Gómez nació en Miraflores, Boyacá, en 1932.

Eduardo Gómez: el viajero constante entre el saber y la sensibilidad

Ensayista, maestro, humanista. El viaje literario de Eduardo Gómez ha sido largo, amplio, consistente y está signado por una fina sensibilidad. Ahora que cumple 43 como docente en la Universidad de los Andes, el Departamento de Humanidades y Literatura lo celebra con un conversatorio sobre su vida y obra el 31 de agosto a las 4 de la tarde.

2016/08/31

Por Adolfo Caicedo*

Un homenaje a Eduardo Gómez representa un reconocimiento al maestro, al ensayista, al novelista, al humanista, al pensador social y al emprendedor cultural, y quien en todas sus actividades intelectuales ha sido responsablemente crítico, lúcido creador, buen oyente y tolerante interlocutor, rasgos extraños en nuestro medio cultural. He sido ante todo su lector fiel de Eduardo desde hace mucho tiempo. Su viaje literario ha sido largo, amplio, consistente y está signado por una fina sensibilidad y un profundo conocimiento en que convergen lo dionisiaco y lo apolíneo. Su obra se inscribe de manera singular en la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI por su valioso aporte poético, pues ha renovado la poesía, la crítica literaria y recientemente la narrativa a través de su  novela  La búsqueda insaciable (2013), obra de amplio aliento poético que viene a llenar un vacío en las letras del país, reacio a la novela de aprendizaje o formación.

Eduardo emprendió oportunamente diversas empresas culturales de gran envergadura,  tanto desde Colcultura, como desde, por ejemplo, dos  revistas importantes publicadas por la Universidad de los Andes: Razón y Fábula y Texto y Contexto, con evidente aporte a temas relevantes del pensamiento humanístico, artístico, cultural y social en Colombia. Frente al panorama cultural colombiano cerrado, al sordo poder reinante y al medio hostil caracterizados  por el filisteísmo, Eduardo Gómez ha proyectado su voz clara y penetrante no sólo con espíritu contestatario y con una obra literaria y de difusión sólidas.

He sido conocedor las bondades de su magisterio, sobre todo en la Universidad de los Andes, como colega consagrado a la integración entre nosotros de la literatura europea con nuevas visiones, a través de cátedras sobre el teatro clásico griego, la poesía alemana, y diversos seminarios acerca de Goethe, Hölderlin, Thomas Mann, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Proust, Kafka, Sartre, García Lorca, autores con los que establece un diálogo enriquecedor. Con Eduardo, se aprende que muchas veces un mejor conocimiento de nuestra cultura e imaginarios, se comprenden e manera más efectiva con el diálogo que nos aportan los aparentemente “extraños” autores europeos.

He sido lector de su poesía y de su ensayos críticos que revelan unidad, coherencia, continuidad, rigor intelectual y una fina sensibilidad cultivada. En su poesía, ensayos y prosa narrativa, Eduardo asume temas pertinentes, tonos profundos, preocupaciones válidas, preguntas, sentencias y perplejidades revitalizadoras que permiten comprender el laberinto del ser y la palabra sugerente de un texto. En su obra hay temas, imágenes,  deseos, angustias y asombros que recurrentes que no se  repiten, pues resurgen con una nueva vuelta de tuerca, producto de indagar otro matiz del revés dramático de la voz que se expresa.

Desde Restauración de la palabra (1969), pasando por El continente de los muertos (1975), Movimientos sinfónicos (1980), Poesía 1969-1985, El viajero innumerable (1980)  Historia baladesca de un poeta (1989), Las claves secretas (1998), Faro de luna y sol (2002), hasta La noche casi aurora (2012),  su poesía nos revela la figura de un viajero cargado al mismo tiempo de una voz lírica y una voz épica que acoge las tribulaciones y asombros del hombre contemporáneo. En su viaje poético encontramos un sistema solidario de símbolos que se destacan: la noche, incitadora de las pulsiones más íntimas y al mismo tiempo escenario de angustias y destellos de revelación doliente;  la ciudad, con su vértigo y sus espacios que forjan islas de ironía y pasión; el tiempo en su decurso inalienable; el deseo atenazado entre las pulsiones de Eros y Tánatos;  el mundo de la infancia en relación con un tiempo vivido en el ámbito doméstico y reinsertado en la esfera del mito; la solidaridad  que clama por el otro, sea un ser marginal o amado; la muerte acechante con sus aleteos para el renacimiento de entrever el deseo de una alta existencia. Su voz padece enigmas, entrevé caminos para el conocimiento de sí mismo, ironiza sobre el poder político del hombre, navega entre las aguas de lo consciente e inconsciente, degusta la lucidez de un día en una ciudad devoradora o imágenes de lo íntimo sexuado. Y frente al caos reinante en el mundo circundante se aviene la sosegada meditación aforística del poeta que entrevé su liberación de fuerzas acechantes.

