como es el de cultura: repasar sus indicadores, oír a los “expertos” y trazar objetivos. Aunque se habló un poco de todo, lo verdaderamente importante era develar los entretelones del telenovelón del Festival Iberoamericano de Teatro (FITB) y la crisis de su manejo. En medio del voleo de las acusaciones de unos y otros, todos atinaron con algo de razón: “El Festival sigue siendo muy bueno”, dijo Ana Martha Pizarro; “hay que mejorar la documentación y el manejo financiero”, dijo Andrés Hoyos; “se puede pensar en un festival más pequeño”, señaló Ramiro Osorio y “el sector público nacional debe mejorar el respaldo al Festival”, dijo Luis Guillermo Soto. No voy a ahondar en estas reflexiones. No obstante, algo de lo que se dijo sí me interesó: la acusación pública de Ana Martha de Pizarro de que detrás del barrullo mediático contra el FITB estaba la Ministra de Cultura, Mariana Garcés. Verán, es raro que estas cosas se hagan explícitas en un foro tan público: una ministra, que hace parte de la Junta Directiva del Festival,  es acusada de orquestar una campaña de desprestigio contra una gran institución cultural, tal vez la más grande del país. En la misma línea, recordarán ustedes que, hace  unos meses, Conchita Penilla -otra gestora cultural- decía que el Ministerio le había saboteado la Feria Internacional del Libro Cali. ¡Menudo asunto!

Nada me intriga más que saber cuánto poder tiene una ministra o un ministro de cultura en Colombia; hasta dónde llega su campo de acción; cuáles son sus límites y hasta dónde las funciones de su cargo le permiten incidir en muchos de los proyectos culturales del país que no son propiamente gubernamentales. ¿Este es el estilo de los anteriores ministros y ministras? ¿Está en su agenda marcar derroteros en gremios, sociedades, cámaras o autores y creadores? Mariana Garcés lleva seis años dirigiendo el sector. Ha acumulado conocimiento y mucho poder. Es una Ministra combativa, con carácter. Algunos dicen que es muy autoritaria, sobre todo adentro; otros que es asertiva, que no se viene con rodeos, es decir, muy ejecutiva. Pero, eso sí, todos aceptan que en este final de mandato es una mujer protagónica.

Imposible hacer un balance de su gestión en estas pocas líneas. Desde mi punto de vista, en cada uno de los temas hay decisiones acertadas y equivocadas, equipos muy buenos y otros regulares, balances ricos y algunos indicadores muy pobres. No me atrevo a medir porcentajes. No me siento en capacidad hoy de hacer un cotejo. Lo que sí es cierto es que es una ministra que tiene mucha incidencia, a sabiendas de que siempre existe el riesgo que no se vean las razones técnicas que la mueven a tomar decisiones.   

A propósito de este asunto quiero llamar la atención sobre algo que los lectores de Arcadia pueden no haber percibido: esta revista lleva casi un año sin pauta publicitaria del Ministerio de Cultura. En un sector tan frágil como el de las publicaciones culturales, esto es una estocada para el proyecto fundado en la casa Semana. Y es un problema para un Ministerio que pierde interlocución ante los públicos interesados en cultura que gravitan alrededor de la publicación. Reitero, no sé si se trata de diferencias con la postura editorial de esta revista; yo, simplemente como columnista y lector, registro que desde la fundación de la revista siempre ha habido un apoyo incondicional del Ministerio de Cultura en todas sus épocas, sin importar el color del gobierno de turno o el tono del contenido. Y hoy hay una ruptura que puede hacer daño. Como la hay -con buenas o malas razones- con la FILCa o el FITB. Si esta es una manera de hacer las cosas, respetuosamente pienso que no es el camino, pues se vuelve muy unilateral y autoritario. Una ministra en un contexto tan importante como el postconflicto no puede darse el lujo de convertir el Ministerio en una oficina de vetos, guerras y muchos enemigos. Y  menos en un gobierno tan debilitado que requerirá desesperadamente de lo cultural para encontrar el camino hacia la tan citada paz.

Nota: Esta columna no compromete la dirección de la publicación ni su gerencia. Soy yo el que asume la totalidad de las opiniones, me temo.

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