Bogotá

El corazón del mal

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2014/01/28

Por Uriel Ariza Urbina

El corazón del mal

Uno

Al entrar al bullicioso festín comercial de la plaza San Victorino en Bogotá se percibe el cotidiano miedo capitalino. Miles de peatones zigzagueando con apuros y miradas sesgadas, como si algo malo fuera a suceder en un lugar dominado por el caos y la angustia. Lo que *AZ me relata no tiene que ver con la vieja peligrosidad de este populoso sector matizado por la ilegalidad, los atracos y el vandalismo, sino con su lado más oscuro y desconocido. Un triángulo criminal que nace en la Plaza y se riega más allá de sus fronteras. “Nunca mire a nadie a los ojos, y no se pare en un mismo sitio más de un minuto”, advierte este malogrado actor de teatro y ex delincuente, que detalla con pelos y señales un completo mapa de las tenebrosas rutas y maniobras de San Victorino y sus alrededores: un perverso mercado del que se alimenta la ‘otra’ ciudad, el resto de la ciudad prohibida. 

Estafadores, jíbaros, prostitutas, falsificadores, asesinos a sueldo, abogados, contadores, atractivas modelos y unos personajes fantasmales que sirven de enlace de las mafias, conforman la red de los más grandes negocios ilegales del país: tráfico de drogas, venta de armas y el proxenetismo. AZ habla en tono de confesión religiosa, mientras soba el Cristo plateado que cuelga de su cuello. Le pregunto por qué no acude a un sacerdote si su intención es sanar su conciencia. Responde molesto: “Vea hermano, no me hable de curas, esos manes ya no creen en dios y son tan caspas como lo fui yo…, mejor me desahogo con la gente de la calle”. Se ha contrariado y amenaza con abandonar la entrevista, pero desiste. Más adelante confesará porqué jamás volverá a una iglesia, como lo hacía antes en los “terribles” días de guayabo moral tras cometer una que otra fechoría. Y su ánimo sufrirá un dolor de lágrimas al recordarlo.

Saca de su billetera dos pequeñas fotografías que afectan su ánimo. Esconde una. La otra la deja ver con orgullo. Es su hija recién nacida. “Esto sí es puro”, la besa y la guarda. Con AZ pasa el milagro de una imagen que logra transformar a un criminal en un frágil y manso ser humano capaz de temer como un niño en la oscuridad: el rostro inocente de su hijita de brazos detiene el ritmo salvaje de un corazón desalmado y le devuelve la alegría por la vida. Pero pasa de la ternura a un gesto intimidante y me advierte que no revele su edad, ni estatura, ni acento, ni cómo viste. Me aconseja ponerme un bigote postizo y lentes de leer para que no puedan recordar mi cara cuando vaya a la Plaza a ‘vivir’ sus historias. Asegura que los ‘perros’ –vigilantes de las mafias- retienen con facilidad los rostros de los sospechosos y nunca los borran de su memoria.

Hable de mí como si fuera un fantasma”, dice evitando la mirada y pasándose la mano sobre su peinado. Repetirá este gesto con destreza actoral. Parece estar seducido por la serie de televisión que revivió la historia del célebre narcotraficante Pablo Escobar. Me preocupa que monte la imagen del Escobar casi glorificado encima de sus relatos, porque distorsionará la verdad. Recurro al genuino amor por su criatura para detener su mal disimulada idolatría por el capo. Le insisto si no le preocupa su vida al contarme sus actividades. Me mira, ahora sí a los ojos, pero no dice nada.

Cuando en Colombia se habla con un criminal todo se resume en la mirada. Se vuelven expertos en reconocer la verdad y la mentira a través de la emoción de los ojos. Pura intuición del oficio. Han aprendido que ver a los ojos tiene más fuerza de persuasión que las palabras. Una verdad de la ciencia. Una verdad de los criminales. AZ dice que a diario hace un esfuerzo para dejar de ver a todo el mundo como él ve el mundo: como un malvado. Toda le gente es sospechosa de algo. Lo que no sabe es que a él también lo miran así, no porque sepan que es un criminal, sino porque la desconfianza y el temor habitan en los capitalinos desde antaño como el rasgo emocional más dominante de la ciudad fría. “Parce, uno ve lo que quiere ver; si usted es vicioso ve viciosos, si es ladrón ve ladrones, y yo quiero ver a mi hija con ojos buenos”.     

AZ garabatea en una hoja un intrincado esquema de cómo funciona el crimen en la Plaza y el centro de la ciudad. Es complejo. Explica que para ver lo que la gente común no ve, hay que tener paciencia, la misma para escucharlo sin que interrumpa su relato para demostrar que pudo haber sido “el Al Pacino colombiano”. Me muestra con plasticidad chaplinesca cómo se comporta la gente en Bogotá antes y después de entrar a San Victorino: cómo caminan, cómo gesticulan, cómo miran, cómo preguntan… Disfruta hacerlo. Quiere demostrarse a sí mismo que tiene madera de actor. Pero no sabe cómo pasar del drama al humor y del humor al drama. Me dice sin actuar y con honestidad que debo tener cuidado para no cruzarme con la persona equivocada, porque “puede terminar en los sótanos de la ‘once”, escondites tenebrosos adonde llevan a los soplones y les queman la lengua con sosa cáustica. Asegura que los verdaderos enemigos del negocio son las cámaras fotográficas y de video, y los pandilleros de otros barrios que sacan tajadas del negocio.