Sin duda, desde el título de su primer libro de poemas, Eduardo anticipa y condensa a cabalidad su actitud poética:  Restauración de la palabra, expresión que preludia el modo como ha  forjado su recorrido literario. Si “restaurar” es uno de los faros de su obra literaria poética, en ella se cumple a plenitud el sentido de renovar la palabra, de re-integrarla, pues su palabra le quita la herrumbre a la palabra censurada, silenciada, vilipendiada, a su circulación como mercancía en el ámbito cotidiano de una sociedad patriarcal cerrada, y a una visión anquilosada de la vida en la que impera el “adulto adocenado”. Su voz no es confesional, inmediatista, repentista. Aquello que me seduce en la lectura de sus poemas es el grato hallazgo que parte del sujeto y su mundo alrededor como un microcosmos y que expresa simultáneamente un macrocosmos con marcas de universalidad.

Cuando leo la poesía de Eduardo Gómez me siento inmerso simultáneamente en un mundo de acción y la pasión, rodeado por un pensamiento lúcido y de trascendentales tribulaciones interiores; su yo es plural. Por eso, en su poema “Monólogo del irreductible”, se presenta como “un vivo desajuste”: “soy maestro de sabios y discípulo de inocentes/ abnegado amante y narciso, poeta y hombre práctico,/ satánico, espiritual y oficiante de lo siniestro” (Faro de luna y sol). Del ímpetu inicial acompañado de  ironía que muestra en Historia baladesca de un poeta, transitamos luego su poesía de tono más sosegado como en Las Claves Secretas y en Faro de luna y sol en que el poeta-viajero, ya de regreso de su periplo hecho de carne y espíritu, se reconcilia con el mundo sin hacer concesiones a sus necesarias indagaciones y perplejidades: “Reconcíliate caminante con la ruta que resultó al andar”. Se trata de una poesía en la que hay crítica y aprobación, herencias nietzscheanas de Así habló Zaratustra.

A la par de la conciencia de que “Comenzamos a morir con la primera mezquindad/ cuando el cultivo del yo congela una sonrisa”, se da una poesía afirmativa que nos recuerda  que cuando están prácticamente prohibidas las palabras “paraíso, emoción, rosa, amor, corazón”, el trabajo del artista consiste en encontrar el sentido oculto, primario, de esas realidades para nombrase a sí mismo y a su semejante.    

Siempre me ha llamado la atención su constancia poética. “Constancia” en la doble acepción del término, es decir, como testimonio fehaciente de un poeta riguroso, que conjuga lo individual y lo colectivo a la vez,  y como creador que se inscribe en el tiempo como continuidad, tesón permanente del ánimo en su lucha contra el ángel y el demonio que lo acechan.

Si su escritura poética es lúcida y sensible, no lo es menos su crítica interpretativa (ensayos) en la que indaga la coexistencia de vida y obra poética de algunos de sus autores preferidos, todos ellos representativos de Occidente y de Colombia. Los ha visitado y revisitado con admiración, si que lo obnubilen o lo lleven a panegíricos ligeros, pues su mira es arrojar luces y buscar comprender las contradicciones o altibajos estéticos presentes en una obra.

