Las películas 'Naboba', 'Siembra' y 'Las tetas de mi madre'.

Crónica de un reencuentro con el cine colombiano

No del todo consciente del salto en calidad que ha dado la industria cinematográfica nacional en los más recientes años, este periodista radicado en Barcelona asistió al festival El Perro que Ladra sin muchas expectativas. Sin embargo, salió tan emocionado que nos compartió su testimonio.

2016/06/21

Por Julián Cajas

De cine colombiano no sé prácticamente nada. Me rodea sobre todo una suerte de tufillo noventero (porque de la década siguiente mejor ni hablo) de estereotipos marginales, con drogodependientes y pistolocos que deambulan entre el polvo de iluminaciones pobres y un ruidito in[sss]cesante que más que evocarme el pasado, me lleva a lo simplemente viejo. Yo me quedé con lo viejo, que a partir de cierto punto ya no sirve para nada, salvo para deambular entre el polvo.

Empezaba a volverme polvoriento yo también, y más aún viviendo en Barcelona, lejos de los estrenos esporádicos del Cine Colombia de la avenida Chile en Bogotá, o de una que otra sala independiente demasiado costosa o demasiado a la moda, hasta que me topé a principios de junio con un anuncio a todo color que decía «Panorama de Cine Colombiano», organizado por un grupo autodenominado El Perro que Ladra –porque decir mucho nunca ha requerido de mordiscos–, un parche que inició con cinéfilos colombianos entre los corredores de la Sorbona por allá en 2008 y que ahora es un colectivo cosmopolita que actúa en París y en Barcelona, aunque los grupos de ambas ciudades son completamente independientes. Hablaban de películas que no había oído en mi vida, ¡y ésta era ya su cuarta edición! Como quien dice, yo no estaba viejo sino podrido. ¿Era posible que hubiera otro cine colombiano por encima de todo ese polvero?

Fue así como terminé yendo de un lado a otro de Barcelona durante cuatro días, apreciando un cine muy hecho en Colombia, pero también muy hecho por fuera de Colombia, con puntos de vista propios, trabajados con rigor crítico y argumentos estéticos que hallaban perfecta justificación en la imagen y no en las ganas de aparentar un gato por liebre.  

La inauguración el miércoles 8 de junio en el centro cívico Pati Llimona (Patio Llimona), un patiecito con pinta de plazuela medieval en pleno corazón del barrio Gótico, corrió por cuenta de Las tetas de mi madre (2015), que según dicen, fue prohibida en las salas comerciales colombianas. Eso sí una parranda que contó con las mezclas electro-caribeñas del Dj colombiano Sonikgroove, la cumbia potente de La fiesta colorá y un par de neveras bien cargadas de cerveza Moritz, que lleva embelesando a los catalanes desde 1856, fue estimulando a casi un centenar de mentes y corazones para lo que llegaría tan pronto hubiera acabado de anochecer.  

“¡Hostia puta!”, exclamó una mujer sentada en frente mío, al ver a ese chiquillo chuparle una teta a su madre mientras dormía. ¿Sería esa la razón de la censura comercial a la película de Carlos Zapata? Una imagen poderosa sobre la que bien se podría tender a exagerar –como con ese tremendo pete que le hizo Cloë Sevigny a Vincent Gallo en su película The Brown Bunny (2003), aunque esta comparación es desafortunada–, a pesar de los drogodependientes y pistolocos que la rodean. Como fuera, era una historia edípica y marginal sin zalamerías de último momento, en la que los niños acribillan a sus padres mientras succionan el pezón materno.

Comprendí entonces lo que momentos antes me había comentado Liliana Díaz, una joven bogotana miembra de El Perro que Ladra en París y fundadora del grupo de Barcelona, respecto a la independencia del Panorama frente a condicionamientos de la cultura colombiana de exportación. Aquí no se venía a hablar bien de Colombia, se venía a hablar de Colombia y ya, fuera bueno o no, siempre y cuando hubiera una solidez artística detrás. Quien quisiera otra cosa, que fuera y hablara con la embajada.

