Ethan Zuckerman nació en Estados Unidos en 1972. Foto: León Darío Peláez.

“La victoria del No fue un rechazo al sistema”

El activista, académico y periodista estadounidense Ethan Zuckerman, director del Center for Civic Media de MIT, llegó al país para asistir a la ceremonia de los premios Simón Bolívar. Habló con nosotros sobre el plebiscito, el periodismo y los retos del mundo digital.

2016/11/03

Por Christopher Tibble

Usted viajó por Colombia hace cinco meses, antes del plebiscito….

Vine como parte del Open Society Foundations, la red de subvenciones más grande del mundo, que hace poco abrió una oficina en Bogotá. Open Society apoyó el voto del Sí. Visitamos el país para ver en qué consistía el debate y para averiguar cuál era el paso a seguir tras la victoria del Sí. Fuimos a Bogotá, Medellín, Popayán y a un pueblito en el Cauca. Escuchamos muchas perspectivas, pero de todas formas nos sorprendió la victoria del No, y ahora me interesa saber cuál va a ser el próximo paso, pues en ese momento la gente no hablaba de qué se iba a hacer si ganaba el No.  

¿Qué opina sobre los acuerdos de paz y la victoria del No en el plebiscito?

La política es el arte de lo posible. Y el acuerdo era lo que era posible en su momento. Hoy, en la entrega de los premios Simón Bolívar, voy a hablar un poco sobre el plebiscito y sobre la idea de que no fue el No el que ganó, tampoco Uribe, sino el 65% de personas que no votaron. Lo que en verdad vimos fue un voto contra las instituciones, contra los gobiernos, contra la burocracia. Fue un voto en el que la gente dijo: ‘estas cosas no nos representan’. Es interesante porque rechazar esas cosas, votar no, o decir no voy a participar, es algo muy fácil de hacer. Construir algo requiere muchísimo trabajo, en este caso 4 años en La Habana para lograr el acuerdo, pero para eliminarlo no se necesita de mucho. Y es ahí donde la cosa se vuelve tan difícil, cuando la gente pierde la fe en las instituciones o en la autoridad. Las personas pueden ser muy eficaces destruyendo cosas pero no lo son a la hora de construirlas. Y eso puede llevar a una situación muy oscura.

En 2016 esa oscuridad parece global: está el Brexit, el No, Trump. ¿El internet, como un proyecto democratizante, ha fracasado?

No creo que el internet sea el punto de partida. En Estados Unidos, desde que se acabó la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los años setenta, la inequidad social disminuyó y la prosperidad económica subió, había niveles muy altos de inversión por parte del gobierno, se construía infraestructura, aparecían nuevos colegios; pero todo cambió en los ochenta. Todo se desplazó cuando los neoliberales dejaron de confiar en el gobierno afirmando que este no podía hacer nada bien. Para empezar, eso es una profecía autocumplida: si le quitas dinero al gobierno, pues entonces este no puede hacer nada. Pero también vemos cómo han fracasado los Estados de maneras muy significativas. En mi país, el momento en que la gente comprendió que el gobierno no estaba haciendo todo lo que se pensaba que podía hacer fue con Katrina, cuando Nuevo Orleans literalmente fue destruida, y el gobierno no hizo nada. Si tu le hubieras preguntado a un estadounidense en 1965 si confiaba en el gobierno, 71 % le hubiera dicho que sí. Hoy, alrededor de 15 % diría lo mismo.

¿Y a qué lleva, exactamente, esa desconfianza?

Cuando no hay confianza en las instituciones, lo primero que hace la gente es buscar información que le valide lo que siente. Y el Internet ha hecho que sea mucho más fácil encontrar estas historias, estas narrativas de por qué no se debería confiar en el sistema. En Estados Unidos uno ve movimientos como los ‘antivaxers’, quienes creen que las vacunas están envenenando a sus hijos, el movimiento ‘birther’, que sostiene que Obama no nació en Estados Unidos. También están los blancos nacionalistas, que afirman que el gobierno pretende eliminar a la raza blanca. Esto es algo que da pena leer, pero que la gente encuentra y comparte.

Cuando no se confía en un sistema, la gente empieza confiar en los individuos. Duterte y Trump le dicen a la gente: ‘el sistema no funciona, deberían confiar en mí, yo lo puedo arreglar’, y muchos responden: ‘Sí, usted es un hombre fuerte, probablemente lo puede hacer. Sabemos que el sistema no funciona, díganos qué hacer’. Esto puede estar pasando en Colombia también, y mi preocupación es que cuando uno ve a la gente votando No, o no votando, están diciendo que no confían en el gobierno, en el tiempo transcurrido en La Habana, en todo lo que se supone que los representa.

