Defensa de la Casa Silva

A finales de mayo Arcadia publicó una carta firmada por cerca de 90 poetas que cuestionaban el presente de la Casa de Poesía Silva. Recibimos una carta de uno de sus visitantes quien la defiende.

2014/06/09

Por Enrique Uribe Botero

Como amante de la buena poesía —sin ser un conocedor o un experto en la materia, simplemente un enamorado más—, soy un frecuente, más no asiduo visitante y usuario de la Casa de  Poesía Silva y en consecuencia empecé con muchísima atención y más grande preocupación a leer el artículo en referencia. Pocas líneas me bastaron para saber que no tenía nada de qué preocuparme, pues la carta, aparte de vagas insinuaciones, no trae ninguna afirmación sustentada.
Frases como:
•    “Las actividades que se llevan a cabo cada vez concitan menos público y también menos poetas.”
•    “La casa, física y espiritualmente, se ha venido a menos…”
•    “Particularmente el último lustro ha sido muy lánguido, sin la dinámica que tuvo…”
•    “Esperamos que no se convierta en una casa en ruinas…”

No se necesita una lectura muy detenida para ver que las líneas citadas no tienen ninguna afirmación precisa, ni nada que se pueda comprobar, excepto la primera frase. Seguro de que los firmantes teniendo, como las deben tener, las cifras comparativas de visitantes de los últimos cinco años, debieron, en honor a una acusación tan seria, haberlas publicado.

No me quiero referir a las frases por mí reproducidas en los puntos dos y cuatro, por no ser más que vaguedades, arrojadas al aire para ser recogidas por alguien que quiera leer lo que definitivamente no dice. Me refiero al punto tres. En cuanto a que “el último lustro ha sido lánguido,”—y soy visitante desde hace décadas—, no veo cómo pudieron definir esta languidez, pues mi experiencia es muy contraria. Siempre que asisto, ya sea de día o de noche, veo la Casa visitada por atentos colegiales ávidos de poesía, y no sabría cómo comparar este interés con el de los colegiales de la década pasada, o el de los niños, pensionados o desempleados que se conectan los audífonos para oír poesía en la fonoteca. No veo que les haya cambiado la expresión en los últimos años. O, tal vez sí. La verdad es que he notado que el archivo fonográfico se ha enriquecido, lo que sin duda hace grato escuchar voces nuevas cada vez. Y  en los eventos nocturnos de los jueves, la Casa está literalmente atiborrada de atentos amantes de la poesía.

En cuanto a las  publicaciones —que no se mencionan en la carta—, lo cual sería un buen y fácil medidor de calidad, no veo sino progresos en cantidad y en calidad de las mismas. Por ejemplo, en lo que a las invitaciones de los jueves se refiere, por lo menos para mí, se han vuelto coleccionables, por su contenido y calidad gráfica. Esto para hablar del más pequeño de los impresos producidos por la Casa de Poesía Silva.

Me queda hablar de los “cerca de noventa poetas” firmantes. Lo primero es que para mí constituyó una muy grata sorpresa saber que en nuestra ciudad contamos con noventa poetas vivos. Fabuloso. Mi lista de viejo lector de poesía escasamente llega a quince en Bogotá, de los cuales la carta no la firman más de cinco. Y, cuando digo poetas, siempre tengo en la mente la famosa frase de José Asunción Silva: “¡Qué ridiculez, llamarme a mí con el mismo nombre con el que los hombres han llamado a Esquilo, a Homero, al Dante a Shakespeare a Shelley!” (Qué pesar que no conoció a Allen Ginsberg). Pero, bueno, en honor a la ignorancia de este modesto aficionado consulté por lo menos cinco de las más recientes antologías de poesía colombiana. La más completa digamos, la publicada en 1997 por Rogelio Echavarría, y en ella solamente figuran menos de la mitad de los firmantes de la carta de ¿denuncia?

Se podrá decir que los más de cincuenta que no están en esta antología nacieron después del año 1973, año en que nació el último de los poetas publicados, y que el abajo firmante jamás ha oído hablar de ninguno de ellos. Probable.

También consulté la más reciente, el “Ajuste de Cuentas” de Harold Alvarado Tenorio, en que no aparecen más de cinco de los firmantes de la carta que nos ocupa en sus casi 700 páginas.
Y lo último y por ello lo más importante es que con el atractivo encabezado: “carta que cerca de 90 poetas colombianos dirigen a la Casa de Poesía Silva”, apresté mis ojos y mis sentidos para leer una obra maestra de la lírica, el vocabulario, la composición y el manejo del idioma que tiene que tener una carta escrita por esta calidad y cantidad de remitentes. Me esperaba una carta histórica al mejor estilo del Yo acuso, de Émile Zola. Qué decepción. Ésta, definitivamente nos la quedaron debiendo.
 

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