No todos los días son iguales en este lugar. AZ dice que tienen su ‘personalidad’ dependiendo del negocio. Por ejemplo, el lunes no se trabaja con drogas ni se tortura a los ‘sapos’ y se destina más para sacar cuentas, poner las cosas en orden, hacer contactos, dar citas y planear los otros días. “El lunes es como un domingo de descanso para nosotros”, dice AZ, y me sugiere que “trabaje” con ellos toda la semana para conocer varios secretos. Me sugiere que empiece el jueves.

Dos

Es jueves en la Plaza. Hoy es el día que resume toda la actividad criminal en el sector, según AZ. “Es un día rebacano para hacer torcidos, hay buen ánimo y plata”, asegura con la misma emoción de estar en un jueves, aunque es un lunes gris y frío en un parquecito solitario en el norte de la capital. Sigo los caminos señalados por AZ para ver de cerca el tejemaneje de un mercado ilícito de miles de millones de pesos que manejan pequeñas bandas criminales con bajo perfil y difíciles de rastrear por las autoridades. Operan desde lugares apartados de la ciudad y otras ciudades, pero funciona tan bien como una empresa organizada y rentable.

No sé adónde mirar entre el gentío que va de un lado a otro esquivando los ventorrillos ambulantes, las fritangas humeantes, las caseticas de minutos de celulares, las carretillas de frutas, las excentricidades de los rebuscadores de la vida, y cientos de empleados del comercio legal atrayendo clientes a ambos lados de la avenida Jiménez y la atestada estación de TransMilenio. Camuflado en este frenético hervidero humano se está gestando el crimen ahora mismo sin que nadie se percate. Intento ‘leer’ el complejo lenguaje no verbal explicado por AZ. Hay que tener un ojo intuitivo para ver la película que pasa frente a uno en la Plaza y más allá de sus límites, ya que todo hace parte de un eje perverso-mortal que conecta el corredor de la carrera décima, la histórica Candelaria, los imponentes palacios del estado, el infierno del Bronx, la morgue distrital, los atiborrados prostíbulos del barrio Santafé, el Cementerio del Sur, y de estos lugares al resto de la ciudad prohibida. Los ‘perros’ salen temprano por la mañana y revisan calles, callejones, caletas, recovecos, construcciones abandonadas y andenes, al igual que un perro, y de ahí su remoquete, todo para predecir qué tan buen día será para los negocios.

La peligrosidad de este sector no es nueva y ocurre desde los días del “Bogotazo”, hace más de 60 años, a manos de ladronzuelos, acuchilladores y drogadictos, pero desde mediados de los años 90, con la irrupción del paramilitarismo en la sociedad colombiana, el sector tiene un alto perfil criminal. La apariencia de San Victorino es la de un típico mercado céntrico de las grandes ciudades colombianas: atestado, desordenado, sucio y amenazante, pero esta Plaza tiene algo singular que la hace única en el país. Hace más de cien años servía de terminal improvisada para el arribo de miles de colonos de otras regiones en busca de una mejor vida, y aún quedan vestigios en los miles de desplazados que deambulan desfallecidos del hambre en medio de una indolente frialdad. Los alcaldes de la época intentaron embellecer el histórico y envejecido centro de Bogotá y pidieron consejos a los expertos. El arquitecto suizo Le Corbusier caminó por el centro de la ciudad y dijo que los capitalinos tenían mal genio debido a las oscuras y estrechas calles y a las lúgubres construcciones. Propuso derrumbar el adobe español para levantar modernos y alegres edificios de concreto y acero que exhibieran el poder del estado y el progreso económico. Aconsejó eliminar las amplias plazas porque solo servían para formar tumultos. Se tumbaron casas viejas y se reemplazaron por edificios vistosos que se regaron a través de la carrera séptima hacia el norte. Sin embargo, la plaza de San Victorino se resistió al cambio. Hoy es el más viejo testimonio urbano del conflicto de la desigualdad social de la capital colombiana: un lugar donde se compite salvajemente por un espacio público más digno para el comercio y el trabajo, el tránsito vehicular y humano.

Tres

AZ no imagina la vida de los pobres de Bogotá sin esta Plaza. Tampoco imagina la vida criminal sin esta Plaza. En el año 2000, a él y sus secuaces les cayó un balde de agua fría cuando la administración distrital empezó a conquistar sus espacios vandálicos, adoquinando andenes, recuperando parques enmontados y callejones inmundos. Los indigentes, las prostitutas, los ladrones, los apuñaladores, los estafadores y personajes de la escena licenciosa tuvieron que cambiar sus tácticas para adaptarse a la nueva arquitectura. El diseño limpio los hizo sentir vulnerables. Sus rutas, escondrijos y recovecos quedaban al descubierto y amenazaban el anonimato criminal. Lo que para los ciudadanos fue un avance urbano, para AZ y las pandillas fue una pesadilla. “Un pañito de agua tibia para bajar la fiebre, pero la enfermedad está ahí”, dice un librero de otra época en su casetica de libros clásicos que ya nadie lee ni pregunta, porque “ahora solo se escriben mediocridades sobre hampones y prepagos”, y señala a la Plaza como el mayor palacio del crimen de la ciudad, mientras relee sobre su mostrador una pulcra edición en cuero marrón de Crimen y Castigo, de Dosteyesky.   