¿Qué se puede hacer entonces?

Hay que buscar otras formas de comprometerse social y cívicamente. Uno se puede encerrar y decir que todos son corruptos, o puede buscar otras formas de involucrarse. El centro que dirijo en MIT se llama el Center for the Civic Media, y el civic media es justamente una de las maneras en que la gente se puede comprometer para lograr cambios sociales. Así que cuando uno ve a gente haciendo memes de Black Lives Maters, ellos están diciendo que hay otras formas de lograr cambios sociales. No se trata de elegir funcionarios o de pasar una ley, sino de cambiar la manera en que se presentan las noticias, en este caso a la personas negras que mueren en manos de la policía, para lograr que la gente pare bolas. Así se puede empezar a cambiar las normas sociales.

Cuando uno mira las redes sociales, la gente se escandaliza por todo pero por poco tiempo. El exceso de información abruma al lector, y pareciera que en el largo plazo resulta  muy complicado comprometerse con algo. ¿Qué papel juegan los medios en todo esto?

La gente no maneja muy bien la abundancia. Cuando nos presentan con demasiadas opciones, casi siempre optamos por lo que nos va a dar más felicidad y no por la mejor decisión. Entonces cuando los medios interactúan con las personas hoy, les están diciendo dos cosas: ‘entérese de esto porque va a afectar su vida’ o ‘entérese de esto porque sus amigos sabrán sobre esto así que usted también debería’. Esos impulsos nos llevan a mirar las noticias en el corto plazo, sin ver el esquema mayor de las cosas.

También me preocupa que la manera en que leemos noticias hoy nos lleve a la desesperanza, a que el lector se sienta impotente ante tantas tragedias y ante su incapacidad de cambiar las cosas. Estas noticias nos hacen sentir menos poderosos, y lo que quiero es averiguar cómo hacer para que la gente se sienta más poderosa. Una solución puede ser que los medios empiezen a hacer proyectos en conjunto con sus lectores. El problema es que la gente de los medios tiene tanto miedo a vociferar sus opiniones en nombre de la imparcialidad que se terminan castrando. Sin opinar, los medios pierden su capacidad de cambiar las cosas, y así no le hacen justicia a sus lectores, pues no les enseñan cómo comprometerse.

En una reciente edición de ‘Arcadia’, el periodista Glenn Greenwald afirmaba que la prensa neutral nació cuando las grandes compañías empezaron a comprar medios en los años sesenta. Para él, todo periodista debería ser un activista...

Creo que Greenwald se equivocó en su cronología. El periodismo neutral inició en los años veinte y treinta, y tenía que ver el movimiento progresista, que exigía que el público estuviera mejor informado, y también con el hecho de que los periódicos querían vender ejemplares tanto a los de la izquierda como a los de la derecha. Pero te digo esto: hoy en Estados Unidos la gente trata peyorativamente a los periodistas activistas como Glenn. Eso no debería ser así porque la historia del periodismo activista es una causa de orgullo. Es la historia de los periódicos negros, por ejemplo, que no iban a ser imparciales frente al tema de la esclavitud. Hoy hay un movimiento llamado periodismo constructivo, según el cual los periodistas no deberían hacer reportería si no pueden ofrecer una solución al tema en mano. En Colombia hay buen periodismo activista, como el que hace María Teresa Ronderos: tiene opiniones, pero al mismo tiempo es cuidadosa y justa. Ser justo no significa ser imparcial. A veces hay que ser activista.

¿Cómo se relaciona el periodismo activista a su teoría del Cute Cat (gato tierno)?

Esa teoría se refiere a cómo los activistas deberían utilizar las herramientas disponibles. Yo tengo tres identidades: el académico, el periodista y el activista, y creo que en el fondo me identifico más con la tercera. El ‘Cute Cate Theory’ la elaboré hace 10 años para rogarle a la gente de que no construyera nuevas tecnologías para el activismo, sino que en cambio utilizaran las que ya existen. Lo curioso es que eso pasó: ya no vemos el mismo surgimiento de nuevas plataformas alternativas. Vemos, en cambio, a los activistas usando Facebook y YouTube de maneras muy efectivas, y a su vez presionando a esas empresas para que permitan la libertad de expresión. Durante la Primavera Árabe varios amigos me mandaban videos de protestas en las que la policía usaba munición real, y lo increíble es que YouTube no los bajó, sino que apenas les puso un disclaimer. Hace diez años pensábamos que para estar seguros debíamos escondernos, pero resulta que la única manera de ser poderosos es ser públicos. Puede que no sea lo más seguro, pero al usar estas plataformas masivas es muy difícil que los gobierno te censure. Creo que la teoría ha funcionado.

