Una estampilla de 1865.

La filatelia, una pasión de viejos

En la primera semana de julio se llevó a cabo una exposición de estampillas en la Academia Colombiana de Historia. Una periodista asistió y descubrió, no sin asombro, la historia de toda una comunidad que ha encontrado en ciertos objetos la posibilidad de volver al pasado.

2016/07/18

Por Sara Malagón Llano

Los objetos sin valor, los muebles de gusto dudoso, hasta los viejos
abrigos descosidos. Las cosas más comunes, de hecho, pueden
revelar escenarios de inusitada pasión.

Lorenza Foschini

“Algunos dicen que somos unos viejitos babosos. Pero siempre digo que el hombre primitivo era cazador. Y en la tribu el que cazaba era respetado. Buscaba la presa, la conseguía y la llevaba a casa. Cuando se acababa la comida, volvía nuevamente a cazar. Así somos los filatelistas: cazadores del mundo moderno, en búsqueda de aquella pieza que nos haga falta, y la buscamos hasta que la encontremos. Una vez encontrada, la ponemos en nuestra colección y salimos en búsqueda de otra”.

Darío Díez Vélez llama a esto una “explicación romántica” del ánimo coleccionista del filatélico, de aquel que siente pasión por coleccionar billetes, monedas, estampillas, sobres postales.

La palabra viene del griego “filo” y “atéleia”, y vendría a significar algo tan raro como “amor por la exención de impuestos” o “amor por lo ya pago”. Es, para algunos, una actividad similar a coleccionar arte. Para otros, una manera de adentrarse en la historia de un país. Antes se decía que la mejor forma de aprender era viajando o coleccionando estampillas, y hay quienes afirman que en las primarias españolas había clases de Historia, pero también de Historia a través de la filatelia.

Es una afición para espíritus investigativos, un método de aprendizaje de la historia a través de los objetos, de lo que ellos tienen para decirnos. No en vano, como dice Deleuze, aprender concierne esencialmente a los signos, que son “el objeto de un aprendizaje temporal, no de un saber abstracto. Aprender es considerar una materia, un objeto, un ser, como si emitieran signos por descifrar, por interpretar. No hay aprendiz que no sea ‘egiptólogo’ de algo (…). Todo acto de aprender es una interpretación de signos o de jeroglíficos”.

Pero verdaderos jeroglíficos fueron, para mí, los que encontré en la exposición de estampillas que se inauguró en la primera semana de julio en la Academia Colombiana de Historia. Lo confieso: no sabía siquiera qué significaba “filatelia” cuando recibí el comunicado de prensa de la exposición a través, claro, de un correo electrónico. Jamás he recibido una carta con su respectivo sello postal y nunca había contemplado una estampilla de cerca.

Había más de 240 marcos que presentaban cientos de estampillas agrupadas por autor y por tema. “Enteros postales de Colombia”; “Cruz Roja colombiana”; “Amigo y trabajador incansable: el perro”; “Vaticano – Tarjetas Postales”; “La orquídea, un tesoro natural”. Marcos de coleccionistas consagrados y marcos de aprendices menores de 18 años. Y entre los marcos, señores elegantes, representantes de la filatelia colombiana y del Club Filatélico de Madrid -invitado de honor-, algunos estudiantes en uniforme de colegio. Y es que los filatelistas inician sus colecciones muy niños, cuando los padres les inculcan el oficio a sus hijos, o después de los 40, cuando se tiene más tiempo y más dinero, ya sea para volver a esa vieja afición o para adquirirla.

Hablarles de filatelia a los jóvenes es sin duda más extraño que hablarles del coleccionismo de acetatos, aunque las estampillas todavía se produzcan y sigan cumpliendo la misma función que tienen desde mediados del siglo XIX: certificar el pago del envío de una carta o una encomienda. Pero internet, los nuevos sistemas de porteo alternativos a la estampilla y la baja difusión de la cultura filatélica han contribuido no sólo a que los jóvenes no sepan de qué se trata; también a la disminución considerable del número de filatelistas.

El Club Filatélico de Bogotá, que es tal vez la asociación más sólida en el país alrededor de la estampilla, pasó de tener 200 socios en el año 2000 a tener 44 en 2012. Ahora son alrededor de 30, que pagan 300.000 pesos anuales por la membresía y se reúnen dos veces a la semana, los jueves en la noche y los sábados en la mañana. Hacen conferencias, conversan sobre estampillas, organizan las muestras, compran, venden, intercambian. “Es para mantener a los socios unidos”, dice Darío. “Afortunadamente existe, pero se está empequeñeciendo ¡porque nos vamos muriendo! Nada que hacer, es así”.

Sin embargo, dice Darío, Colombia es una tierra de grandes filatelistas. Nombra a algunos: el suizo Hugo Goeggel, el alemán Dietter Borfel, el paisa Juan Santamaría. Muchos han muerto y les sigue una generación que en sus palabras “va a morir pronto”, pero que aún se destaca en las exposiciones internacionales.

