Javier Tomeo (1932 - 2013)

Entre madres y monstruos

Pocos autores en la narrativa en castellano han escrito sobre la madre tan prolíficamente y con tanto rigor y ternura como lo hizo Javier Tomeo, quien falleció el sábado en Barcelona. Extravagante e inconfundible, Tomeo trató reiterativamente en su literatura la presencia a la vez amorosa y castradora de la figura materna. Aquí, una de las últimas entrevistas que concedió antes de morir.

2013/06/24

Por Giuseppe Caputo

De Javier Tomeo se dice que no tiene lectores sino devotos: el mensaje que un señor alemán le escribió hace unos años solicitándole permiso para incluirlo en su testamento es una de las anécdotas más representativas de la admiración y agradecimiento que despierta su obra en un público que, aunque nunca ha sido masivo, le es muy fiel.   

Con frecuencia sus libros fueron criticados por su repetición –Juan Benet se refirió a ellos como "croquetas", por ejemplo– y sin embargo, sus historias sórdidas, hilarantes y tiernas (todo al mismo tiempo) y su evidente regodeo y goce al escribir, prácticamente palpable para el lector, también llevaron a que críticos como Rafael Conte, de Babelia, lo reconociera como un humorista, surrealista imperturbable y personalísimo escritor.

Nacido en Huesca, España, en 1932, y fallecido el sábado en el Hospital Clinic de Barcelona por causa de una diabetes severa, Tomeo escribió medio centenar de libros entre novelas, obras de teatro y antologías de cuentos. Amado monstruo, La mirada de la muñeca hinchable, El castillo de la carta cifrada, Los enemigos, Conversaciones con mi amigo Ramón, La noche del lobo, El cazador de leones, Los amantes de silicona y La soledad de los pirómanos, son algunos de sus trabajos más representativos. Constructores de monstruos fue la última novela que publicó.

La madre omnipresente

Muchos de los personajes de Javier Tomeo están atravesados y condicionados –en ocasiones hasta extremos patológicos– por una omnipresencia de la figura materna (y una ausencia del padre, por ende). Son hombres que no conocen un amor distinto al de sus madres y que además consideran que no puede haber amor mayor que el que existe entre una madre y un hijo. En Amado monstruo, por ejemplo, nos encontramos con dos hombres que, en una entrevista de trabajo, descubren que los hermana el hecho de tener una madre posesiva, por decir lo menos. En La mirada de la muñeca hinchable la madre del protagonista, muerta hace años, se “aparece” de vez en cuando para besarlo en la frente. En La patria de las hormigas uno de los personajes hace preguntas y las responde imitando la voz de la mamá.

En Los enemigos, curiosamente, esa sobreprotección materna, esa omnipresencia castradora, no es presentada desde el punto de vista del hijo sino desde el pensamiento de un hombre delirante que se atreve a asegurar que hay un complot para secuestrar a “su retoño”: “¡Qué maravilla si mi hijo fuese como una de esas estrellitas que brillan ignoradas en un rincón del cielo, fuera del alcance de esa turbamulta de astrónomos codiciosos! (…) Existirá siempre gente mezquina que llama soga a nuestro cordón umbilical, a nuestro hilo espiritual, a nuestro gran amor hecho cáñamo (…) Llámeme mejor víctima propiciatoria de esa turba de miserables que se jactan de amar y, no obstante, admiten la distancia y la reflexión”.

Monstruos que buscan interlocutor

“Un intento de diálogo es siempre una posibilidad de amor”, solía afirmar Javier Tomeo. Y la reflexión atraviesa su producción literaria: lo vemos en El cazador de leones, cuyo protagonista busca conocer a una amante haciendo llamadas telefónicas al azar. O en La mirada de la muñeca hinchable, cuyo narrador le habla al monigote de silicona que descansa en su sala. Y en Los enemigos, cuyo protagonista le escribe misivas a un detective que no existe.

También lo vemos en El castillo de la carta cifrada: “Mañana continuaré escribiendo otras cartas enloquecidas y el mundo, por fin, acabará por comprender que el dolor es general, y que deben adoptarse medidas más urgentes que una simple reforma a la Constitución”.

Todos estos personajes pueden enmarcarse en lo que la escritora Carmen Martín Gaite llamaba “la búsqueda de interlocutor”. Según El País de España, “los personajes de Tomeo se caracterizan por su papel de comentaristas extraños de todo lo que les rodea. La suya es una ‘visión esperpéntica y deformada de la realidad’, que el escritor reconoce se repite de una de sus obras a otra”.