AZ se horrorizó al ver a la Plaza transformada en un amplio y vistoso parque con bancas, postes iluminados y una extraña figura de metal en el centro: “La mariposa”, escultura del artista Edgar Negret y hoy transformada en un pestilente orinal con vómitos de borrachos, guano de palomas y excrementos humanos. En seis meses AZ aprendió a moverse en el nuevo ambiente. Lo explica emocionado. Los vecinos sintieron que el lugar era ahora más seguro. Los asesinatos y atracos disminuyeron, y los ciudadanos regresaron en masa y con más tranquilidad al Centro. Pero “los bandidos son como las moscas, usted limpia las sobras pero al rato regresan porque habrá más comida”, dice el librero, quien asegura que por la peligrosidad de la Plaza ya no vive de su oficio. Sobrevive alimentando su nostalgia a punta de café cerrero y del placer de releer la “buena literatura” de sus destartalados armarios.     

Llevo más de tres minutos clavado en el piso sin saber adónde mirar y adónde ir. No debo pasarme del tiempo en un mismo lugar y actuar con naturalidad, “pero sin cara de pendejo”, dice AZ con risa burlona, y se lleva el filo de su mano a la yugular. No siempre hay que simular ignorancia, pues a veces hay que aparentar pleno dominio de las ‘artes’ del crimen. AZ lo explica sin misterios: “Vea, si una misma persona lo mira dos veces es que usted está actuando sospechoso y lo siguen hasta saber qué hace ahí. ¡Ah¡, y no se crea que si una hembra lo mira más de dos veces.., no se engañe papá, es otra trampita, jajajaja”, exclama, mientras se imita a sí mismo conquistando a una “hembra” en el Centro, que para él no es lo mismo que hacerlo en otro lugar de la ciudad.  

En una tienda de ropa entra un muchacho rapado y bañado en ‘menticol’. Pregunta por unos pañuelos Pirámide. La señora que lo atiende le muestra la caja verde del producto y mientras él finge revisarlo hace un rápido paneo por el almacén, da las gracias y se marcha. La dueña confesará más tarde que el joven era un sospechoso, porque “ellos no conocen estos pañuelos”, una marca clásica de los más adultos. Era un ‘perro’. AZ dice que se disfrazan de payaso, de indigentes, de locos, de viejos decrépitos, de desplazados y hasta de gente común, con tal de informar cualquier situación rara o la visita de alguien que no encaja en la Plaza.

AZ agrega que los ‘perros’ están entrenados para detectar a leguas a un sospechoso, aunque se desconcierta al explicarlo con palabras. Pone a prueba sus dotes actorales imitando a un ‘perro’. “Mejor dicho hermano, colombiano que se respete tiene ese sexto sentido pa’la maldad y algunos vivimos de ese sexto sentido; hasta los ricos y los políticos del Congreso que les despachamos bolsadas de buena cocaína para sus fiestecitas”. AZ empieza a menear la cabeza y estirar su brazo izquierdo, como quitándose algo invisible y molesto de encima. Dice que es una manía que lo acosa desde que abandonó la delincuencia, y cuenta que un psicólogo le dijo que era una forma de expresar la culpa. Le aconsejó ir al psiquiatra. AZ se ahorró el diagnóstico poniéndose el reloj en su mano izquierda.  

En la Plaza intento detectar a los ‘perros’, así como ellos detectan a los ‘extranjeros’, el nombre para los visitantes inusuales: buscando quién se comporta de manera extraña, es decir sin miedo y caminando relajado. Hacerlo en medio del gentío es difícil. Es más fácil detectarlos por su forma de preguntar, asegura AZ, ya que en el Centro hay un sobrenombre para todo, en ese afán colombiano de buscar el rasgo que mejor identifica a las personas, los animales y las cosas. Comenta que la Plaza funciona mejor para los delincuentes cuando hay miedo y zozobra, como es su naturaleza, “pero cuando alguien se sale del libreto, los ‘perros’ atacan”. Ellos se sienten provocados cuando una persona camina por su territorio con aire despreocupado y sin la usual tensión del caminante en el Centro. AZ actúa en el parquecito. Camina como lo hacen los capitalinos, ricos y pobres; como los miedosos y los guapos, y los de varias regiones del país.

AZ nunca habla de la policía, pero aclara algo irónico y desconcertante: “Vea, no es que la poli esté con nosotros, aunque hay manes retorcidos, pero trabajamos mejor cuando ellos llegan a la Plaza”. Lo explica con el sentido común de un delincuente que vigila a su vigilante. Recrea la escena y dice que la presencia de los uniformados es parte de la rutina para dar la sensación de seguridad a la ciudadanía y para disuadir a los bandidos.  

Cuatro

Es miércoles en la Plaza. De repente se ve más agitada de lo habitual y sin ninguna razón aparente. Unos corren de aquí para allá, se avisan con señas y silbidos, recogen sus baratijas, se acicalan sus figuras, las mujeres se meten envoltorios en sus tetas y calzones, y otros se alejan apurados por las callejuelas. Minutos más tarde arriba un grupo de diez a quince policías. AZ dice que los criminales tienen informantes que interceptan las frecuencias de radio y conocen de antemano los operativos. Los policías consultados comentan que son puros mitos y que el lugar está bajo control. Sin embargo, reconocen que los centros urbanos como Bogotá son de alta peligrosidad, en especial los sectores tolerantes con el vicio: el centro de la capital.    