Según Santiago Cruz, presidente de la Federación Filatélica Colombiana –que agrupa a los clubes de Bogotá y Medellín–, en Colombia hay alrededor de 2.300 coleccionistas. Y ese número se soporta en un censo de coleccionistas oficiales que se hizo en 1970, que a su vez coincide con los datos de quienes están suscritos a 4-72, el operador postal oficial de Colombia.

Y así como disminuyen los coleccionistas, van desapareciendo los comerciantes de estampillas. Si antes hubo seis tiendas en Bogotá, hoy quedan tres. La más famosa es la de la 73 con 15, Filatélica Nueva Época, de don Alfredo Benavides. También sigue habiendo comerciantes de maletín a los que les va mejor porque no pagan arriendo. Pero es la compra y venta por internet en páginas como eBay lo que está desplazando todo lo demás.

Le pregunto a Santiago de dónde viene su pasión por coleccionar estampillas: “Eso es una cosa que está en el gen. Uno la tiene o no la tiene. Normalmente tratamos de inculcársela a nuestros hijos. Pero no hay tarea más vana. Si la tienen, la tienen. Si no, pues no. ¿Que de dónde sale la pasión? No tengo ni idea”.


El coleccionista Darío Díez Vélez

De 1919 hacia atrás

Darío Díez empezó a coleccionar cuando tenía siete u ocho años. Su padre, que no era coleccionista, se lo propuso como una forma de entretención y le ayudó a escribir cartas dirigidas a los consulados de Colombia. La mayoría le contestó. No le mandaron estampillas, pero sí direcciones de gente para intercambiar por correo. A los 15 años entró al Club Filatélico de Medellín, y ahí se mantuvo hasta que entró a la Universidad a estudiar Ingeniería y Administración.

Dejó el hobby por años. En 2007 se pensionó, se fue a recorrer el camino de Santiago y allá conoció a un comerciante de estampillas de Bilbao que le recordó esa vieja pasión. Decidió coleccionar estampillas de Colombia hasta 1919, que es el año de las primeras aéreas, y que hoy son supremamente costosas, difíciles de encontrar y muchas veces falsas. También colecciona documentos prefilatélicos que datan a la Colonia, cuando no existían los sellos postales pero sí unas marcas que hacían las veces de la estampilla: cuando las cartas llevaban la palabra “franca”, ya estaba pagado el envío. Si decían “deve”, quien recibía la carta lo debía pagar. Muchas veces la gente prefería no abrir la carta para no pagar. Los correos perdían así mucho dinero.

Entonces el inglés Sir Rowland Hill, un maestro de escuela que propuso la reforma al sistema postal inglés, se inventó la estampilla, que es en realidad un recibo de pago previo al envío por correo al que se le pone un matasellos encima para que no vuelva a ser usado. “La primera estampilla del mundo fue el Penique Negro, que circuló por primera vez el 6 de mayo de 1840 y lleva la efigie de la reina Victoria”. Darío coge un álbum y saca una, para mi sorpresa. De ese modelo se imprimieron 65 millones de estampillas. “Se la compré a un mercader en Londres. El sobre originalmente se lo mandó un señor que arreglaba jardines a una lady, es una cuenta de cobro”.

La primera estampilla de Colombia nació casi 20 años después, en septiembre de 1859. “Es ésta” y, para más sorpresa, repite el gesto. “Son muy chiquitas y muy feas, como puedes ver, y no son costosas. Pero son las primeras estampillas de Colombia”. En ese momento el país era la Confederación Granadina de los Estados Unidos de Colombia y el diseño de la estampilla se mantuvo igual hasta 1882, cuando el país cambió su nombre a República de Colombia. En ese año un señor, llamado Gustavo Michelsen Uribe, pidió que no se destruyera lo que había en la oficina de correos y lo compró todo. Pero además de comprarlo todo, hizo reimpresiones ilegales.

Entre las estampillas que más le interesan a Darío están las de la Guerra de los Mil Días, porque a causa de lo difícil que era comunicarse en un país preindustrial y en conflicto, estas tuvieron que dejar de producirse solo en Bogotá y se empezaron a imprimir también en Medellín, Popayán, Barranquilla y Cartagena. Por la crisis, surgieron en esa época los primeros sobres con hiperinflación del mundo. Las estampillas se hicieron incluso con un papel más delgado, sedoso, porque no había dinero para comprar papel fino. En ese entonces tampoco había una cultura filatélica consolidada, por lo que la gente generalmente recibía el sobre, lo rasgaba y lo botaba. Y si se conservaba, terminaba en ambientes húmedos que lo destruían. Por último, es probable que se perdiera mucha correspondencia durante la guerra.

Por todo esto, y porque el valor en el mundo de la filatelia lo determina la rareza y la escasez, no es gratuito que un coleccionista ponga sus ojos en esas estampillas y sobres postales. En 1910 se hizo una serie, también muy apreciada, por el centenario de la Independencia, en la que se dejó a un lado el tradicional escudo nacional y se le abrió paso a la figura humana, al rostro de personajes ilustres.