Cuando leo “Relación entre Vida y Poesía en José Asunción Silva”, asisto al desentrañamiento de los modos poéticos de asumir el conflicto en un ámbito hostil mediante el humor y la ironía, los recodos del amor sublimado o la búsqueda del poeta a quien “más que la riqueza enervante o los ideales etéreos, (le) faltó (,,,) ese “terrenal alimento” del amor efectivo que hace remover montañas y arriesgarlo todo”. A través de “León de Greiff: el lírico contra la lírica tradicional”, disfruto de la manera como desde una intrincada mezcla de ambiente ultracatólico y sombrío atraso semifeudal, se puede producir una obra poética de intransigencia existencial con el filisteísmo y la vulgaridad, por parte de este poeta neo-barroco, “burlesco, nihilista” y musical versus la sordidez del mundo circundante y heredado”. Si me adentro en “Barba Jacob: el viajero que nunca llega” recorro el periplo de una personalidad escindida con las paradojas de la moral idealista, con el peso de una significativa su heteronimia, con el poeta que asume el viaje trascendente y aquel que asume su homosexualidad sin narcisismo y de modo autocrítico. Este auténtico viajero que busca continua y osadamente, el que reconoce el filo del abismo y las estrellas del otro lado, posee una condición radical que en palabra de Eduardo Gómez, “lo consagran como un eximio representante de algunas de las inquietudes más características del hombre moderno”.

Cuando he releído su texto “Sobre la función estética y social de la poesía”, especie de Ars poética de Eduardo Gómez, la escritura está concebida como “una muerte progresiva en el sentido de legado, de patrimonio social, cuyos efectos salen de nuestro control y (…) por eso se fija en signos indelebles”. Frente al “empobrecimiento del radio de acción de la poesía”, Eduardo  no solo analiza los factores sociales y sus polarizaciones extremistas que fomentan  la marginalidad  y el escaso radio de acción de la lírica, a raíz no precisamente de lo obsoleto o falta de vigencia de la poesía lírica, sino debido a la confluencia de escritores improvisados, al peso de “la fetichización del dinero y el poder con su carga inquisitorial implícita contra toda toma de conciencia y contra las formas de cultura más auténticas y eficaces” y a la  influencia manipuladora de los medios de comunicación comercializados, las editoriales (que sacrifican la calidad a la ganancia) la formación académica aislada, libresca y pedante, que han propiciado una insensibilidad colectiva alarmante respecto a lo histórico-social, a la que no escapa el medio artístico, sobre todo en las últimas generaciones.” Recuerdo con frecuencia que la sensibilidad poética para Eduardo es sinónimo de sensibilidad cultivada y precisamente la función social de la poesía es enriquecer dicha sensibilidad; en ella está contenida una capacidad renovadora y transformadora.  

He disfrutado la lectura de su texto “La poesía en la novela de Proust” y su lectura de En busca del tiempo perdido, en la que nos recuerda los modos de operar de la memoria involuntaria y sus complejas asociaciones. Eduardo rescata la nueva concepción de la razón que otorga Proust “en la que la sensibilidad (y el contexto inconsciente en el que ésta se fundamenta) son esenciales para la capacidad cognoscitiva de aquella”. La novela del escritor francés, que indaga el entorno del protagonista y se indaga  a sí mismo buscando “las claves secretas que le darán acceso al mundo re-creado y auténtico de la palabra que sabe nombrar y que sabe interpretar y comprender los sucesos que se transforman, vertiginosos y desconcertantes, en el tiempo”. “La poesía, el amor y el descontento en La montaña mágica”, me llevó a reformular el motivo del viaje de Hans Castorp como transformación, pero ante todo cómo Thomas Mann logra poner en tela de juicio las falsas oposiciones entre montaña/llanura, mágico/prosaico, contemplación/deber, ocio/trabajo alienado, escapismo/brutalidad, Fascismo/liberalismo, amor imposible/matrimonio convencional, dentro de las principales dicotomías con las que se han leído la novela.

“Sobre algunos aspectos de la novela moderna”, además de considerar los componentes autobiográficos, biográficos e históricos de la narrativa moderna, nos recuerda que el conocimiento como el arte adquiere vías diferentes de formas conceptuales (por ejemplo, la filosofía), a través de la imagen artística; dicha imagen busca interpretar la realidad mediante la sensibilidad cultivada captándola en su ambigüedad contradictoria y totalizante pero esencial, verosímil pero imaginada, hasta lograr una re-recreación de lo vivido singularmente significativa”.  

