Zapatos sobre la rotonda del Parque Nacional. Crédito: Álvaro Tavera.

El día en que Colombia se quedó sin mujeres

El 25 de noviembre, en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, se celebró en Bogotá un acto simbólico en el que más de 300 mujeres, de todas las edades, se manifestaron contra los abusos que ellas y sus allegadas han sufrido. Crónica de una resistencia.

2016/11/28

Por Ana Gutiérrez

El 25 de noviembre, Colombia se quedó sin más de 300 mujeres. Marchas y acciones simbólicas llegaron a las calles en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Un colectivo de mujeres que nació a raíz del abuso que sufrió María Isabel Covaleda llamó a las bogotanas a ausentarse del trabajo y dejar un par de zapatos en el Parque Nacional, para hacer sentir “los espacios vacíos en los que usualmente una mujer está presente; trabajando dando su amor, siendo madre, profesional, enseñando, acompañando y aportando al país” en una acción llamada ‘El día que Colombia se quedará sin mujeres’. Al final del día, recogieron más de trescientos pares de zapatos, y muchos más en fotos que subieron a Facebook mujeres por fuera de Bogotá. Durante el transcurso de día, gris y nublado, mujeres de todas la edades, etnias y estilos pasaron por el parque para manifestar su solidaridad y protestar con su ausencia. 

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Al llegar al parque, se veían las organizadoras en camisetas blancas con la fecha y el título del evento. Estaban detrás del enorme árbol de Navidad de Codensa sobre la séptima.

No fue difícil distinguir a Nathalie Michelou, la coordinadora: alta, de pelo negro corto, con una llamativa chaqueta azul. Alrededor del grupo correteaba una niña pequeña con una melena gruesa de pelo oscuro. “Esa es Teresa. La hija de Maria Isabel”. Es decir, Covaleda. Michelou me dijo que la madre no estaba porque “esta en el concejo leyendo el manifiesto” del grupo. Teresa corría feliz, las conoce a todas, y todas la tratan con afecto. Varias hablaban de sus propias hijas y familiares, un tema recurrente.

El árbol de Codensa, rodeado de los obreros que lo armaban, atrapó la mirada de las presentes. “Esa es una forma de violencia también, teníamos el permiso para hacernos ahí y no se pudo” explica Michelou. A pesar de lo que se había acordado, la construcción desplazó la acción. Unos voluntarios entonces se pararon en la séptima, para dirigirse a quienes quisieran participar. Era menos visible la rotonda hundida donde irían los zapatos, pero le brindaba a la acción un simbolismo no intencional pero apropiado: su superficie tiene la imagen de los continentes americanos.

El día anterior, el colectivo estuvo en la plenaria del senado buscano hacer cambios reales. “Ahorita el sistema y las personas en él exhortan a las víctimas a quedarse calladas”, me decía Michelou, mientras sus ojos buscaban a Teresa, feliz entre las mujeres. Hasta le habían puesto el pintalabios rojo oscuro que estaban usando todas, otra forma de protesta; una señal clara y fuerte de feminidad no intimidada. De los pocos hombre presentes, en su mayoría organizadores que luego ayudarían a bajar y subir de la rotonda, estaba Tomás, el esposo de Michelou. Estaba presente para dirigir entrevistas con victimas de violencia que se harían durante el día. A Michelou se le notaba el orgullo cuando contaba que su hija Candelaria de 13 años los había acompañado en todo: "incluso en el colegio dio una presentación sobre el movimiento. Hoy se fue al colegio en la camiseta, pero no vino porque hoy era a la izada de bandera”.

La primera en llegar fue una mujer mayor, que dejó un par de crocs plateados. Se quejaba de la dificultad en encontrar el lugar, dando una rápida explicación del parque, que conocía bien: “esta no es la plaza -como dijo alguna organizadora- es la rotonda, y la otra -donde se está montando el árbol- es la fuente”. Se agarró de un organizador para salir y se volteó sin aire a decir “muchas gracias por el evento”. Explicó que debía volver a su trabajo. 

Las mujeres del país trabajan en promedio 67 horas a la semana, y dedican 7 horas y 23 minutos del día al trabajo no remunerado en oficios como el cuidado de los niños y del hogar. La brecha salarial con los hombres es del 20%. 

Luego del evento, los zapatos se donarían a la fundación Vida Nueva, cuyo “objetivo principal es el de romper la cadena de prostitución y sus fenómenos colaterales, amortiguar la indigencia producida por el desplazamiento y enfatizar en la formación de personas dignas que aporten al mejoramiento del país.”

