Juan Carlos Moya

"Deberíamos reconstruir nuestra inocencia", Juan Carlos Moya

El escritor y periodista ecuatoriano Juan Carlos Moya, estará en Bogotá invitado al Festival Visiones de México del Fondo de Cultura. Arcadia habló con él a propósito de su primera novela, Caballos en la niebla.

2014/09/12

Por Lina Vargas

Caballos en la niebla, la primera novela de Juan Carlos Moya, se aleja de la literatura urbana y ubica la historia en el solitario paraje que rodea al nevado del Cotopaxi. En medio de la crudeza del paisaje, el lector asiste al desmoronamiento físico y mental del protagonista, Lucas, un hombre que deja la ciudad para irse a vivir al bosque con su perro como única compañía y las ocasionales visitas de un comerciante árabe.  

Juan Carlos Moya presentará Caballos en la niebla el martes 16 de septiembre a las 4 p.m. en el Centro Cultural Gabriel García Márquez. Lo acompañará el escritor Guido Tamayo.

Usted nació en la provincia de Cotopaxi y la región es, sin duda, fundamental en su novela. ¿Qué significa para usted el páramo del Cotopaxi donde vive Lucas?

En aquel páramo y sus bosques está mi abuela Zoila, su fantasma. A ella le debo haberme educado en la ficción: me contaba, cuando yo era niño, detalles íntimos e inverosímiles de Lucifer y también hablaba con delirio sobre el embrujo de las noches al filo de las cañadas. En aquel páramo y sus bosques están, también, mis paseos errabundos en busca del silencio. Allí, siendo niño, vi por primera vez un tropel desbocado de caballos en la niebla, galopando salvajes hacia el vacío. Esa imagen se repite en mi novela y me persigue como una revelación o un misterio por esclarecer.

Ha dicho que la escritura de la novela le llevó poco menos de tres meses, pero que su génesis guarda relación con recuerdos de infancia y adolescencia. ¿Cuál fue esa idea que lo impulsó a escribir?

Una novela se escribe con los años de vida del autor: su memoria y sus recuerdos. Una novela surge —más que de una idea— de una necesidad impostergable de expresión, de una voz que pasa del susurro al grito. ¿De dónde surge esta novela?: llevo conmigo un bosque y un páramo interior. Sencillamente llegó la hora de despertar a todos los animales.

En Caballos en la niebla Quito aparece como una ciudad genérica, con ciertos rasgos que podría compartir con otras ciudades. El páramo, en cambio, es rico en especificidades. ¿Cómo concibió la ciudad en su novela?

Caballos en la niebla rompe con la tendencia de aquellas historias repetidas en la ciudad. Esta novela se olvida y aleja de la urbe. Y funda su universo narrativo entre el bosque y el páramo (apunta Editorial Planeta como contratapa de mi novela).

Buena parte de la literatura actual se sitúa en un espacio urbano. ¿Le interesa explorar la ciudad como recurso literario?

No me interesa qué pasa con la literatura actual, ni a dónde va. No soy una editorial; soy un escritor. Hago mi faena sin preocuparme por las tendencias, vanguardias, modas, exigencias del mercado o cualquier otra ‘gracia del mundo moderno’. Y antes que las ciudades, me interesan los animales, los páramos, las islas, los sótanos, los bosques, los aislados: sus emociones, su mundo interior, su conciencia. Mi próxima novela trata sobre el amor y cobardía que un hombre y una mujer pueden brindarse. Curiosamente, su pasión crece en un valle seco y tórrido, en el encierro sexual en una casa sin hijos, alejados los dos amantes de la vulgaridad de la ciudad.

 

Caballos en la niebla tiene un tono de suspenso y tensión que va creciendo conforme la historia avanza. ¿Hay quizás algo de novela negra?

Me parece una apreciación muy interesante. Y celebraría —con usted— que mi novela haya heredado algo de esta tradición literaria. Gusto de la novela negra. Me echo en la cama, a menudo y con un Gin, a releer a Raymond Chandler o Benjamin Black. La tensión en Caballos en la niebla la pone el lector. Quienes parecen presentir lo que está por suceder son el Árabe y Apache. De alguna manera —como en la vida misma— se intuye el desastre. Sin embargo, si ha de venir el Apocalipsis, queremos detalles o ser testigos, mirar con nuestros propios ojos la cascada de sangre. Y mientras no llegue ese desenlace, crece el suspenso. 

A lo largo de la novela, Lucas está cada vez más enfermo. ¿Por qué hizo que el dolor fuera una constante en la historia?

La niebla de dolor y angustia que vive Lucas proviene de sus recuerdos. El dolor es maestro de sabiduría, obliga y provoca un viaje interior en busca de la luz o de la muerte. Si la mente sufre, el cuerpo acusa el malestar. Caballos en la niebla es la historia de un guardabosques que quiere quitarse el dolor —y la vida— con un disparo. Por otra parte, el doctor Mankell, uno de los personajes, apunta: «Una enfermedad dibuja la verdadera biografía de cualquier infeliz».

León es un personaje radicalmente malo y aun así decididamente verosímil. ¿Fue difícil construirlo?

Cada personaje de Caballos en la niebla asume un viaje interior, un descenso a sus propios infiernos. El reto como escritor es darles —como usted acertadamente señala— verosimilitud. Quisiera acotar que el doctor Mankell ha seducido decididamente a las mujeres que han comprado la novela. No obstante, quiero rendirle una mención de cariño a Apache, el perro que dicta lecciones de alegría e inocencia al angustiado guardabosques. Estoy convencido que así como queremos recuperar y preservar muchas cosas, deberíamos reconstruir nuestra inocencia.

Durante años se ha dedicado al oficio periodístico en sus distintos formatos. ¿Qué lo llevó a pasar a la ficción?

Todo lo contrario. En mi vida el periodismo vino después. Empecé a escribir mis primeras historias a los 12 años (inspiradas en películas de terror que pasaban en la televisión). Y a los 19, ya escribí mi primer cuento (que el poeta Iván Carvajal lo publicó en la revista País Secreto). A los 20 tenía una novia con la que me fui a vivir, y necesitaba dinero para divertirnos. Así que me hice una pregunta: ¿dónde me pueden pagar efectivo por escribir? Y la respuesta fue simple: ¡en un periódico! Fui aceptado en la página de cultura de diario EL COMERCIO, tras presentar —osadamente— dos cuentos de mi autoría. Los pequeños honorarios que recibía los gastaba comprando libros para mí y helados para ella. Un día gané el premio nacional de periodismo con un conjunto de historias de no ficción (eso que el periodismo llama crónicas).

¿Utilizó algún recurso periodístico en Caballos en la niebla?

Ninguno.

La crítica ha dicho que la novela puede ser entendida como una reflexión sobre la masculinidad. ¿Por qué no hay personajes femeninos? 

Esta apreciación surgió de una periodista (no de la crítica literaria). Cada novela, así como un barco, establece —con autonomía— su tripulación antes de zarpar. Los hombres refugiados en este bosque de lluvias, niebla y dolor, son unos expulsados del paraíso del amor, de la luz, de la vida. Los personajes de Caballos en la niebla extrañan a su manera a una mujer. El Árabe, por ejemplo, cuando recorre los páramos en su motocicleta, se la pasa pensando en Zamira. Y seguramente Lucas —aunque no sea explícito— añora a alguna polaca que amó, pero que las circunstancias le obligaron a decir adiós. Aquí, en esta novela, la ausencia de una mujer, su fantasma, vuelve más inhóspito el bosque.

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