Werther: obra maestra del Romanticismo clásico alemán”, me evoca la riqueza de esta obra pionera de la novela de formación y por qué amerita verse como iniciadora de la novela moderna, en que el personaje, ese “héroe de nuestro tiempo” que es Werther se “debate en “un mundo sin Dios” (Lukács), y expresa los conflictos de la juventud burguesa más sensible y capaz. Eduardo muestra el parentesco de la obra con las ideas de Rousseau y expone las consideraciones sobre el arte (pintura y poesía), la naturaleza, pulsiones, obsesiones, instintos y deseos del protagonista y las determinaciones externas de cortesanos y burgueses que son objeto de su crítica.  Como nos recuerda Eduardo, Werther “compara la libertad de la creación artística con la libertad en el amor, y con sorna, da un ejemplo, en el que un hombre práctico aconseja a un joven enamorado economizar su tiempo y planificar sus gastos y regalos en una relación amorosa; pero concluye que esta concepción utilitaria hace imposible una relación amorosa y una obra de arte. Sus conclusiones al respecto son bastante pesimistas puesto que vive en una época (y esto sigue siendo muy actual) en la que el mundo está regido por el filisteísmo, con su actitud defensiva ante lo que considera “libertinaje” del artista y del enamorado”.

A la par de los autores canónicos de la literatura europea, Eduardo ha mostrado una penetrante asimilación de Marx, Freud y Nietzsche. En su momento dialogó críticamente con los postulados de George Lukács, Sartre y Mijaíl Bajtín, a quien leyó junto con Estanislao Zuleta mucho antes de que sus estudios entraran en los estudios académicos de nuestro medio. Sin embargo, al lado de grandes pensadores, Eduardo ha ejercido el diálogo con las ideas procedentes de los propios poetas (Baudelaire, Rimbaud, Holderlin,), novelistas (Kafka, Mann, Hermann Hesse) y dramaturgos (Brecht).

En la obra de Eduardo el espíritu de conocimiento como un saber transformador corre paralelo a una sensibilidad cultivada en el sentido de Goethe, de la “genialidad de cada cual”.  En él apreciamos un equilibrio entre creación y reflexión, que solo privilegia la amplia y rigurosa cultura, la agudeza de juicio, el rigor, la concisión, la madurez y la serenidad, firmes criterios de su poetizar. Su escritura ensayística sobre autores del canon obedece al principio de ejercitar un “Arte para artistas” que pedía Nietzsche, es decir, un arte para la posteridad. Su escritura poética es afín a la imagen del viajero que nunca llega y convoca la imagen de T. S. Eliot según la cual importa el viaje y no el arribo o destino; importa el viaje con sus asombros, preguntas, afirmaciones, deseos y búsquedas. Su labor crítica y creadora son consecuentes con las figuras recordadas relativas a “De las tres transformaciones del espíritu” (Así hablaba Zaratustra) de Nietzsche, pues se trata de un autor que lee y escribe sobre todo aquello que es digno de ser leído con la paciencia y la laboriosidad propia del camello, con la crítica y rebeldía  que caracterizan al león y con el signo de libertad creadora del artista representada en la imagen del niño que “es capaz de un nuevo comienzo”. El equilibrio entre estas tres figuras y no la polarización en una de ellas es la perspectiva que se le brinda a quien se acerque a la obra de Eduardo.

Coda necesaria o un paréntesis narcisista o por qué soy lector fiel de Eduardo.

El párrafo anterior que contiene una breve alusión a “De las tres transformaciones del espíritu” (Así hablaba Zaratustra) de Nietzsche, lo escribí hace cuatro meses, antes de ser invitado a este acto de merecido homenaje a Eduardo y a raíz de un prólogo que me solicitaron escribir en Uniandes a propósito de un conjunto de ensayos de Eduardo, y lo escribí antes de leer la novela de Eduardo, La búsqueda insaciable.  El prólogo de hace cuatro décadas y la reciente novela han incidido con afecto en mi “reconstrucción de lo más perdurable del pasado” y que hace parte de gratas valoraciones.  