A Montserrat, oriunda de Girona (a uno 80 km. de Barcelona) pero que conoce Bogotá, le pareció”una historia muy violenta”, mientras que a algunos otros, ya fuera por los efectos de la cerveza gratis o porque eran colombianos, alzaron los hombros como diciendo, ‘y nosotros, ¿qué podemos hacer?’

La tarde del jueves devino en un recorrido fluvial entre el centro cultural Arts Santa Mónica, al pié de las concurridas Ramblas, y las Cotxeres de Sants (Cocheras de Sants), antiguo alojamiento de los coches del primer sistema de tranvías de la ciudad el cual era tirado por caballos, hoy convertido en centro cívico. Entre ambos escenarios no hay más que cemento, pero los ríos fueron protagonistas de la jornada al ser narradores de historias y constituir el mundo de algunas comunidades indígenas.

En el primero se proyectó por primera vez en Europa el documental Naboba (2015), de Amado Villafaña Chaparro y el colectivo Zhigoneshi, que cuenta la travesía de un grupo de indígenas del pueblo Arhuaco desde la Ciénaga Grande de Santa Marta hasta la laguna sagrada de Naboba, en lo alto de la Sierra Nevada, siguiendo la cuenca del río Aracataca. Un ascenso desde la línea del mar hasta los 4.850 metros, con el propósito de redimir a los hombres ante la madre naturaleza por contaminar las aguas en la parte baja. El viaje se podría comparar a los heroicos sacrificios de personajes casi mitológicos, pero que más allá de su componente mágico, está cimentado sobre una profunda reflexión respecto al uso de las fuentes acuíferas y el respeto que le debemos a la casa que habitamos.

Le siguió un coloquio entre María Luna, una caleña miembro de El Perro… desde sus inicios en Barcelona e investigadora del InCom (Instituto de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona), Amparo Huertas, directora del mismo y Juan Manuel Viatela, antropólogo del observatorio ADPI (por la Autonomía y los Derechos de los Pueblos Indígenas en Colombia). La conversación giró en torno al concepto de derechos de autor que cobija la producción cultural de los pueblos indígenas, y el respeto y reconocimiento que se debe tener al reproducir, por fuera de las comunidades, este tipo de obras. La proyección de Naboba, al ser creación del pueblo Arhuaco, no solo porque su director y demás realizadores pertenecen a esta comunidad, sino porque presenta algunas de sus costumbres, debió tener el debido consentimiento antes de entrar a la muestra. Otra manera de pensar sobre quién es el dueño de la imagen y el uso que se hace de ella. ¿Sucederá lo mismo con las mochilas? 

Al anochecer se proyectó al aire libre, junto a las Cotxeres, El abrazo de la serpiente (2015) de Ciro Guerra, también como parte de Cinema a la Fresca, un proyecto que lleva el cine al espacio público y a los barrios durante el verano. Cajas de pizza y latas de cerveza se abrían por doquier. Y aunque para el día de hoy ya muchos conocerán la aventura de Karamakate y Theo von Martius –yo mismo tuve la ocasión de verla en marzo en los cines barceloneses–, fue agradable reencontrarme con esa serie de postales llegadas desde el río, la selva y el alma humana, que descubrí adquieren aún más fuerza y belleza la segunda vez que uno las ve.

Al lugar ya no le cabía nadie más. Por los acentos noté que muchos eran colombianos, lo que no es extraño en el barrio de Sants, que tiene una importante población emigrada de Latinoamérica. Pero muchos otros eran vecinos catalanes de siempre, que venían a entretener la noche con un poco de cine. Pero viniésemos de donde viniésemos, los espectadores concluimos el día frente a una película sencillamente universal, que trascendió cualquier frontera para terminar entre las estrellas de una noche de verano a orillas del Mediterráneo, congregando a todo el mundo bajo el lenguaje único del buen cine, el queso y el pepperoni.

