ISIS destruye Patrimonio de la Humanidad en Hatra, Irak.

¿Por qué no valoramos el potencial social y económico de la cultura?

Los recortes al ya insignificante presupuesto para cultura son muy preocupantes. A nivel nacional Mincultura redujo en 2016 14,2 % el presupuesto con respecto al 2015 y en Bogotá, mientras ha sido declarada Ciudad Mundial de la Paz, el sector de la cultura sufrió una dramática reducción del 9% de su presupuesto para 2017. ¿Hay crisis de la cultura en Colombia?

2017/02/07

Por David García*

Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa tuvo que realizar -con sangre, lágrimas y sudor- enormes esfuerzos por reconstruir cada una de sus naciones. Además de la inenarrable tragedia humana, que cobró cerca de 50 millones de vidas, la guerra dejó tras de sí un daño incalculable al patrimonio histórico y artístico, creado y acumulado durante siglos de historia. Museos, catedrales, palacios, cascos históricos debieron ser reedificados o restaurados desde los escombros y las cenizas. También fue necesario reconstruir el patrimonio cultural inmaterial, representado en las tradiciones orales, la música tradicional, la danza, el teatro, rituales, fiestas, etc.

“La cultura es el ejercicio profundo de la identidad” señaló Julio Cortázar. Es precisamente lo que Europa tuvo que recuperar, sus destruidas identidades, sin las cuales quizá no hubiesen podido superar -por lo menos provisionalmente- una violenta historia, tendiente a las guerras. Similar situación vivimos en Colombia durante más de seis décadas y será inevitable dedicar empeño y voluntad política, para continuar construyendo o reconstruir una nación que, por vivir en medio del conflicto armado, ha tenido que postergar necesarias y básicas reformas que, en parte, intentaron realizarse durante el período de la llamada “revolución en marcha” de López Pumarejo.

La superación de la guerra es en lo profundo un cambio cultural. Cabe entonces indagar qué está sucediendo en el país en materia de política cultural ad portas del posacuerdo. Es evidente que aún no se ha comprendido cuán importante y decisivo es invertir en cultura en este momento de nuestra historia, cuando se requiere que la cultura sea elemento de inclusión social y de transformación de aquellos valores que han convertido en hábito la violencia como cultura. En ese sentido, el panorama es realmente desolador. Los presupuestos proyectados a nivel nacional muestran una involución. Los recortes al ya insignificante presupuesto para cultura son muy preocupantes. A nivel nacional Mincultura redujo en 2016 14,2 % el presupuesto con respecto al 2015 y en Bogotá, mientras ha sido declarada Ciudad Mundial de la Paz, el sector de la cultura sufrió una dramática reducción del 9% de su presupuesto para 2017. Todo esto sucede en tanto -como revista Semana mostró en su informe ¿Hay crisis de la cultura en Colombia?- el Ministerio de Defensa gasta en cuatro días la misma cantidad de presupuesto que cultura recibe para todo un año. ¿Qué hace posible que el presupuesto de defensa sea indiscutible, a no ser para incrementarlo, mientras que el de cultura sea fácilmente manipulable sin que esto genere una reacción colectiva de rechazo? Y ¿qué lleva a pensar que invertir más en presupuesto para la fuerza pública sea más eficaz para lograr la paz que invertir en cultura o en educación?

Paralelamente, se ha abierto una importante discusión en Arcadia sobre el sector cultural y en el Congreso de la República se encuentra en trámite un proyecto sobre la industria cultural -llamada también economía naranja-. El término tiene su historia en el siglo XX. En los años 40, los filósofos alemanes Adorno y Horkheimer escribieron su ensayo "La industria cultural. Iluminismo como mistificación de masas", criticando los medios de comunicación y su rol en la utilización del entretenimiento como una forma de prolongar la enajenación del ser humano: “El espectador no debe trabajar con su propia cabeza, toda conexión lógica que requiera esfuerzo intelectual es cuidadosamente evitada." Años más tarde, Adorno añadió: “Toda la praxis de la industria cultural acentúa de las creaciones del espíritu exclusivamente la motivación del puro lucro”. Posteriormente, a finales de la década de los noventa, el concepto hizo carrera en el Reino Unido bajo la denominación de industria creativa, precisamente haciendo énfasis en su capacidad económica estructural. Efectivamente, la economía cultural es considerada por muchos como una industria independiente, bastante rentable, a tal punto que en el Reino Unido fue creado el ministerio de las industrias creativas. Personalmente, prefiero la denominación en alemán, ‘Economía de la cultura’, ya que no entiende la actividad cultural únicamente desde sus posibilidades de rentabilidad, sino que hace referencia a una compleja actividad creativa donde hay grandes ganancias, pero también busca mantener la independencia de la cultura como contenido y sentido transformador social, allende su función de entretenimiento.

Más allá de esta discusión, la economía de la cultura se ocupa de la producción, distribución y consumo de todos los bienes y servicios culturales. Cada vez más en el mundo la economía de la cultura es más valorada como un sector capaz de dinamizar la economía, generar lucro, crear empleos, etc. Algunos consideran -según el método econométrico que se utilice- que este sector aporta cerca del 6% del producto interno bruto mundial y que en Colombia corresponde a casi el 3%. De tal suerte que para todo el sector de cultura resulta de gran importancia que este asunto se discuta, regule y estimule, con el fin de dar un mayor apoyo a un sector que tanto aporta a la economía del país y que puede significar el cambio cultural necesario para conquistar la paz. La verdadera construcción de la paz en Colombia inicia ahora y requiere de ingentes esfuerzos en inversión económica y creatividad en las políticas culturales.

*Ph.D. y Magíster en Filosofía e historia por la Universidad de Viena y Gestor Cultural

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