En esos años, cuenta Darío, surgieron otros productos postales interesantes, como las tarjetas, que rompieron con una característica fundamental del correo: la privacidad, al estar el mensaje expuesto; o las cubiertas de valor declarado: la estampilla más grande del mundo y la primera a cinco colores. El amarillo, azul y rojo de la bandera eran puestos a mano con acuarela después de la impresión.

Darío se enorgullece de esos sobres, y de otras de sus piezas, pero cuando le pregunto cuántas tiene responde que no tiene ni idea, y que ni eso ni el precio importan: “A la gente le gusta saber que la estampilla más costosa del mundo se remató en 9.5 millones de dólares en una subasta en Nueva York. Es la estampilla más costosa del mundo. Es fea, pero es la única. ¿Y por qué pagaría tanto? El comprador, el diseñador Stuart Weitzman, decía –aunque no sé si de corazón– que cuando chiquito siempre veía ese huequito en su álbum, esa cosita sin llenar”.

“¿Y si no existe? ¿Cuándo sabe uno que la búsqueda de estampilla tiene que terminar?”, le pregunto. “La búsqueda acaba cuando no existe más información”, responde.

De la estampilla aérea hasta hoy

Santiago Cruz debe tener unos 55 años, pero se dedica a coleccionar estampillas y obras de arte. Empezó por las monedas cuando tenía 12 años. Llegó a tener piezas tan valiosas que cuando se graduó de Arquitectura las vendió y de eso vivió en Francia por dos años y medio “a cuerpo de rey. Como un estudiante, pero rico”.

Cuando volvió su papá le regaló la incipiente colección de estampillas de su abuelo. “Le dije que las estampillas me parecían pendejas. Las veía como pedacitos de papel, no entendía muy bien qué eran en ese momento, pero luego me empecé a encarretar”.

Como se considera un coleccionista nato, quiso volverse también expositor. Entonces apareció Dieter Bortfeldt, quien lo guió a él y a muchos otros filatelistas en Colombia. Le aconsejó que se especializara en un tema y escogió las estampillas de Scadta, la primera compañía aérea de Colombia. Esa investigación contiene las pruebas de la estampilla, los errores de impresión, las diferencias entre unas y otras. “Me metí en esta estampilla porque a nadie le interesaba y era muy barata. Por eso mismo no tenía competencia y eso es bueno, porque hay gente que le mete fortunas a esto”.

Santiago es miembro del club filatélico de Bogotá, del de Medellín, de la Royal Philatelic Society (Inglaterra), de la American Philatelic Society (Estado Unidos) y del Club de Monte-Carlo (Mónaco). Preside la Federación Filatélica Colombiana desde 2011. Fue vicepresidente de la Federación Interamericana y aspiraba ser miembro de la Federación Mundial. “A esa no llegué”, dice, como si el resto fuera poca cosa.

También pertenece al Comité Asesor de Filatelia, compuesto por filatelistas y funcionarios del gobierno y de 4-72. Ese comité aprueba los diseños que se imprimen cada año, que son 15 en promedio.

“Como pertenecemos a la UPU (Unión Postal Universal), que es la FIFA de las estampillas, nos rigen varias reglas: deben hacerse para celebrar algo cuya fecha de conmemoración haya alcanzado un número redondo; el tema debe ser de interés general; y normalmente, seres humanos vivos no pueden salir en estampillas”. Eso, para evitar la politiquería. Pero hay algunas excepciones. Rafael Núñez se hizo hacer su propia estampilla en vida, y también hay una de Paulina Vega que se expidió cuando ganó Miss Universo.

El diseño más reciente que aprobó el comité fue la estampilla de la paz, para la que extraordinariamente se organizó un concurso abierto que ganó Chócolo, el caricaturista de El Espectador. Me cuenta que a veces sacan series, como la del centenario de la Independencia, que también tiene, o las de departamentos de Colombia. De pronto me muestra una en honor al café, hecha con una tinta que hace que huela a café.

Me cuenta también detalles dementes, como que existe una modalidad de coleccionismo, la Astrofilatelia, que consiste en comprar estampillas o sobres que han ido a la luna y han sido selladas en el viaje de regreso. Él tampoco sabe cuántas estampillas tiene. Son tantas que buena parte de su colección reposa en cajas de plástico.

Me dice, por último y con cierta nostalgia, que el hobby se ha ido acabando lentamente, pero que su apuesta está en las personas que deciden retomar la afición a los 40. Después de eso tal vez la filatelia muera. Aunque lo mismo se ha dicho de la radio, el periódico o la televisión. Insiste, sin embargo, en que lo que no hace la juventud se muere. “A la larga la estampilla pasará a ser una parte de la historia de Colombia”. Y a su vez, una parte de la historia podrá seguir siendo leída a través de las estampillas, por quien quiera volver a ellas.

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