El viernes en la tarde tuve una revelación que lleva por nombre Siembra (2015). Sucedió en el cine Zumzeig, una pequeña sala dedicada al cine independiente y en ocasiones invisible, también en el barrio de Sants. La película de Ángela Osorio y Santiago Lozano me enseñó la poesía de la tragedia colombiana contemporánea: el desplazamiento forzado. Sí, es una película marginal, pero no otra película marginal. Es cine del bueno, de ese que dilata las pupilas y pone a la sala trémula; que no miserabiliza lo miserable ni revictimiza a la víctima.

Sus imágenes en blanco y negro recorriendo los arrabales caleños entre el hip-hop y la salsa choque me sonaron a El odio (La Haine, 1995) de Mathieu Kassovitz, mientras el pesado deambular del Turco, interpretado por ese hombre sublime que es Diego Balanta, para resolver el entierro de su hijo caído de manera violenta, me recordaron a La batalla de Tabatô (A Batalha de Tabaô, 2013) de João Viana. Películas a las que estimo por hablarme de lo hermoso de la dificultad en un blanco y negro muy matizado, a través de hombres y mujeres a los que todavía les queda esa humanidad a la que se puede respetar y admirar, a pesar del la hez que los rodea y que de paso nos rodea a todos nosotros por fuera de la pantalla. Siembra hace parte ahora de ese grupo y me alegra haberla encontrado.

El bloguero y cinéfilo catalán Miquel Martí Freixes, invitado por la gente de El Perro para que diera una breve introducción a la película, mencionó al Grupo de Cali y el interesante movimiento artístico de los setenta como precursores de una nueva ola de cine caleño lleno de talento, y recordé de pronto ese otro nombre tan conocido de La tierra y la sombra (2015), de César Augusto Acevedo, que no he visto lamentablemente pero que de alguna manera siento justifica, junto con la excelente Siembra, esas palabras medio fácticas y medio proféticas sobre un ventarrón cinematográfico que espero se termine de llevar el polvo que me queda encima. El tiempo lo dirá en próximos Panoramas, quizá, pero confío en que lo dirá en serio.

Llegó el sábado 11 de junio, último día de la muestra, con un coloquio en el Pati Llimona que contó con la participación del cineasta Nicolás Rincón Gille, cuyo documental Noche herida (2015), última entrega de la trilogía El campo hablado, se proyectaría en la noche. Estuvieron presentes además Jorge Caballero, documentalista colombiano afincado en Barcelona, y miembros de los observatorios OVNI (Observatorio de Video No Identificado), ADPI y Colombia en Pau (Colombia en Paz).

Los interlocutores resaltaron en primer plano el trabajo de Nicolás en torno a la problemática del desplazamiento forzado en Colombia, que a través de una posición progresista (en la medida en que no se queda con la depauperada imagen de la víctima, sino con la del ser humano que debe adaptarse al cambio en su cotidianidad), permite entender el verdadero proceso de recuperación de las personas afectadas por el desarraigo, en sus nuevos lugares de residencia donde la vida puede tener perfecta continuidad, sin cargar con la corrosiva etiqueta –que también victimiza–, de la victimización. 

Esa noche me hallé nuevamente en el Zumzeig, sucediendo una fila de personas que llegaba hasta la entrada del cine. Si bien esto suele ser habitual cada vez que hay una proyección que cuenta con la presencia de un director, creo que la convocatoria de El Perro… había resultado inmejorable, sobre todo para Nicolás, quien venía por primera vez tanto al Panorama como a Barcelona. La sala estaba repleta de colombianos, catalanes, y un chico japonés sentado junto a mí me dio una idea de hasta dónde llegarían las imágenes de Noche herida, así como de una de las muchas realidades de Colombia.