Los uniformados se riegan por la Plaza y van creando un halo de intimidación por donde pasan. En instantes pasa de ser un mercado desordenado y amenazante a un parque sereno y acogedor con peatones transitando con algo de soltura. Esta aparente tranquilidad es una tragedia económica para los comerciantes. Aseguran perder hasta un cuarenta por ciento de las ventas de un día, con el arribo de la Policía. Este extraño fenómeno que contradice el antagonismo entre autoridad y crimen, deja al descubierto la compleja naturaleza de un mercado en su mayoría informal que incrementa sus ventas entre el caos y la inseguridad. Los uniformados sacan sus modernos celulares y se sumergen en el atrapante parloteo virtual. Durante los cuatro días que seguimos el itinerario de los policías, siempre hicieron lo mismo. AZ dice que “cuando los polis están chateando es el momento de los mejores torcidos”, como los documentos y dólares americanos falsos, cartuchos de pistolas y catálogos en iPad con prostitutas menores de edad y vígenes, solo para exclusivos clientes del norte de la capital. “Mientras estemos viendo a los verdes, todo está bajo control”, dice AZ con resignado descaro.

Lo que sucede entre la policía y los anónimos criminales resulta vergonzoso para los vecinos de la Plaza que se ganan la vida pagando los impuestos de su comercio legal. Reiteran que los antisociales no le temen a la autoridad sino a las cámaras, en un círculo vicioso donde ambos bandos se toleran, en un tácito pacto de no agresión mientras no se altere el orden. Y los agentes de la Policía se tornan molestos y evasivos cuando se les indaga sobre el lado oscuro de San Victorino y su vecindario. Es un error hacerlo en la Plaza, ya que los ‘perros’ alertan de la presencia de un ‘sapo’. Esto preocupa a los delincuentes, no porque los vayan a atrapar sino porque les daña la puntualidad inglesa del negocio, como asegura AZ. “Son las reglas. Esos manes son estrictos y cumplidos”.

Cinco

Es martes en la Plaza. Un vendedor ambulante aparece de la nada con un morral y me envuelve con una ráfaga de aromas desordenados. Es un perfumista que, sin mirarme, me ofrece las mejores imitaciones de Tommy, 212 y Boss, aunque va empapado de un intenso Cariaquito Morado y Patchulí. “Pilas cuando se le acerque alguien a venderle y no lo frentéa a los ojos”, me había advertido AZ. Paso por ingenuo y reviso la mercancía. Me observa a intervalos mientras curucutea en su morral. “Entonces mi poli, cuáles va a llevar”, dice con una sonrisa que no es genuina, como sus perfumes. Un frío de miedo recorre mi espalda.

La Plaza es como un gran teatro al aire libre con el más alocado repertorio actoral para sacarle partido a la vida. La desmedida competencia comercial, la disputa del espacio, el robo, la estafa y la ilegalidad fomentan una peligrosa y casi animal lucha por esta vida. Y es temerario interrumpir este palpitante reino del miedo y la maldad. Le digo al comerciante en el tono musical y despreocupado del Caribe que estoy averiguando precios para montar un negocio. Me responde sonriendo y con una mala imitación de mi acento nativo, que solo estaba molestando. Le compro cuatro frasquitos por veinte mil pesos y nos despedimos con amistosa “bacanería”. No sé si es un ‘perro’. Días después nos cruzamos y conversamos. Es fanático de todo lo que sea del Caribe, desde un pargo frito con patacones hasta los vallenatos de Diomedes Díaz. Descubro que estuvo a punto de ser parte de las mafias, pero se arrepintió. También me cuenta con rigor académico los secretos del arte de la perfumería y la curiosa relación de los aromas con el crimen. Relata algo que no le creí a AZ: cuando los bandidos salen a sus fechorías se untan esencias fuertes para espantar a la gente, sobre todo un aroma de lirio que emborracha. Pienso en Jean Baptiste-Grenouille, el ficticio pero atrayente personaje de la novela El Perfume. Creo que está fantaseando con la película homónima. Me apuesta que puede diferenciar un indigente genuino de uno ‘chimbo’ solo por el hedor. Pone a prueba su afilada nariz por el puro placer de que alguien, por fin, le reconozca su talento, ya que lo creen un loco de remate. Vamos tras los supuestos indigentes y señala con disimulo a dos de ellos sentados sobre un muro. Tienen la estrafalaria y lamentable apariencia de las personas que ya no quieren saber nada de sí mismas. Al acercarnos nos envuelve una nube pestilente y casi irrespirable. El perfumista los mira de reojo y me dice que son dos mujeres y son falsas. Las ha reconocido porque su hedor no viene de sus cuerpos sino de sus ropas. “Si quiere estar seguro, mírele las orejas y las uñas, ahí está el secreto”. Me confirma su teoría. AZ actúa en el parquecito.

En la Plaza, una señora de aspecto rechoncho que arrastra a una menor de la mano se les acerca a las indigentes y hablan algo, les entrega una especie de limosna y se alejan. Son ‘mensajeros’ del aborto que venden pastas de Cytotec a un costo entre cien o doscientos mil pesos, o entregando tarjeticas de sitios de abortos clandestinos. El negocio abortivo del Centro es tal vez más lucrativo que el mismo sector del barrio Teusaquillo, cuatro manzanas con la oferta legal e ilegal más grande de abortos y toda clase de prácticas ginecológicas y de embarazo de Bogotá, justo donde Profamilia promueve una sana salud sexual y del embarazo.     

