El coronel no tiene quien le escriba

El escritor Alberto Manguel recuerda la primera vez que leyó El coronel no tiene quien le escriba. "Nada de lo que habíamos leído se parecía a este extraño relato colombiano que decía tanto sobre la violencia de esas tierras que para nosotros parecían más exóticas que la China"

2014/04/03

Por Alberto Manguel

Tenía yo quince o dieciseis años cuando mi padre, regresando de México, me trajo un librito de un tal Gabriel García Márquez, El Coronel no tiene quien le escriba. Mis amigos y yo, pretensiosos intelectuales adolescentes, nos habíamos dispuesto explorar la literatura latinoamericana después de leer en clase a Germán Arciniegas y a José Eustaquio Rivera, pero nada de lo que habíamos leído se parecía a este extraño relato colombiano que decía tanto sobre la violencia de esas tierras que para nosotros, porteños de Buenos Aires, nos parecían más exóticas que la China y, al mismo tiempo, no decía nada sobre ella. Quiero decir, no había en las apenas cien páginas de la novelita ni una sola acción sangrienta, ni una sola masacre: únicamente una memorable atmósfera agobiante de espera sin esperanza, de peligro invisible e innombrado, de agobio y ahogamiento que se reflejaba en el hambre y la ansiedad constantes de los protagonistas, y por otra parte en el implacable asma de la mujer del Coronel. Todo en la desoladora escenografía de polvo y lluvia del pueblo colombiano.

         Contemporáneo de los bufones de Beckett, de El Extranjero de Camus, del hombre ante las Puertas de la Ley de Kafka, y a pesar de las advertencias de sus conciudadanos ("Ya nosotros estamos muy grandes para esperar al Mesías"), el Coronel a quien nadie escribe, espera. En el trasfondo de la historia, se alza la misteriosa ciudad de Macondo cuya historia y geografía yo iría descubriendo después en los otros libros de García Márquez, pero que en éste, mi primero, cobraba ya una realidad literaria absoluta, como Yoknapatawpha o Costaguana.

Cuando años más tarde conocí a García Márquez en Barcelona, le pregunté por esa violencia encubierta en El Coronel, y me dijo que, como hombre de ciudad, no había tenido, en su juventud, una experiencia directa de la violencia, tragedia sobre todo del Norte colombiano, y que por eso decidió que su novela transcurriese en el Sur. Así podría explorar los motivos y raíces de la violencia, y las consecuencias en quienes la sobreviven. También, no había querido caer en la descripción obscena de actos violentos, como hacían algunos de sus contemporáneos. "No me interesa el acto mismo," me dijo, "si no la amenaza del acto." Esa amenaza es la que siente el lector, desde el patético primer párrafo en torno a media cucharada de café, hasta la enaltecida y desafiante palabra final: "Mierda."

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