I.R.A

Desde el oscuro sótano

Para cualquier roquero colombiano, el Punk Medallo, un movimiento que se creó en la convulsionada Medellín de los años ochenta, es hoy mítico. Mónica Moreno, baterista del grupo de punk I.R.A -que lanza nuevo álbum Puro punk)-, fue una de las protagonistas de esa historia.

2014/05/28

Por Lina Vargas*

Mónica Moreno es la punkera más importante de Colombia. Es la baterista y a veces cantante y compositora de Ira que es, a su vez, la mejor banda de punk del país. O por lo menos la más reconocida. Es difícil encontrar una imagen suya. No hay muchas fotos en Internet y en YouTube los videos la muestran como una serie de fragmentos fugaces: unas medias de encaje negro, una pulsera de taches, una cresta rubia o un tatuaje en el antebrazo. Pero así es el punk, el género más rápido y caótico del rock. Cuando Ira sale de Medellín, la ciudad en la que crecieron sus tres integrantes –Mónica Moreno, David Viola y Duvan Ocampo– a un concierto en Bogotá y Mónica aparece en el escenario, la gente grita su nombre y una especie de júbilo colectivo se extiende por todas partes mientras ella canta con una voz increíblemente potente cosas como “Eso es lo que ustedes se merecen: un tomate bien podrido en la cabeza”. Al parecer, lo mismo pasó cuando Ira tocó en el CBGB, el mítico bar neoyorquino donde según dicen nació el punk, y el público enloqueció. Y lo mismo pasa cada vez que Ira da un concierto en Medellín, donde la banda se fundó hace veintinueve años.

El comienzo

Era la década del ochenta y las cosas no iban bien en Medellín: la industria textil estaba en crisis, el sector financiero en bancarrota y el desempleo alcanzaba la tasa más alta del país. La diferencia entre ricos y pobres era abismal y el narcotráfico tomaba cada vez más fuerza. “La Medellín que habité en los años ochenta, –recuerda Moreno en el libro Punk Medallo, escrito por su esposo David Viola– era completamente violenta y desesperanzadora”.  

Mónica estudiaba en el colegio San José de la Salle, en el barrio Boston. Tenía quince años y un walkman gigantesco donde escuchaba rock de Queen, Iron Maiden y Pink Floyd. Sus gustos, como era de esperarse, eran una excepción. Sus compañeras de colegio bailaban con Joe Arroyo, mientras que la Medellín tradicional seguía con el tango. La casa de la familia Moreno quedaba en el barrio Conquistadores, ubicado en el centro de la ciudad, y era lo suficientemente grande para que allí vivieran nueve hermanos y la madre, Luz Helena Botero, una caldense que tras separase de su esposo cuando Mónica tenía dos meses, no se volvió a casar. La señora Botero jamás cuestionó los gustos roqueros de su hija menor como lo hizo con la mayor cuando ponía discos de la cantante de baladas Carole King. “Ella me lleva veinte años –dice Mónica refiriéndose a su hermana mayor– y le tocó una mamá joven, temerosa y protectora de sus hijos y a mí me tocó una mamá curtida que cuando le decían ‘se le está dañando su niñita’ respondía ‘los dañados serán ustedes’”.

 

 

Por esos días Mónica empezó a salir con Viola, que era su compañero de colegio y  había fundado el grupo de punk Sida en 1985. Entonces conoció el punk. Algo similar les estaba ocurriendo a varios jóvenes que veían en el punk y el metal, los dos géneros que acababan de llegar a Medellín desde Europa y Estados Unidos, la única forma de aguantar lo que estaba pasando. “Había poco trabajo, –dice Mónica– pocas oportunidades de estudio, la calle era muy insegura y había una intensa búsqueda por meter a los jóvenes en ciertos negocios. La opción para mí era estar bien bonita y tener un novio que tuviera carro. Entonces para rechazar eso había que rechazarlo del todo. Había que ser radical. Podía estar pasando lo que fuera y nosotros seguíamos escuchando punk en una esquina con una grabadora”.

Con un origen confuso entre Inglaterra y Estados Unidos, el punk nació como un fenómeno musical, pero también cultural, social y estético. “Un movimiento gestado a mediados de los años setenta en Nueva York y Londres –escribe Viola en Punk Medallo– sobre las espaldas de hijos de la posguerra, amantes de nada, insatisfechos y sin sueños”. A diferencia de otros géneros, es casi una vocación. A nadie le gustan únicamente una o dos canciones de punk. Es una música que se aguanta o no se aguanta y que está hecha para llamar la atención. Sin ser un modelo de excelencia instrumental y compositiva, el punk, con sus voces desafinadas, sus acordes mal tocados y sus mensajes contundentes, surgió como respuesta a un rock inofensivo, virtuoso y alejado de la realidad.

Hay quienes dicen que el punk solo tiene acogida en sociedades en crisis y esa sería la razón para que Medellín hubiera sido la primera ciudad colombiana en haberlo recibido. En los turbulentos años ochenta, Mónica hizo parte de los primeros grupos de jóvenes que se reunían en cualquier sótano a escuchar grupos como New York Dolls, Sex Pistols, The Clash o Ramones. Eran unas doscientas personas que venían de todos los barrios de Medellín: Manrique, Castilla, Caldas, el centro y El Poblado y que intentaban imitar a los punkies que aparecían en las carátulas de discos extranjeros, desde luego, poniendo un toque local. Años después, ese movimiento sería conocido como Punk Medallo.