Seis

Hoy es otro jueves en la Plaza. El jueves no se conoce en un día. Es el día de las drogas y medicamentos de control del estado, como los opiáceos y psicoestimulantes apetecidos por los universitarios, el alprazolan para el ‘relax’ de los ejecutivos y comerciantes, y las más novedosas extravagancias europeas para la rumba y el sexo desaforado, como la “tucidi”, sales de baño y cocaína rosada, mezcla de éxtasis holandés, cocaína colombiana, LSD americano y un relajante muscular de venta libre en farmacias. El ‘mensajero’ de las drogas hace la transacción disfrazado de un vendedor de medias y perfumado de Patchulí. Estos jíbaros reconocen la ansiedad de un drogadicto mejor que un psiquiatra. Hay tres clases de ellos. Los que atienden a clientes ‘bien’ que compran desde cincuenta mil pesos de cocaína, marihuana, éxtasis y ácido en papelitos de colores. Los que menudean ‘bazuco’, cocaína rebajada con bicarbonato y una marihuana apestosa. Y los que venden fórmulas falsas de fármacos de control. El jíbaro deja su mercancía en un pequeño local y se mete por el colorido despelote de la calle de las piñatas, llama por celular y se encuentra con una persona de aspecto desaliñado que se dirige hacia otro de los lugares más dolorosos de la ciudad: el infierno del ‘Bronx’, un pestilente muladar del vicio y el crimen infestado de indigentes convertidos en despojos humanos.

Camino hacia el ‘Bronx’ simulando ser un habitual visitante. AZ actúa en el parquecito. Camina, gesticula y habla como si estuviera en el infierno al que me atrevo cruzar, el más amenazante escenario de la red criminal de la ciudad y la despensa más grande de drogas y armas al menudeo del país a la vista de todo el mundo, aunque no todo el mundo se arriesga a traspasar su intocable territorio. Es temerario hacerlo sin despertar sospechas. El error puede resultar fatal. Este increíble lugar, más parecido a la locación de una película apocalíptica, se ubica detrás del imponente batallón militar frente al parque Tercer Milenio, como testigo silencioso e impotente de varias manzanas en escombros y habitadas por asesinos de poca monta, enajenados, enfermos de sida, desahuciados, pero también por mentes sanas y astutas que manejan el millonario negocio de las drogas, bajo un estricto orden y disciplina. Es el hogar de los miles de abandonados por el estado y la ‘otra’ ciudad, el último refugio de los fracasados, el altar de los asesinos y violadores, el cálido consuelo de los que ya no tienen a quién amar, la tentadora trampa mortal para los que prueban por primera vez…

Para describir al ‘Bronx hay que llevar el lenguaje al punto de distorsionar la realidad. Por esta razón es poco creíble que pueda existir en el corazón de una ciudad que aún no sabe qué hacer con su población más deprimida, cada vez que intenta avanzar en el mejoramiento de la calidad de vida de los casi ocho millones de habitantes de la capital. A pocos metros de entrar, un ‘perro’ suena un pito. AZ actúa y me explica: un pitazo si todo está “lechuga”, dos pitazos si “la camisa es negra”, y tres si se acerca un “extranjero”. Justo en la ‘boca’ del infierno escucho un relajante y único pitazo. Camino por el suelo encharcado entre indigentes que deambulan como zombis y despidiendo un hedor doloroso de sudor fermentado, excrementos, bocas descompuestas, orina cáustica, heridas podridas, sangre coagulada y comida rancia. El estrecho pasadizo está repleto de caseticas dispensadoras de marihuana, cocaína, bazuco, poppers y pastas de Rivotril, un poderoso hipnótico que calma al loco más peligroso y usado por ladrones y violadores para someter a sus víctimas sin resistencia.  

No se debe mirar a nadie a los ojos ni voltear a los constantes silbidos que sirven para reconocer a un novato, que tal vez no sabe adónde se ha metido. “Si lo ven nervioso le caen de una y se lo llevan para unas pregunticas…, si es un soplón ya es historia parce”, dice AZ, interpretando en el parquecito el mejor papel de su relato. Me muevo como si supiera donde estoy y no cometo el error de pedir rebaja, porque es un signo de que estoy en el lugar equivocado, ya que los precios son fijos y los expendedores no son los dueños de la mercancía. Hay que llamar a cada droga por el nombre que aquí tiene. La cocaína, por ejemplo, se pide como “homero”, la más suave y viene en doble bolsita sellada con la figurita de cómic; y el “transformer”, un poco más fuerte y con la misma envoltura y su respectiva imagen. La marihuana tiene más de diez nombres, así como la heroína, el opio, la metanfetamina y otras combinaciones mortales de toda clase de sustancias al alcance de los adictos más crónicos. Además de las drogas se venden cachivaches de segunda robados por toda la ciudad: bicicletas, ropa, zapatos, herramientas de ferretería y afilados cuchillos de carnicería…

No es prudente estar más de dos minutos porque de inmediato un ´perro’ sigue a la presa. Solo se permite estar más tiempo si se reserva un puesto en las butacas para fumar bazuco, mariguana y ‘maduro’, una explosiva mezcla de marihuana biche, metanfetamina, bazuco y opio. A diferencia de la Plaza, aquí no hay adónde ir en caso de querer escapar. Eso sí, nadie se atreve a fastidiar o acosar a los clientes, por el contrario, se les cuida y se les respeta porque son la razón del jugoso negocio. Los apuñaladores, violadores y ladrones lo saben bien, y si llegan a desobedecer les dan una garrotera hasta romperle los huesos. En ocasiones se les va la mano y los matan, y por la noche los recoge el enterrador del Bronx, un mexicano desdentado con un sombrero gigante de mariachi que llegó en los años ochenta al antiguo ‘cartucho’ para festejar su grado de piloto y jamás pudo regresar a la otra ciudad.