Ahora sin ánimo de parecer premonitorio o de  atribuirlo a algún misterioso azar aclaro las no coincidencias de mi diálogo iniciado hace varias décadas (cuatro) con Eduardo. Hace cerca de 40 años, cuando terminaba mis estudios de literatura en pregrado, asistí a un ciclo de conferencias sobre La montaña mágica de Thomas Mann, dictadas por Estanislao Zuleta en Cali. Falté a cinco sesiones debido a mis compromisos inevitables con la rumba y con tareas propias de la militancia en la célula estudiantil trostskista. Había quedado con un vacío, y por supuesto con culpa. La situación se suplió afortunadamente año y medio después, cuando salió el librode Zuleta, Thomas Mann, La montaña mágica y la llanura prosaica publicado por Colcultura (1977) con prólogo de Eduardo Gómez. Mi ejemplar, que aún conservo, está saturado de notas como corresponde a un estudiante de 22 años. Pero no tanto de las conferencias, sino del prólogo (fechas, subrayados, signos de exclamación, interrogación corchetes, paréntesis, etc.). Esas notas pertenecen para mí a la glosa, un género menor de diálogo pero que considero diálogo franco con un autor ausente.

Por dicho prólogo aprendí que Langsam aber sicher significa en español “Despacio pero seguro”. Aprendí que a los maestros se les podía cuestionar, rectificar, complementar. Eduardo incitó a afianzar el complejo de Prometeo que en palabras de Bachelard significaba querer saber tanto como nuestros padres, más que nuestros padres, tanto como nuestros maestros, más que ellos; en suma, el complejo de Edipo en la vida intelectual. Con el prólogo entendí que debía ser crítico, sin ser ortodoxo; que es necesario confrontar los conceptos en pensadores que incluso no son afines a nosotros, que es necesario ejercer la crítica social y política independientemente de partidos, grupos, sectas o capillas partidistas.

Para mí y para mis compañeros de estudio de entonces, el prólogo de Eduardo venía como anillo al dedo, pues la Santísima Trinidad en nuestra carrera de literatura eran Marx, Freud y Nietzsche y todo los demás después (Dostoievski, Vallejo, etc) De modo que saqueamos (Oh, democracia del saber) ese prólogo pequeño pero sustancioso y motivador texto que realmente representó más bien un reto para desvelos de estudio.

Años más tarde durante mi estancia en México, mi primera colaboración fue sobre Dostoievski en la revista Gaceta del Fondo de Cultura Económica, gracias a incidencia indirecta de las tertulia de Zuleta y Eduardo. En mis estudios de maestría cumplí a cabalidad con la parte mexicana y latinoamericana y, empecé mi homenaje a Eduardo Gómez y Estanislao Zuleta. A Eduardo no lo conocía personalmente, pero si era amigo de mi maestro, era mi maestro. Sencillo. ¿Cuáles son los hilos invisibles de esta influencia de mis maestros Eduardo y Estanislao? Precisamente y en primer lugar cuando decidí hacer mi tesis de doctorado sobre teatro, género del que había sido un malogrado aprendiz de acto en obras de Oswaldo Dragún en el pregrado como correspondía. No fui actor ni crítico dramático ni nada parecido, por fortuna tengo amigos(as) que sí saben del género dramático; Ricardo Camacho, Amalia Iriarte, Jorge Plata, etc.  Mi mamotreto o tesis de grado doctoral se titula El mito de Ifigenia y sus fuentes en la dramaturgia universal y mi cómplice (mi director) fue el guatemalteco Carlos Solórzano, a quien todavía admiro, pues me dijo: mira Adolfo, que Alfonso Reyes y su Ifigenia cruel tan antiteatral sea un pretexto, dedícate a lo que veo que quieres hacer. Entonces hice mi viaje anhelado; de la antigüedad al siglo XX: Eurípides, Racine, Goethe, Alfonso Reyes. Y dí rienda suelta a mi ignorancia.  Soporté de antemano los problemas de las lenguas, ni griego ni alemán. En cambio, defendí el canon, la tradición y la libertad, signos que me marcaron por obra de mis mayores. Recordé el concepto de catarsis del famoso prólogo de Eduardo, procedente de la poética de Aristóteles, repensado por Jakob Bernays y reelaborado por Freud; los conceptos de metáfora y metonimia en relación con los procesos psicoanalíticos de condensación y desplazamiento del Psicoanálisis en Proust. Además, las relaciones entre marxismo y psicoanálisis. En suma, Eduardo y Estanislao Zuleta me metieron en un berenjenal, yo no tenía tiempo ni aliento de ir a leer En busca del tiempo perdido para ver cómo operaban allí tales conceptos y metodologías. Hubiera sido haber ido literalmente en busca del tiempo perdido. Recordaba muchos elementos del prólogo, no tenía el libro a la mano, la memoria en ese entonces era de lujo, repetíamos de memoria mucho, mucho, Se quedó, como la que recuperé hace poco leyendo la novela de Eduardo precisamente que todo ser letrado de mi generación debía saber de memoria:

“Yo de la noche vengo y a la noche me doy,/ soy hijo de la noche tenebrosa o lunática

Tan solo estoy alegre cuando a solas estoy/,y entre la noche, misteriosa, tímida o enigmática.

Tranquilo y sonriente por las callejas voy, /indiferente a toda la turna mesocrática

Y sin odios tan bueno como me siento soy,/ y sin embargo, el odio por la dueña Gramática?

Pero la noche sabe borrar esos rencores,/ La noche , Dulce Ofelia despetalando flores.

La noche, Lady Macbeth, azarosa asesina,/ Que es la noche resumen de humana y de divina

proteidad y es urna de todos los olores…/ ¿Cuándo vendrá la noche que jamás se termina?

“Con solo un poema así ya se pasa a la historia de la literatura”, piensa un personaje de la novela. Me dio mucha alegría leer la frase ahora en la novela de Eduardo, creo que un amigo mío también la dijo en ese entonces.

Ahora que he releído el prólogo y he leído la novela de Eduardo entiendo que no hay ningún feliz hallazgo o coincidencia en que muchas de las premisas que están presentes en su novela La búsqueda insaciable, toque al hombro a varias generaciones en Colombia y sirvan de diálogo con Eduardo, el colega que fue mi maestro hace mucho tiempo. A propósito, será lícito intuir que el personaje Baldo comparte rasgos intelectuales cercanos con Estanislao Zuleta. Es lícito inferirlo. Pero ante todo debo decir que las lecturas de la Tertulia del Thalía en la Bogotá de la novela de Eduardo, sobre política, economía y arte incidieron marcadamente en nuestra generación. Eduardo, ustedes fueron grandes lectores de Dostoievski, Tolstoi, Kafka, Mann, Sartre, Mussil, Neruda,Vallejo, etc, y fueron lectores críticos de la historia de Colombia, ese legado no quedó en el vacío.  Quizá lo único que la generación tuya y mis compañeros no compartimos plenamente fue la música. Yo era un rumbero que amaba la Sonora Matancera e iba de vez en cuando a escuchar Stravinsky, Brahms, Beethoveen y demás en la Scala Titta Ruffo de Cali donde Jorge Zalamea, León de Greif, Jaime Galarza, Fernando Cruz Kronfly y Estanislao Zuleta, eran algunos de los clientes fijos, conocedores deslumbrantes y quienes infructuosamente buscaban educarnos musicalmente. Celia Cruz y Daniel Santos eran nuestras voces protectoras.

Con lo expresado, quiero decir que fui, pues, a mi modo, un discípulo de Eduardo, desde la distancia, la que hay entre el altiplano y el Valle. Lo dicho basta para indicar cómo Eduardo ejerció el magisterio sin aula para muchos de mi generación. Gracias, Eduardo. Por ti sé que “Hay que saber ser discípulo para llegar a ser maestro. Yo llegué a ser tu discípulo y maestro sólo en términos reales de vocación de enseñar a la luz de preguntas y asombros que considero vigentes.

*Profesor del Departamento de Humanidades y Literatura de la Universidad de Los Andes y uno de los encargados del evento.

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