'World Frame' (2017). Andrés Felipe Uribe. Mecanografía sobre papel periódico.

El orden y el caos conviven: la última exposición de El Dorado

Esta es la segunda vez que el artista Andrés Felipe Uribe muestra su trabajo en una galería. 'Los límites de mi mundo' es una reflexión sobre el lenguaje, la lógica y las imposibilidades de ver la realidad sin el filtro del propio "yo".

2017/07/27

Por Sara Malagón Llano

Antes de abrir la galería El Dorado en La Macarena, Valentina Gutiérrez ya quería trabajar con Andrés Felipe Uribe, un artista que había tenido solo una exposición individual, en la galería MIAMI de Teusaquillo. Aun así, Uribe, que hoy tiene 34 años, ya tenía una producción, considerable en cantidad, de obras en papel guardadas en carpetas arrumadas en su casa.

Gutiérrez conoció a Uribe en la librería de Tonalá. Él, que se había graduado de Arte de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, trabajaba allí como vendedor. Cuando llegó a su casa, después de ese encuentro que ella describe como algo particular y un poco extraño -“Andrés Felipe es todo un personaje”-, Gutiérrez se metió a la cuenta de Facebook de Uribe y encontró una pieza de video que le gustó mucho. Le escribió, le contó sobre El Dorado, le dijo que quería que expusiera en su galería, que trabajaran juntos. Él se mostró reticente al principio, pero aceptó y dos años después empezó a hacer las piezas que componen Los límites de mi mundo, una exposición apabullante que le tomó seis meses de trabajo.

La apuesta es ambiciosa. El título viene del Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwing Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Esa proposición del Tractatus se refiere al hecho de que el lenguaje crea los límites del mundo que podemos conocer y abarcar porque nuestra realidad es el lenguaje mismo. La única realidad a la que podemos acceder es, entonces, a aquella que se configura desde nuestro propio lenguaje. Por ello nuestro conocimiento del mundo parte, inevitablemente, de una limitación y una carencia.

Eso es lo que quiere mostrar Uribe con esta muestra: su obra es el resultado de lo que él ha tenido a la mano, tanto en términos de los materiales, formatos y medios que usa, como en cuanto a lo que conoce, a lo que puede decir sobre el mundo. Según Gutiérrez, Uribe trabaja para crear su mundo; para convertir su vida, sus días, su cotidianidad y sus intereses en obra.

Varias cosas se desprenden de eso. Una, que su manera de trabajar es compulsiva -imaginen ponerse el propósito de hacer de los días, con sus minutos y segundos, piezas de arte-, pero sigue una lógica estricta. Otra, que esa compulsividad de la producción es a la vez un comentario a nuestro sistema económico, una crítica, y también una estaca que Uribe se clava a sí mismo. En una de las piezas, capitaliza y registra el tiempo perdido, el tiempo de la inactividad, marcando cada minuto inútil en una factura, en muchas facturas de varios días, o incluso de meses, que terminan siendo montones y montones de recibos y papel. En esa pieza se factura el tiempo no trabajado, y al mismo tiempo se produce en exceso, a pesar del no-trabajo. “Todo es llevado al límite: tanto de la exigencia de cada tarea, como de sus variaciones, y de sus estrategias de clasificación. Todo es demasiado: tiene la forma del delirio, y hace ver lo delirante de todas las empresas totalitarias”, escribe Alejandro Martín, curador del museo La Tertulia y de esta muestra.

Permanente de Tiempo Libre (marzo-julio 2017). Impresión de calculadora impresora electrónica sobre rollo de papel de contablidad.

Pero volvamos al orden. Uribe trabaja con máquinas de escribir para crear piezas que forman figuras geométricas y que van más allá de la palabra. Trabaja con la máquina de escribir para desdibujar el lenguaje. Los papeles que utiliza -ya sean sobres, ya sean hojas tamaño oficio- están todos marcados con un número de serie, con la fecha, incluso con un sello del símbolo de la Real Academia de la Lengua, transformado en una piraña caribeña (“caribe” viene de “caníbal”: la piraña se come a la lengua española). Ese símbolo transformado engendra, en sí mismo, la destrucción de la institución que determina el uso correcto de la lengua.

"Words" Wörtermauer (Welle) (2017). Muro de Texto (en forma de ola) de la palabra "Words". Mecanografía sobre papel oficio.

Uribe, entonces, lo retuerce todo. Del orden se desprende el caos, que no solo se siente al recorrer las salas -volvemos a aquello de la saturación, de la cantidad del material expuesto-: también se siente en las piezas individuales como un tema: incluso la lógica, incluso el lenguaje, tienden al sinsentido. Existe siempre el peligro, la amenaza, de que la cosa se descarrile, de que se salgan de su propio cauce las reglas del lenguaje y de los números.

Las reflexiones de Uribe son interesantes, son contradictorias y plantean problemas. Es una muestra arriesgada, no sólo porque, como dice Gutiérrez, es una exposición desbordada: también porque se arriesga a ser demasiado autoreferencial: el artista es la obra de arte misma. La vida del artista se vuelve el centro, la figura a la que el público mira, como en la sociedad del espectáculo. “Andrés Felipe solo sabe hablar desde él”, dice Gutiérrez cuando le pregunto qué opina de esa posible crítica. “Es una persona absolutamente ensimismada. Es una persona que siempre está en su mundo, pero lo que él intenta hacer es poner sobre la mesa sus referentes para conectar con el mundo de otras personas. Él habla desde sí, pero sobre cosas externas. Crea un mundo común partiendo de ejercicios solitarios que, sin embargo, apelan a un horizonte con el que podríamos relacionarnos todos”.

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