¿Eso significa para usted que la ‘Deep web’ y herramientas como The Onion Router (TOR), que permite navegar la web anónimamente, no sirven de nada?

Yo he aconsejado varias veces a los fundadores de TOR, apoyo mucho el proyecto. Pero solo porque considere que el activismo debería interactuar con los medios y ser visible, no quiere decir que no entienda la necesidad de la privacidad. Si uno trabaja con material muy sensible, si uno está bajo la supervisión de un gobierno, TOR puede ser una gran herramienta. Dicho eso, creo que publicar en la deep web es una manera de permanecer escondido e invisible, y creo que es en la web normal donde se ve el verdadero activismo y coraje. Hace 10 años yo ayudaba a la gente a hacer blogs anónimos en TOR, y un amigo activista egipcio que hoy está en la cárcel me dijo que no estaba de acuerdo, pues creía que si uno va a ser un activista, uno debe reconocer los riesgos y exponerse. Hoy estoy de acuerdo, pero no creo que todo el mundo tiene que ser así de valiente.

En 2013 usted publicó el libro Rewire: Digital Cosmopolitans in the Age of Connection (Recablear: cosmopolitas digitales en la era de la conectividad), en el que habla sobre cómo a pesar de que todos estamos potencialmente conectados, la gente cada vez está más aislada. ¿Qué quiere decir para usted ser un cosmopolita en la era de la conectividad?

Ser un cosmopolita hoy es darse cuenta de que hay personas alrededor del mundo que viven de manera distinta a uno, que pueden tener otros valores y que, aún así, uno quiera conectarse con ellos e interactuar. Es una forma de decir: ‘acepto que este es un mundo global y quiero vivirlo en toda su complejidad’. El libro, de alguna manera, en realidad se trató de entender que eso era una esperanza compartida por muchos. La misma que tuvieron los que veían al internet como una utopía en sus inicios. Porque, valga decirlo, eso no es lo que ha pasado. El internet hace que sea teóricamente plausible recibir y compartir noticias de todo el mundo, pero hoy vemos una fuerte tendencia hacia lo local y regional. La gente busca información que es consecuente con sus ideas políticas, busca a la gente que ya conoce. La idea del cosmopolitismo es muy importante, pero lo que vemos hoy en día es una tendencia hacia el nacionalismo. Lo interesante para mí de escribir el libro fue ver cómo, en su comienzo, el internet tenía una política cosmopolita, y hoy tiene una política intensamente local.

¿Qué papel juega ahí la economía, y con eso me refiero a la manera en que el internet personaliza cada vez más a sus usuarios para maximizar el potencial de la publicidad?

El internet basado en la publicidad fue una decisión política. En el internet la popularidad es la regla. Algo que es atractivo a millones de personas es más importante que lo que le importa a unos cuantos. Pero eso no aplica en otros campos. Cuando damos premios de literatura, el jurado no se basa en la cantidad de libros que el autor vendió, sino en otros criterios. Pero cuando se está en un sistema soportado por la publicidad, el juego se trata sobre cuánta atención puedes conseguir. Debemos interrogar eso y preguntarnos si eso es lo que queremos. Y creo que la gente no se hace estas preguntas.

En el libro usted habla de engineering serendipity (la ingeniería de la serendipia) como una forma de confrontar el sistema y el aislamiento. ¿A qué se refiere?

Esa es una solución que se mete directamente con la política de estos sistemas que, por estar influenciados por la publicidad, quieren que permanezcamos cómodos, no quieren que nos cuestionemos las cosas. La serendipia es esa experiencia de descubrir algo que estabas buscando sin saber que lo estabas buscando. Es una de las experiencias intelectuales más poderosas que hay. Creo que si se recablean los sistemas, si reducimos la seguridad y la comodidad y subimos el nivel de la serendipia (la posibilidad de enfrentarnos a algo inesperado) el resultado sería muy interesante.

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