Y el humor, siempre el humor: “¿No le parece a usted, mi buen amigo, que hoy en día se está muriendo gente que no se había muerto nunca?”, escribió en Los enemigos.

A continuación, una de las últimas entrevistas que Tomeo concedió antes de morir.

¿Cómo fue que estudió Criminología y terminó dedicándose a la literatura?

La respuesta a esa pregunta sería demasiado larga. Sí te diré, de todos modos, que la literatura puede estar en todas partes. Estudié Criminología (cuidado, no Criminalística, que es un compendio de simples técnicas policíacas para descubrir a los culpables de un delito) porque pensé que podía ayudarme a encontrar ese camino secreto que conduce al calvero del bosque, a lo más profundo de la arboleda. Dicho de otro modo: hasta ese misterioso espacio del alma donde se generan nuestros sentimientos más secretos y nuestros impulsos más irracionales.

Quisiera preguntarle la salud mental de la gran mayoría de sus personajes. Lectores y críticos dicen que están locos.   

Se sienten solos, hasta el extremo de que alucinan para huir de su soledad.

Aparte de la sobrepresencia materna, otra constante de su obra son las asimetrías, los “monstruos por exceso” (como los personajes de seis dedos o los niños que nacen con dos o tres cabezas), los “monstruos por defecto” (que nacen con menos extremidades de las debidas) y personajes que no se atreven a mirarse en el espejo…

La perfección es aburrida, carece de atractivo literario.

(Tomeo considera, además, que “el monstruo es una metáfora, una vía de perfeccionamiento interior: está ahí para que aprendamos a amarlo, para que nos sintamos menos disconformes con nuestras pequeñas anormalidades de burgués”).

Ramón es un interlocutor permanente de muchos de sus personajes. ¿Quién es Ramón, de dónde salió?

Ramón existe. No es un simple invento literario: es un personaje de carne y hueso, lo tengo a mi lado, habla realmente conmigo. Lo que sucede es que algunas veces, cobarde yo, pongo en sus labios opiniones que a mí no me interesa exponer porque no me parecen políticamente correctas. En  esas ocasiones me sirvo de Ramón, lo utilizo, se convierte en mi alter ego, en mi homo duplex.

(En Conversaciones con mi amigo Ramón, Tomeo escribe: “Las genialidades de Ramón empezaron muy pronto. Un día, cuando aún no había cumplido los cinco años, le preguntó a su madre, mientras la dama estaba leyendo un libro, si leía lo negro o lo blanco de las páginas”).  

 

A lo largo de su obra nos encontramos con la idea de amor y compenetración…

Algunos veces pienso que el amor  es una "construcción cultural" que nos inventamos, a nivel inconsciente, sólo para sentirnos insatisfechos. Es decir, una excusa para desear más, para ir más lejos. En cierto modo, ya lo dijo Platón cuando definió el amor como un estado intermedio entre el poseer y el no poseer. Cuando por fin  poseemos corremos seriamente el riesgo de dejar de amar.

Reflexión sobre la escritura y la palabra

Los amantes de silicona fue la penúltima novela de Tomeo. Más que una novela erótica o, como el mismo protagonista la define, “interactiva y pornosentimental”, el libro es una reflexión sobre la escritura y una crítica al oficio: “Claridad, mi querido amigo, mucha claridad. No seas como esos escritores que oscurecen a propósito sus textos, pensando (como aquel sabio griego cuyo nombre no recuerdo en este momento) que donde reinan las tinieblas palpita una indefinible grandeza”.

Comentario que nos hace recordar el amor de Javier Tomeo por la palabra. Un amor tal vez mayor –y tal vez porque admite la distancia y la reflexión– que el amor que las madres de sus obras les tienen a sus hijos y que el amor de esos hijos por sus madres: “Preferiría que el alfabeto hubiese sido lo primordial”, concluye Tomeo en ese homenaje a la palabra que es El alfabeto. “Es decir, que primero hubiesen sido las letras y que el mundo fuese creado después conforme a ellas. Eso colmaría de felicidad a todos los que siempre hemos considerado que la palabra, por muy engañosa que sea algunas veces, es la única forma de entendimiento entre todos los hombres”.

Permítame terminar la entrevista con una pregunta que se hace el protagonista de La noche del lobo: “¿Tenemos los hombres derecho a que nos cuenten de viva voz historias tan bellas?”

Yo diría que sí, pero tenemos también la obligación de escucharlas.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.