De pronto sucede algo aterrador. Un comprador de marihuana de morral universitario empuja contra la pared a un indigente de mirada salvaje y risa desdentada que empuña una jeringa ensangrentada. Unos tipos lo arrinconan y le arrebatan la jeringa. “Gonorrea hijueputa, tas pringao, decí malparido”, le grita un sujeto y lo arrastran a un pasadizo oscuro. Se escuchan gritos, pero cesan enseguida. Nadie parece oír nada y siguen en sus cosas. El indigente trató de infectar con VIH a un comprador, quien por fortuna “el degenerado no me puyó”, porque llevaba una gruesa chaqueta de cuero. “Esos pobres sidosos quieren desquitarse, aunque no saben si tienen el virus”, dice AZ, quien asegura que el contagio empezó por un “un peluquero maricón que regó esa guevonada, y no lo han echado porque “esa lacra malparida es clave para algunos torcidos”.

Pero no todos los habitantes del Bronx son hijos bastardos de la ciudad maldita. Algunos eran estudiantes, abogados, arquitectos, asesores del Congreso, modelos y cantantes, y se les reconoce porque se afectan cuando ven a alguien como una vez se vieron ellos. Pero el ambiente del Bronx ha cambiado un poco desde que el alcalde Gustavo Petro exigió respeto a los derechos ciudadanos de “una población marginada de los propósitos del Distrito”. El Alcalde tomó la decisión luego de que uno de sus subalternos del barrio Los Mártires ordenó a la Policía el desmantelamiento del lugar, volviendo a levantar el debate sin fin sobre cómo humanizar un problema que no deja de crecer. La disputa por el control político del Distrito tiene a la opinión dividida: quienes creen que los males de Bogotá se concentran en el Centro y su vecindario y que luego se disemina como una bacteria contagiosa por la ‘otra’ ciudad, y quienes están convencidos que es de la ‘otra’ ciudad la que ha creado la oferta del crimen en este lugar, en un circulo vicioso imposible de parar.       

AZ actúa en el parquecito y me prepara para lo que no me puedo perder. Mientras hago el parapeto de armar con destrezas un “varillo” de marihuana que simularé fumar, veo contra un apestoso rincón oscuro y lleno de escombros quemados a unos indigentes arrebujados grotescamente, entre hombres y mujeres, niños y niñas. Dos de ellos se aprietan entre sus inmundos trapos y se empujan gruñendo como fieras, se halan las hilachas de sus cabezas y se muerden sus bocas como si fuera comida, hasta que segundos después sueltan un horrible grito de dolor y se despegan. La que vende la yerba se ríe sin tener que voltear para verlos. “Qué cochinada”, dice, ya acostumbrada a la escena. Se acaban de amar a su manera. AZ siente lástima en el parquecito.

Siete

Hoy es viernes en la Plaza. Es el día para negociar los documentos y billetes falsos. “Buen día el viernes, parce”, dice AZ con la seriedad de estar hablando de un trabajo honesto. El ‘mensajero’ que dirige esta operación es un cantinflesco señor de cabello teñido de negro y un rojizo bigotico al estilo Hitler, vestido con saco y corbata de otra época y fragante a loción de Landman. Bajo el brazo carga un legajo de papeles y se le conoce como un tramitador legal de las cotidianas diligencias burocráticas para los más despistados, que acuden a él desde los barrios más pobres de la ciudad. Detrás de su inocente pinta se esconde un astuto traficante de un completo “dossier” de todo documento público o privado con el que se estafa todos los días en Colombia: escrituras públicas, autenticación de notarías, pasaportes, certificados médicos, pólizas de seguro, dólares y pesos colombianos falsos, y un extenso muestrario de firmas de importantes personalidades de la vida pública y privada, y los muy solicitados diplomas y posgrados universitarios, que pueden valer de tres a diez millones de pesos.

El ‘mensajero’ espera paciente mientras fuma. Una hora después se le acerca un señor de abultada barriga y bien trajeado, se saludan y van a una cafetería. Se toman un café y se pasan sobres de manila y se despiden. “El flaco la coge suave y siempre tiene billete en el bolsillo, pero billetes chimbos, jajajja”, dice AZ. El tráfico de dólares y billetes falsos es una operación muy secreta y es difícil tener acceso a este ‘mensajero’. La Policía Metropolitana asegura que esta actividad clandestina opera en el sur de la capital y en ciudades como Palmira, Medellín y Barranquilla, pero fuentes callejeras dicen que las mafias logran distribuir desde el sector de San Victorino millones de dólares americanos a la semana, con destino a otras ciudades y países como Ecuador y Venezuela, desde donde se riegan hacia Argentina, Brasil y México. En 2007 y con ayuda del FBI, se desmanteló un cartel de falsificadores en Palmira, con redes en Medellín y Bogotá que, para sorpresa del servicio secreto americano, usaban técnicas rudimentarias para hacer la mejor imitación de un dólar falso de toda la historia de esta actividad criminal. La alta demanda por estos billetes en el mercado negro mundial ha obligado al mismo gobierno de los Estados Unidos a renovar cada cinco o siete años el diseño de su moneda. “Si ha pillado el brillo en los billetes de cien dólares?”, pregunta AZ, “aquí les echamos esmalte de uñas transparente y listo”. Sin embargo, los comerciantes dicen que en San Victorino es donde menos circulan estos billetes, ya que “aquí nadie nos mete un gol de esos”, dice una joven paisa que vende relojes y gafas de imitación. “Imitaciones originales, caballero”, me aclara sonriendo.    

