Hugo Zapata en la Galería Sextante. Foto: Daniel Reina Romero.

Hugo Zapata habla con las piedras

Dos exposiciones del artista quindiano recogen elementos místicos de su relación con la tierra y lo milenario. Zapata le explica a Arcadia por qué las rocas están vivas y qué historias tienen para contar.

2016/04/15

Por César Rojas Ángel

Los biólogos dicen que no. Que las piedras no tienen vida porque no se nutren, no respiran ni se reproducen. No nacen, en el sentido estricto del término, y no se mueren porque sería ilógico darle un final a lo que no tuvo un comienzo.

Pero Hugo Zapata es el primero en oponerse a una afirmación tan contundente. “Yo pienso que están vivas. Además crecen. Cuando están oxidadas se van oxidando más y van creciendo y van creciendo, en millones de años. Pero ellas están vivas, totalmente. Usted deja una piedra de esas al sol y se va volviendo un poco naranja, va cambiando”, explica el artista nacido en La Tebaida, Quindío, hace 71 años. 

Estuvo en Bogotá por tres días y vino a abrir dos exposiciones en compañía del antioqueño Luis Fernando Peláez. Una en la Galería Sextante, que inauguró el miércoles 13 de abril, y otra en el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, abierta al público al día siguiente. El artista quindiano habló con Arcadia sobre estas colecciones, su trayectoria y la forma como siente este momento del arte en Colombia.

Estas muestras de Zapata tienen algo de retrospectivo pero también ofrecen una nueva mirada acerca de la experimentación del artista. Esa que lo ha llevado a transitar por la serigrafía, la primera técnica con la que se dio a conocer en las bienales de Coltejer entre 1968 y el 72; el trabajo con limo, bronce y hierro, cuando acababa de fundar la facultad de Artes de la Universidad Nacional en Medellín; o la intervención de las piedras en todas las magnitudes posibles, como las obras a gran escala: Ágora de la Universidad Eafit, los Pórticos antes de llegar al Aeropuerto José María Córdova, Poniente en la Central de Efectivo de Bogotá o las cordilleras en la Milla de Oro en Medellín, que terminó el año pasado.

 Su trabajo es el testimonio de un proceso de introspección, observación y paciencia. Hay en las piezas que se exponen por estos días en Bogotá un diálogo entre lo macro y lo micro, el presente y el pasado.

Porque la obra de Zapata, a pesar del cambio de técnicas, no se puede fraccionar en etapas aisladas. Dice William Ospina que la fijación por las piedras estaba de alguna forma inscrita en el subconsciente de Zapata desde el comienzo de su obra. “A mí me sorprende encontrar en los mantos de piedra que Zapata extrae y secciona para armar sus obras todas esas misteriosas texturas, tensiones y acumulaciones que había en sus Ritos y Rituales, en sus Estelas, en las serigrafías de sus primeros tiempos”, escribe Ospina en un libro sobre la obra de Zapata editado por el Taller Arte Dos Gráfico.

Y tiene razón. Los Paisajes que se muestran en Sextante reúnen en un mismo trabajo el misterio de las piedras con la meticulosidad de las serigrafías. “Es un experimento que hice con una superficie de fibra de cemento –explica el artista–. Sobre eso están impresos unos paisajes sacados de las rocas. Nos demoramos todo el año ensayando en telas, en papeles, hasta que encontramos este material. Es una experiencia nueva. En el computador hago separaciones de color y al final es como una serigrafía porque se van pasando varias capas transparentes. Son 16 tintas y la impresión final es digital”.

El resultado son unas imágenes que esconden la magia en las grietas, en las imperfecciones o en las vetas de unas rocas que Zapata busca en Antioquia, pero que principalmente le consiguen en Cundinamarca.

“Son de la cordillera oriental, por Pacho, en el río Negro. Ellas afloran cuando llueve. En los inviernos salen a relucir. Están en las montañas y caen al río”, cuenta Zapata y añade que algunas de estas se abren en las puntas, como una flor. Los tótems que realiza se levantan como columnas sin techo y son el testimonio de esa metamorfosis.

Y es que para Zapata el proceso es místico. El artista explica que siempre hay un intercambio, él interviene las piedras, pero ellas también lo cambian. “La piedra es el elemento más antiguo que se conoce con que el hombre se haya expresado. Yo me expreso con piedras pero yo las encuentro  y las respeto mucho, recibo mucho su energía. Hay una comunión entre los dos. Yo le hago cosas y ella me regala cosas, hasta que sale la obra. Pero la piedra siempre dice ‘aquí estoy yo’”, concluye.


Lunas en la Galería Sextante.

No todo es conflicto y víctimas

En una época en que un importante grupo de artistas habla de las secuelas del conflicto, el desplazamiento, los desaparecidos, el posconflicto o la reconciliación, la obra de Zapata rehúye de esos temas. Pero no es que su trabajo sea contemplativo o puramente estético, simplemente se enfoca en otra materia.

“El artista es testigo de su tiempo. A uno le toca hablar de lo que vive, de lo que ve. Yo trabajo con el paisaje porque lo veo, porque está ahí. Porque es mío y lo reconozco. Y hay gente que trabaja con otros temas como esos: el dolor que causa la muerte y la tragedia que tenemos. Beatriz González lo hace muy bien porque no lo explota, lo hace con muy buen espíritu y es conmovedora. Doris Salcedo es una mujer supremamente inteligente que ha sido reconocida en todo el mundo. Pero en general ella trabaja  con obras que hablan del dolor, la pena, la amargura que le queda a los seres con la soledad y la huella de todo esto”, reflexiona Zapata.

Así es la más reciente exposición de Beatriz González en Casas Riegner.

Con tantos debates alrededor de la minería y la explotación de la tierra, la mirada de Zapata plantea una reflexión sobre lo ancestral y lo milenario. El artista dice que se ha acercado a la antropología, a la arqueología y la geología para leer los mensajes que las piedras llevan escribiendo desde hace millones de años.

De ahí surgen piezas como Cantos de la tierra, que se pueden ver afuera de la Galería Sextante o en la exposición de la Tadeo, en las que unas piedras huecas miran al cielo como lobos aulladores, “como que la tierra está pidiendo auxilio”, dice Zapata. O las once Lunas que se encuentran en el interior de la galería y ocupan una sala blanca. Hay en ellas un silencio sobrecogedor que pide regresar a lo básico.

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