La estética del no

“Uno sale con el pelo parado o azul y con la correa de taches e inmediatamente esa parte de la sociedad que tiene los ojos cerrados y la boca abierta suspira. Y entonces uno asume una actitud casi de disfrute. Si no te gusto, entonces tómate dos tazas”, dice Moreno. Los primeros punkeros de Medellín adoptaron una estética particular. “Nos poníamos un jean –recuerda Mónica– el más feo que tuviéramos, si se podía lo rompíamos y lo manchábamos, le pegábamos un cierre torcido y una cadena o cualquier cosa”. Usaban botas Grulla, una línea de zapatos para trabajo de fabricación nacional, y compraban chaquetas de segunda en la Minorista, que es la central de abastos de Medellín. En las camisetas pintaban los logos de sus bandas favoritas y a todo le ponían taches que se oxidaban en un segundo. “¿Acaso en una ciudad acostumbrada a ver sombreros, ruanas, carrieles, alpargatas y, por otro lado, corbatas, sotanas y hábitos, parecería normal ver a alguien con el pelo parado, chaqueta de cuero rota y hasta una nueva forma de hablar?”, se pregunta Viola.

Mientras esto ocurría, los punkeros formaban sus propias bandas, intercambiaban casetes, diseñaban carátulas y hacían valer el lema de hazlo tú mismo con todo tipo de autogestión, hasta en la elaboración de los instrumentos. De las guitarras de palo salía un micrófono que se conectaba a una grabadora, las baterías eran tarros de pintura vacíos con radiografías ajustadas con alambre y cinta, los platillos eran tapas de ollas, las baquetas palos de escoba tallados y los micrófonos “jarras plásticas de jugo con un agujero en la parte inferior para que quedara como un megáfono”, escribe Viola.

El Punk Medallo –por cuyos acetatos hoy un coleccionista puede pagar varios cientos de dólares– se caracterizó por dos cosas: un sonido deliberadamente sucio y un baile lleno de fuerza –y para algunos de agresividad– que se llama pogo. Todo esto sustentado en una frase que se convirtió en la bandera del movimiento: el no futuro. “Ese no frente a la desgastada sociedad y sus moralismos encubiertos, ese no a todo lo que tenía que ser con disparos y violencia, ese no a que si no eras un doctor eras un fracasado, ese no a una educación basada en temores y  uniformes, ese no a que te prohíban escuchar punk”, escribe Viola.  

 

Los años recientes

No es muy difícil imaginar cuáles fueron las reacciones de la sociedad antioqueña. Aun hoy, con treinta y siete años, una carrera musical consolidada, una licenciatura en Educación Especial de la Universidad de Antioquia y un posgrado en Administración, Mónica tiene que aguantarse que un celador se pare atrás de ella cuando hace mercado.

Moreno entró a Ira –que ya no se llamaba Sida– en 1989. En su infancia había estudiado algo de música, sabía cantar y tomó cursos de batería. Quienes conocen de cerca a Ira, dicen que Mónica, de alguna manera, profesionalizó a la banda. Se preocupó porque las grabaciones, los ensayos y las giras se hicieran de manera sistemática. “Por el grupo han pasado ocho o nueve bateristas –dice Viola– pero ella es la que mejor golpe tiene porque, además, llegó con toda la pasión”. Ira ha lanzado diez discos, el primero Barkizidio, en 1989 y el último, Firmes, en el 2009. Aunque en los ochenta obtuvo un reconocimiento a nivel local que continuó creciendo en los noventa, fue en el 2003 con el lanzamiento del disco Epidemia de infección respiratoria aguda, cuando pasó a ser una banda de culto internacional. Sus discos tienen mejor calidad, han grabado videoclips y tocaron en el CBGB. También ha habido un sutil cambio en las letras, que en el comienzo eran más críticas y hoy son más personales. “Ya sabemos que el mundo es un descontrol, pero en ese mundo estamos nosotros y tenemos que hacer cosas. En los primeros años acusamos a todos y ahora pensamos que también puede haber una reconciliación”.

Eso, claro, no tiene nada que ver con que Mónica haya perdido su espíritu punk. Ni siquiera ahora que es directora del Festival de Rock Altavoz –que cada año toma más fuerza en Medellín– y profesora de la Facultad de Educación en la Universidad de Antioquia. Por el contrario, para ella la verdadera educación tiene mucho que ver con el punk. Vive en una casita en Santa Helena, un corregimiento a cuarenta minutos de Medellín donde cultiva su propia huerta orgánica. Ensaya con Ira una vez a la semana. No tiene cresta pero sigue usando pantalones de estampados animales, taches y chaquetas de cuero. No duda en decir que sigue siendo la misma punkera que se vestía como los hombres y entraba a un pogo, aun sabiendo que alguien podía estampillarle una bota en la cara.

 

*Periodista de Arcadia.

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