Ocho

Es sábado en la Plaza. Hoy llega una ola de personas que no se atreven a este lugar de lunes a viernes. La gente se ve más relajada y hasta sonriente, las familias regatean precios, los niños alimentan felices a las palomas, los enamorados se toman fotografías, la mayoría de los desplazados se han aventurado al norte de la ciudad con sus maromas para despertarles el lado cálido a los habitantes…, pero hay que tener sangre fría para averiguar cómo se negocian las armas. AZ dice que es el día ideal para las pistolas y revólveres de segunda. Y cuando habla de armas se aturde por el desesperante tic de su mano izquierda, aunque ya no imita los gestos de Pablo Escobar.

Bogotá se ha convertido en la ciudad con mayor demanda bélica del país, según informes militares, producto del multimillonario y estratégico negocio manejado por el eje Farc-narcotráfico desde el corredor amazónico. AZ se para de la banca y actúa para decirme, sin preguntárselo, que nunca ha matado a nadie, pero luego se sienta y asume de nuevo a Escobar, mientras cuenta cómo entran las armas al creciente comercio que florece en las cárceles de la capital, corroborado por el mismo Centro de Estudios del Distrito.    

El sábado también es el día de la prostitución. Hay más mujeres en el ambiente y una buena parte de ellas llevan ropas provocadoras. Esta vez no han venido a la Plaza a atrapar clientes. Es el disfraz para distraer su otra labor: servir de informantes como pago al favor de ser parte de la red de tráfico y esclavitud sexual que desfila en el barrio Santafé, otro deprimido sector plagado de toda clase de pervertidos, vendedores de drogas, proxenetas, travestidos, menores de edad de ambos sexos prostituyéndose para quienes pueden pagar hasta un millón de pesos por sus servicios. “Son para clientes del norte, parce, los muy degenerados, dice AZ con su ánimo abatido de repente, como si no quisiera hablar del tema. La prostitución es otro tentáculo de las mafias que se une al criminal negocio del turismo sexual, que esclaviza a más de cincuenta mil menores en el país, de acuerdo con el Bienestar Familiar. “Desde una inocente sardina hasta una cucha regordeta”, dice AZ metiendo su cabeza entre las piernas. Se incorpora y suspira: “Uuuyy hermano”, exclama en el parquecito, viendo triste a unos niños jugando. Hace silencio. Entonces llora y trata de parar pero se ahoga, excusándose como un niño. No está actuando. Toma aire varias veces hasta que se calma. Me cuenta su dolor: “Parce, no soy el hombre malo que cree mi familia, pero maldita sea…”, y llora de nuevo. Se calma y continúa: “Con la droga uno hace cosas que no haría uno en sus cabales. ¿Se acuerda de la fotografía que no le mostré? y la saca de su billetera. Es su hermanita de trece años. “Ese cura pervertido me convenció para que le entregara a mi pobre hermanita; eso está mal hermano, perdón, perdón mi diosito”, y se aleja despacio caminando por el parquecito sin ningún rumbo. Regresa más abatido y sin ánimos de seguir con su confesión. “Mi mujer va a misa, yo leo la Biblia y converso de Dios con una vecina buena gente del barrio”, dice para reponerse un poco.   

En la Plaza trato de llamar la atención de los ‘perros’ para ver qué pasa. Con un celular tomo varias fotografías a dos llamas peruanas que usa un retratista. Al tiempo se levanta una hilera de ociosos apostados en un largo bordillo y se alejan. Casi todos se esfuman, pero uno o dos se quedan merodeando para averiguar el motivo de la fotografía. El episodio también saca de la rutina a una prostituta de aspecto casi infantil que no deja de estirar su faldita negra. “Las ‘sardinas’ son buenas pa’atrapar soplones”, dice el perfumista. No es fácil convencer a la jovencita de que la foto era una ‘pantalla’ para acceder a sus servicios. “Mmm, usted parece de la poli, ¿no?”, dice con desparpajo. Guarda el celular y se maquilla para ocultar a la menor de edad que hay debajo, aunque por las noches hace todo lo contrario y expone su tentadora figura de niña prohibida en la ‘zona caliente’ del barrio Santa Fe. La muchachita va de un lado a otro para que la sigan como perro faldero. “Oiga poli, veinte mil y vamos a mi cuarto”, dice, pero una fingida excusa deshace el pacto y ella desaparece. Otra prostituta, vestida con más discreción, ha seguido el sospechoso cortejo y le cae a la presa: “pagas la habitación, los condones y arreglamos”, dice. El trato se frustra de nuevo y se aleja caminando rápido mientras llama desde su celular, sin perder de vista al extraño cliente.

Nueve

Otro ‘rostro’ curioso de la Plaza es la de los tradicionales raponeros del Centro, que ante los nuevos criminales parecen inofensivos. Solo se atreven a sus fechorías fuera del perímetro de las mafias, y si desobedecen reciben una fuerte golpiza con descargas eléctricas en los sótanos de la muerte. Los ladronzuelos prefieren esperar a que los caminantes se alejen por las callejuelas para atracarlos y, en ocasiones, apuñalarlos cuando cae la noche. AZ me apunta el último destino de la ruta criminal, el renovado y apacible parque Tercer Milenio, la contigua Morgue Distrital y, más allá, el Cementerio del Sur. En 2000 el parque se transformó en un vistoso remanso verde en medio del mundanal ruido, la contaminación y el frenético ajetreo humano, y le cambió la apariencia a un sector en ruinas con pilas de escombros. Sin embargo, por razones que los planificadores de la ciudad aún no se explican, el renovado parque no ha servido para integrar la ecología al paisaje urbano del Centro. El ciudadano común aún tiene la imagen amenazante del pasado y prefieren bordearlo antes que atravesarlo. Los pocos peatones son sus antiguos habitantes, los errantes pordioseros, los indigentes y los ancianos abandonados que a veces deambulan hablando solos y añorando el viejo lugar maloliente, sucio y peligroso donde, a pesar de todo, se sentían más a gusto. Algunos de ellos van a morir allí literalmente de físico abandono de sí mismos, o tras una sobredosis de drogas. El personaje más famoso del parque se hace llamar “el azote de Dios”, un filósofo graduado de la Universidad Nacional que se la pasa despotricando en inteligentes estribillos poéticos contra los políticos, en especial al ex alcalde Enrique Peñalosa, a quien culpa de construir “un parque para ricos en un barrio de pobres”. AZ dice que los “habitantes de la calle” creen que el actual parque es demasiado para sus miserables vidas.