Dos mujeres, acompañadas de un niños, observaban todo con caras entre complacidas y preocupadas. Ambas llevaban camisetas blancas con la cara de una mujer joven. La más joven, madre del niño, me explicó que las llevan puestas porque “ a mi prima la mató su exesposo, pero el caso lo han aplazado seis veces. La violencia contra la mujer es una realidad en el país y en el mundo. Queremos dar a conocer lo que pasó y a luchar contra la vergüenza. Hay mujeres que no hablan porque les da vergüenza que la familia sepa que las cascan”. Sin saberlo, hacía eco a lo que se vería y diría en el parque durante el transcurso el día: un rechazo al silencio, al sistema y una constante preocupación por la siguiente generación en un país donde cada 13 minutos una mujer es atacada por su pareja. Su prima se llamaba Natalia Sanabria Sandoval. La mujer que la acompañaba era su tía, quien con rabia afirmó que buscaba “protestar las leyes colombianas, que no cuidan a las mujeres. Necesitan cambiar”.

Una mujer vino con su bebé amarrado a su pecho, y dejó zapatos por ella y botines por su hija. “Lucho contra el maltrato por mi hija, esto tiene que parar ya”. 

La energía era extraña: llena de mujeres nerviosas pero determinadas, con la solemnidad del momento pero también conversando entre ellas. Casi todas se tomaban selfies, o pedían fotos. Celebraban el hecho de poder estar ahí. Muchas mencionaban la sensación de comunidad y apoyo. Casi todas llegaban en grupo, muchas con hijas. Por lo general, venían un momento, refelxionaban y se iban. La mayoría se devolvía al trabajo. 

En una banca, una joven sonreía. No vino con una persona sino con su perrita, Isis. Era javeriana y alegre. Fueron en transmilenio. Del otro lado de la rotonda se fue formando un grupo de mujeres: cada vez eran más.

Eran de Codensa.

Al conocer la iniciativa, vinieron para que se sintiera su ausencia. Estaban esperando a que llegaran todas para dejar sus zapatos juntas.

El efecto de tantos zapatos vacios era espeluznante. Venía a la mente una enorme calamidad: ¿qué pudo haber pasado para que se fueran sin sus zapatos?


Diana La Torre. Crédito: Álvaro Tavera.

Otra mujer bajó a la rotonda con cuidado. Al salir, le pregunté si se estaba ausentando del trabajo. “Yo soy ceramista”, me dijo, "autoempleada". Se presentó como Diana La Torre.

"¿Y los zapatos, adornados con #romperelsilencio, son suyos?"

“De mi hermana, ella falleció”.

"¿Puedo preguntar cómo?"

“Ella fue violada y un psicólogo, alguien de otra época, le dio un medicamento para la tensión y eso le provocó una ruptura de aneurisma al año. Fue en Francia, y el proceso sigue en marcha, desde 2012. El tipo ha sido citado varias veces pero a veces no aparece y el juez ha hecho todo lo posible para que se caiga todo”. Su hermana era su gemela.

Según la OMS, el 35% de las mujeres en el mundo ha sufrido de violencia sexual o física. Las mujeres que sufren ese tipo de agresiones tienen el doble de posibilidad de tener un aborto, depresión severa y de contraer VIH frente a las mujeres que no las han padecido. 

Diana participaba para romper la estigmatización, para recordar, para luchar contra la idea de que “la mujer fue puesta aquí para aguantar la violación y violencia. Para mí, la mujer es sagrada. En Colombia, por la paz y el acuerdo, debemos superar la violencia en todas sus formas, en especial contra la mujer”.

Entre el 2001 y el 2009, 489.687 mujeres declararon haber sido víctimas de violencia sexual dentro del marco del conflicto armado colombiano. De ellas, 74.698 responsabilizaron a actores ilegales (guerrillas y paramilitares), mientras 21.036 señalaron a la fuerza pública. Además de la violación, la prostitución forzada y los abortos forzados han sido usados como armas de guerra. De estos casos, más del 90% siguen en la impunidad.

Detrás de Diana, Nathalie corría incansable: saludaba, respondía preguntas, llevaba, traía, se veía su chaqueta azul en todas partes. En un punto se perdió de vista, pero la encontré cuando oí un grito que creí era, aunque no estoy segura, ‘clitoris!’, en vez de ‘sonrisa’. Estaba tomándose una foto con un grupo de mujeres. Al rato corrió delante de una joven que sostenía un cartel que leía: “No me visto para provocarte, mi vida NO gira en torno a tu pene #NiUnaMenos”. Vino “a apoyar porque conozco muchos casos de violencia y vengo a protestar”. Es fácil encontrar historias, una de cada cuatro mujeres colombianas manifiesta sufrido de alguna forma de violencia en el transcurso de su vida.

Crédito: Álvaro Tavera.