Un muchacho de unos diez años trepa los pinos que suelen encontrarse en el altiplano cundiboyacense. Abajo Blanca Rodríguez, su abuela, lo observa sin perderlo de vista un solo segundo. Estos primeros planos resumen la vigilia que los mayores prestan sobre las siguientes generaciones que deben sobrevivirlos. Se pensará que es una peliculilla de abuelos cuidando a sus nietos, pero no lo es en absoluto. Blanca fue forzada a abandonar sus tierras en Samaná (Caldas) y terminó en los arrabales del sur de Bogotá, donde ahora su descendencia debe echar raíces lejos del campo y con identidad urbana.

Para Nicolás era importante «ver cómo el saber popular del campo podía resistir o no a la violencia urbana», una investigación sobre el desplazamiento que concluía un tríptico del conflicto armado en las provincias, iniciada en el 2010 en algunos barrios periféricos de la capital colombiana y que se materializó en lo que habíamos acabado de ver.

En los barrios altos del sur descubrió que «quería invertir la mirada, no ver las colinas desde la ciudad, sino ver la ciudad desde las colinas», lo que permitió configurar una idea de ese campo que existe a las afueras de toda gran ciudad al que ha venido llegando la mano de obra campesina desde la Revolución Industrial, y en el que en mayor o menor medida, ésta ha logrado conservar y aplicar el conocimiento y las costumbres rurales. Blanca se refugia en la mitología del campo, en las «benditas almas» frente al diablo para proteger a sus nietos cuando salen a las calles infinitas que se pierden en un punto luminoso y lejano, abajo al pie de las montañas.

El Panorama terminó pero aún no puedo dejar de sentirme avergonzado por el polvo que me queda, aunque diría con satisfacción que ya no soy carroñoso. La muestra me sirvió para eso, para rejuvenecerme y para rejuvenecer a Colombia, para ver lo que nunca había visto en ella. No puedo siquiera imaginar lo que veré en próximas ediciones, pero mientras las haya, las imágenes seguirán corriendo por mis venas. No es algo fácil, si se tiene en cuenta que para 2013, cuando inició el evento tanto en París como en Barcelona, llegó a haber en el de esta última hasta cinco realizadores invitados, lo que nutrió significativamente el contenido del Panorama. Pero a partir del 2015 la capacidad mermó, al punto de que este año solo fue posible invitar a Nicolás, y eso porque está radicado en Bruselas.

¿Y el Ministerio de Cultura qué? Durante las dos primeras versiones colaboró con tiquetes aéreos para el desplazamiento de cineastas y demás participantes de las producciones al festival, pero en esta ocasión no vi su logo por ningún lado, como a ningún otro realizador involucrado. También es cierto que el número de exhibiciones de películas colombianas alrededor del mundo ha incrementado desde que existe el Panorama (el último Colombian Film Festival en Nueva York cumplió también su cuarta edición en marzo), que si bien indica que Colombia es un país con presupuesto cultural, paradójicamente obliga a distribuir los pocos recursos que se tienen entre un mayor número de asociaciones, haciendo que los estímulos económicos sean menores para cada una.

Como sea, es claro que a estos chicos no les tiembla la mano a la hora de hacer un festival de cine colombiano al otro lado del Atlántico, y siempre y cuando haya entusiastas que estén dispuestos a apoyarlo por el simple amor al cine, El Perro y el Panorama seguirán creciendo. A Elena Ritondale por ejemplo, italiana y llegada recientemente al grupo, me dice que le encantaría hacer algo en Roma –tal y como lo hizo Liliana en Barcelona–, lo que muestra el potencial de la divulgación de estas imágenes hechas en Colombia, aunque es muy conciente del reto, pues es «importantísimo el grupo, el colectivo que se encuentre, que haya una intención autónoma de construir algo así, porque no puede ser algo que te llega de afuera y que alguien te impone». Pero si ha habido gente para sacar esto adelante desde hace cuatro años en dos importantes ciudades europeas, seguramente la habrá en Italia como en cualquier parte, no solo porque los colombianos estemos regados por todos lados, sino porque hay un excelente cine que invita a hacer cosas extraordinarias por él. 

Estoy seguro de seguir oyendo los ladridos de ese gozque cada vez más fuertes, que espero consigan sacudirme hasta la última mota de polvo.

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