Diez

Es domingo en la Plaza. Hoy es el día de asueto de los ‘mensajeros’ y los ‘perros’, la única vez que se les permiten los excesos de drogas y sexo, ya que está prohibido durante los días de trabajo. El crimen se ha ido a la Morgue, siempre con angustiados familiares de los miles de desaparecidos de la ciudad a la espera de noticias de los suyos, aunque sean malas noticias, porque lo único que desean es darles una cristiana sepultura. Los indigentes ruegan compasión como sonámbulos, ya anestesiados al sufrimiento por el desprecio de la gente. Una señora que busca a su hija de catorce años extraviada hace un mes, se apiada de ellos y les da una Coca Cola con pan. “Ellos esperan a que la paletera -el carro mortuorio de la Morgue-, salga con un filete”, dice AZ. Un ‘filete’ es un cadáver NN que luego de varios meses en las neveras deciden enterrarlos al no ser solicitados por nadie. Los indigentes pasan la voz a qué horas lo llevarán al Cementerio del Sur. Los reporteros de los diarios amarillos también se preparan. Un vigilante de la Morgue que fue despedido por pasar información a un fotógrafo de un diario capitalino, dice que los entierros de los NN se hacían antes a plena luz del día, y para evitar a los ladrones de tumbas optaron por hacerlo en la madrugada. En el Cementerio se ha redoblado la vigilancia debido a denuncias de prácticas macabras en su interior. Pero todo se sabe. La “paletera” arriba al cementerio y en media hora empotran la caja en la pared, que luego sellan con cemento y cal viva, y se marchan. Los comerciantes de la muerte han visto todo desde sus escondrijos. Unos son mercaderes de cuerpos para los estudiantes de medicina de las universidades de la capital, que logran vender un cuerpo hasta por diez millones de pesos, otros descuartizan allí mismo el cuerpo y les sacan sus órganos y los venden para prácticas esotéricas y, dicen algunos, que han visto a necrófilos y necrófagos. Por la mañana no hay rastros del crimen, porque vuelven a tapar el hueco y a dejar todo como estaba. Los solitarios llegan al atardecer vestidos con dignidad y pulcritud para la ocasión, con ramos de flores plásticas. Son en su mayoría ancianos olvidados por los suyos y que se adueñan de los muertos sin nombres para dar amor a quienes no pudieron dar en vida. Le rezan en silencio, soban el cemento con sus manos, lo besan y amarran las flores con lágrimas en sus ojos.

Once

Es lunes en la Plaza. Parece que no pasa nada. Pero aquí siempre pasa algo. En el parquecito, AZ ya no actúa y dejó de imitar a Escobar y su tic no ha vuelto. Su extensa, alegre y dolorosa confesión le ha aquietado la euforia del comienzo. Hablamos de cosas triviales y de sus planes con su familia. Goza hablando de las cosas triviales, como si sintiera nostalgia de ellas, como si quisiera vivirlas de nuevo. Las mismas cosas que para la mayoría ya no tienen sentido en la ciudad, como mirar el cielo nocturno, un amanecer, una puesta de sol, jugar con los hijos en el parque… Quiere vivir en cualquier pueblecito de Colombia. Sonríe con alegría infantil cuando lo dice.

Un grupo de agentes de la Policía arriba a la despejada Plaza San Victorino, hacen su acostumbrada rutina, sacan sus modernos celulares. Sus gestos vigilantes desaparecen. Dos horas después se marchan. Los cientos de vendedores ambulantes, los ‘mensajeros’, los ‘perros’ y cientos de peatones reaparecen en masa como moscas sobre comida y en un santiamén el lugar asume su verdadera personalidad.

Sobre el adoquinado pasaje que de la Plaza conduce a la carrera décima hay vendedores gritando a dos voces sus baratijas tiradas en el piso. Sobresale un señor alto y flaco, desdentado, con engomado peinado de otro tiempo y bigote de Dalí. Despide un olor a creso y cuelga de su hombro una mochila arhuaca sucia y en sus manos sostiene unos frasquitos color ámbar. Parece un vendedor, pero no anuncia lo que vende. Solo mira paciente a su alrededor, esperando algo o a alguien. Minutos después se le acerca una señora de aspecto descuidado y un rostro marcado por evidentes surcos de sufrimiento. El señor le entrega dos frasquitos y ella le paga. “Nunca falla mi doña”, le dice el misterioso hombre siguiéndola con la vista. Es talio, un mortal veneno para ratas y seres humanos.

Uriel Ariza-Urbina

© Derechos Reservados de Autor

*AZ es el nombre ficticio del informante de esta historia  

 

 

 

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