Al lado de ella, otro grupo se reunía. Esta vez era mixto y todos venían vestidos de naranja para apoyar la campaña, un detalle que muchos habían obviado. También eran de una empresa, Consumer and Insights, también esperando a que llegaran otros para bajar.

Lentamente y en masa, las de Codensa dejaron sus zapatos. En todas sus caras se les veía determinación, en algunas triunfo y en otras una profunda tristeza. Sus zapatos se unen a la mezcla de tacones, baletas, sandalias, botas, tenis, zapatos deportivos.

Las que quizás gritaron ‘clítoris’ eran de un colectivo llamado Feminismo Artesanal. En el momento estaban tres miembras, jóvenes, bonitas, medio punk. Se notaba que habían estudiado el feminismo de manera más académica. “Es nuestra lucha y libertad. Estamos abiertas a todo tipo de mujeres, de todas clases, admitiendo nuestras diferencias”. Estaban esperando al resto del grupo, y mientras tanto iban haciendo carteles. Uno decía “yo soy la puta que se educa”.

Una mujer con un enorme turbante lila dejó un par de zapatos y se marchó en un volar. Al lado de ella había una joven de chaqueta azul, con los brazos llenos de flores amarillas. No traía zapatos pero “quería traer algo, una ofrenda. Las escogí amarillas porque es el color de la luz, para traer algo de luz entre tanta violencia”. Su sonrisa era algo tímida, pero las flores fueron recibidas con alegría.

Las mujeres de Codensa salieron de la rotonda y entraron los de Consumer and Insights, ahora con más personas y un perro negro.

Entre ellos el primer y único hombre que dejó un par de zapatos. Se llamaba Felipe Ávila: “Esto es muy importante y necesario. Es como ser la punta de lanza y dar ese grito de no violencia contra la mujer. En el parque pasó lo de Rosa Elvira Cely, así que apoyo ese pequeño homenaje”.

Mientras hablaba con él, alguien dejó un vestido blanco, tamaño bebé. Cuando pregunté quién fue, me señalaron una mujer con dos trenzas rubias teñidas y tatuajes. Había llegado en bicicleta. Me sonrió cuando me senté junto a ella. Le pregunté por el vestido. “Es muy simbólico y representativo, es mio de mi infancia. Es de esa parte virgen, pura y bonita, donde no hay maldad. Estoy aquí apoyando a fondo mi género, no quiero más violencia contra las mujeres, somo todos iguales, tengamos pene o vagina”.

La niña del cartel se acercó y dejó sus zapatos junto a un colorete.

Delante de ella se paró una mujer rubia, grande y atractiva, tenía una escarapela de Feminismo Artesanal con su nombre: Paula Andrea. Su manos estaban manchadas de pintura verde. Era del gremio de modelos ‘plus sized’ colombianas. Venía en nombre de todas las del colectivo, por su mejor amiga que “fue abusada por un tipo en todas las formas posibles, él la anuló”. El 62% de las mujeres colombianas sufre algún tipo de control por parte de su esposo o compañero y 26% es víctima de violencia verbal.

Paula decía haber visto todo tipo de violencia, en especial en el gremio, donde se combinaba el abuso sexual de la industria del modelaje con el maltrato a las mujeres de talla mayor. Pero ahora podía "hablar más. La gente siempre piensa en mujeres jóvenes cuando se habla de abuso pero las abuelas sufrieron también, y a ellas las callaban aún más. La sociedad no permitía hablar, decían los trapos sucios se lavan en casa. Eso no debe ser así”.

A unos pasos de Paula Andrea, una mujer llevaba un rato sentada en silencio, con las piernas cruzadas. Tenía un chal tejido de flores y dos velas en la mano. Estaba aguantando el llanto. Le pregunté por qué las velas: “por si iba a haber un acto simbólico”. Ya dejó zapatos. “Soy víctima de violencia intrafamiliar. Tengo un hijo y me siento en responsabilidad de empezar a cambiar desde mi misma. Al tener un hijo hombre vine como víctima y mujer para romper el ciclo de abuso”. En la parte de atrás del cuello tenía tatuado un árbol que florece.

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Detrás de ella venía una mujer sonriente con un hijo alegre, Miguel Ángel, de 8 años. Su madre, Maria Andrea, me dijo que “soy psicóloga y he trabajado en proyectos que lidian con la violencia contra la mujer y además como mujer me parece importantísimo manifestarme contra todos los abusos y como mamá formar a mi hijo. Por eso me lo traje".

En la rotonda, dos niñas seguían jugando, correteando con Teresa Covaleda, siempre con cuidado de no tumbar los zapatos. 

La gente les sonreía. 

Teresa Covaleda corre en la rotonda. Crédito: Álvaro Tavera. 

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