Alberto Salcedo Ramos y Juan José Hoyos, dos de los principales cronistas del país

El arte de contar historias

Alberto Salcedo Ramos y Juan José Hoyos, dos de los principales cronistas del país, hablaron en la Fiesta del Libro de Medellín sobre sus inicios literarios, el ejercicio del periodismo y algunos de sus textos preferidos.

2014/09/15

Por Christopher Tibble

Salcedo y Hoyos tienen mucho en común. Ambos han ganados varios premios por sus crónicas de largo aliento y desde pequeños han amado las historias. Pero sobretodo coinciden en un aspecto fundamental: que el periodista debe ser, ante todo, un observador. Y en esa medida, debe ser capaz de callar –para escuchar al otro- y tener paciencia, el primer requisito para contar una historia matizada, que evoluciona, se enreda y está colmada de detalles. En otras palabras, una crónica.

 “Aprendí a leer con los oídos”, aseguró Salcedo en la charla mediada por Luz María Montoya. Su infancia transcurrió en un pequeño pueblo cerca de Barranquilla, donde no había librerías ni libros. Telenovelas venezolanas, narraciones radiales sobre Kid Pambelé y las historias que le contaban los campesinos conformaron su educación literaria. Su timidez –característica que, según Hoyos, comparten todos los buenos escritores– le impedía bailar con niñas en las fiestas o desenvolverse con naturalidad en los deportes. Así que recurrió al arte de narrar para acercarse a la gente. Contaba historias en el parque del pueblo o ponía a otros niños a actuar. “En la costa todo el mundo habla mucho y diría que nos llevamos el premio de ser los más chismosos. Porque en la costa hay tantos virtuosos del chisme que se chismosea en tiempo futuro. Allá te dicen: esa niña va a quedar embarazada”.

 Hoyos, oriundo de Antioquia, creció enamorado de la voz de su padre y las historias de su abuelo, un hombre que recorría a burro los montes del oriente antioqueño. “Un buen lector siempre termina escribiendo, no para publicar, sino por el placer de hacerlo”, dijo en la charla. Aficionado a la literatura desde niño, gracias a las recomendaciones de su padre decidió que no quería una vida sin escritura. Así que en el Bachillerato empezó a hacer crónicas deportivas. La primera fue sobre el jugador de fútbol Gilberto Osorio, uno de sus ídolos. Temeroso, lo buscó en un café y para su sorpresa este le concedió la entrevista. Cuando público el relato en el periódico de su escuela, sus compañeros de clase creyeron que se la había inventado.

 En la charla Hoyos habló, para el deleite del público, de “la guevonada del escritor”. El autor definió a las personas que escriben como seres sensibles, observadores e incluso temerosos. Como individuos que lo sienten todo, en especial el dolor ajeno. Para él, solo aquellos que son capaces de relacionarse con la tragedia de los demás pueden hacer una crónica. Salcedo opinó lo mismo y además valoró la importancia del ego, que no es lo mismo que la vanidad o la egolatría. “La gente ve al ego como algo malo, como ruindad. Pero hay que tener ambición. Cuando un estudiante me dice que está escribiendo una novelita de inmediato pienso que no le va a llegar lejos. No creo que Dostoievski o García Márquez hablaran de hacer novelitas”, aseguró.

 De jóvenes, tanto Ramos como Hoyos trabajaron en medios impresos haciendo reportajes de todo tipo, desde judiciales hasta económicos. Ramos, por ejemplo, aseguró que al comienzo podía hacer una nota sobre cualquier cosa, se sentía “como un cazador en medio de la selva, disparando a cualquier cosa que se moviera”. Pero hoy solo hace los temas que lo impactan de forma profunda, que no le dejan dormir. Un derecho, dice, que se ganó. Pero también resaltó que se puede encontrar una gran historia en cualquier lugar. Como ejempló, habló de una vez que, a los 22 años, tuvo que entrevistar a una reina de belleza. Al comienzo no quería, pero un episodio que vivió cuando almorzó con ella le hizo cambiar de parecer. Durante la comida, le sirvieron un sancocho lleno de grasa, mientras que la reina se comió un plato insípido de verduras. “Ella miraba mi plato con interés, yo miraba el de ella con desdén”. Fue entonces que encontró un ángulo para su crónica: la belleza es una prisión. “Ella estaba en una prisión porque era bonita. Yo soy feo, así que era libre”, dijo.

 “Alberto siempre dice que todo envejece rápido, menos las buenas historias”, afirmó Hoyos, quien también aseguró que en el periodismo narrativo cada tema es único y que el tiempo de escritura varía. Contó que una vez hizo una nota sobre un río que se había desbordado y se llevó a cien personas. Cuando llegó al lugar de los hechos, solo encontró los cuadernos mojados de los niños. Esa escena lo sacudió y esa noche redactó todo el informe. En otros casos, como cuando hizo su famosa crónica El Oro y la Sangre, tardó meses escribiéndola. “Hay que entender que el tiempo de vivir una historia es distinto al tiempo de escribirla. Hay muchas clases de urgencia”, afirmó.

 Ramos, por su lado, relató que se demoró un año en crear el perfil del cabo William Pérez, el soldado que fue rescatado en la operación Jaque y que durante su secuestro fue el médico tanto de la guerrilla como de Ingrid Betancourt. “Cuando sale de atrás ese hombre desgreñado y esquelético en el aeropuerto militar de CATAM, sentí una necesidad profunda de contar su historia. Pero no de inmediato. Así que lo busqué un año después. Las primeras veces que me reuní con él no le hice preguntas”, cuenta. Ramos resaltó que hoy en día hay una obsesión con hacer preguntas en el periodismo. Esa manía, la del entrecomillado, no permite que el entrevistador realmente oiga al entrevistado. Además piensa que una buena crónica por lo general necesita de humildad y de tiempo para que el sujeto evolucione y se muestre con todos sus detalles, como la forma en que respira y se viste.

 La charla, una de las mejores de la fiesta por el humor y la buena relación entre los cronistas, culminó con un detalle extraordinario, ya cuando varia gente salía del auditorio y el público hacía preguntas. Una señora de 80 años se paró frente al micrófono y le dijo a Hoyos que uno de los mayores placeres de su vida había sido poder conocerlo. Enseguida le pidió dos cosas: un abrazo y una foto. El antioqueño, conmovido, accedió y, tras recibir el aplauso del público, dijo con emoción: “Se dice que el periodismo es un oficio mal pago. Pero la verdad es que a uno le pagan con monedas mucho más valiosas que el oro. Monedas como usted, señora”. 

 

 

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