Buda aborrecía la búsqueda de la felicidad, pues la consideraba que llevaba al sufrimiento.

La felicidad, una emoción insensata

La encuesta sobre la felicidad de los colombianos, que realizó el Departamento Nacional de Planeación, ha desatado cierta polémica en redes. Hablamos con un escritor de tendencias budistas, un psiquiatra, un historiador medieval y dos filósofos para intentar comprender, si acaso se puede, qué es la felicidad.

2016/08/17

Por Redacción Arcadia

Por primera vez en la historia del país, el Departamento Nacional de Planeación decidió medir la felicidad de los colombianos para, según su director, Simón Gaviria, desarrollar políticas públicas que mejoren la vida de los ciudadanos. El diagnóstico, basado en una encuesta hecha a 9.710 personas, midió cuatro variables: felicidad, satisfacción, preocupación y depresión. Y arrojó resultados como que los hombres son 2,4 % más felices que las mujeres y que quienes pertenecen a un grupo étnico-y lo reconocen- son más infelices.

Aunque la encuesta puede ayudar al gobierno, hay quienes han criticado su simplicidad pues, ¿cómo se puede medir una emoción subjetiva de manera objetiva? A ese cuestionamiento se le pueden sumar otros: ¿se puede realmente aspirar a la felicidad, si se trata de una emoción y no un estado?, ¿puede terminar siendo más dañino esa búsqueda que, digamos, renunciar a ella y en cambio dedicarse a vivir en el presente?

Con una saludable dosis de escepticismo, recurrimos a varios expertos para que nos contaran, desde sus áreas de conocimiento, sobre qué es la felicidad.

Ignacio Vergara, psiquiatra
En la psicología hay dos emociones básicas: la alegría, que acompaña a la seguridad, y la tristeza, que acompaña al miedo. La alegría es la señal de que el ego interpreta que la realidad presente es favorable a la vida, y la tristeza o el miedo implican que el ego interpreta que la realidad presenta más el lado de la muerte. Esas respuestas básicas se van acumulando, entonces si una persona tiene muchos más momentos de alegría que de tristeza, miedo o rabia, culturalmente se puede decir que es feliz. En el campo psicológico, la felicidad es un término que responde a cuando el ego siente que las condiciones del ambiente son favorables a la supervivencia y a los valores asociados con ella, como el éxito y el logro de las metas.

Pero la realidad es que felicidad es un concepto que genera mucha frustración porque en estas culturas, las hijas de la americana, a la que llamo la cultura happydocrática, se ordena a la gente a ser feliz y eso genera la sensación constante de que hay seres permanentemente felices y otros no, y eso es falso. De hecho, en los momentos en los que debería haber más felicidad, en las navidades, cumpleaños, en las conmemoraciones alegres, es cuando nosotros los psiquiatras encontramos más depresivos, más procesos autodestructivos, que se asocian con el opuesto: la muerte. Si uno profundiza, se trata de que en esos momentos la gente siente que los otros son más felices y ellos no tanto como los demás.

Estas encuestas hacen que el soltero sienta que se tiene que casar para ser feliz, el casado que tiene que vivir en unión libre, el del campo que tiene que ir a la ciudad. Genera una falsa objetividad de la felicidad, y esta no es un valor objetivo, es subjetivo. Además, la felicidad misma es muy ambivalente. Una persona que pierde a un ser querido puede sentir dentro de él emociones familiares de alegría y de tristeza a la vez porque el sentimiento humano siempre es equivoco y ambivalente. Por eso me parece poco científico hacer encuestas objetivas de valores subjetivos.

Alvaro Robledo, escritor que ha investigado sobre budismo y literatura japonesa
Tanto el budismo como el shinto (la religión nativa de Japón) consideran que es una necedad la búsqueda desesperada de la felicidad, como si esta fuera un bien. Para ellos, se trata de una sensación que te atraviesa en un momento. Ellos a menudo comparan la felicidad con el dolor de estómago o el de muelas, como algo que se tiene un momento y que luego desaparece inevitablemente. La búsqueda de la felicidad, para estas religiones, es una pérdida innecesaria de energía porque es un esfuerzo ilusorio y, además, consideran que le ha hecho mucho daño al mundo, a Occidente sobre todo, porque no tiene sentido.

Para el shinto, por ejemplo, no existe el amor o la felicidad. Esas son abstracciones absurdas que Occidente parece necesitar desde hace mucho tiempo. De hecho, en japonés no existe un sustantivo para hablar de felicidad o de amor, y por eso extrajeron palabras del inglés para hablar de esos conceptos. Tú puedes estar feliz, porque esta te atraviesa, pero la felicidad como tal, como sustantivo, no existe. La felicidad, en cambio, es un espíritu que te posee.

Para el budismo zen, la búsqueda de la felicidad es una de las cosas más nocivas que hay, porque es alimentar el deseo y la esperanza, y la esperanza es uno de los grandes errores que puede cometer el hombre, es el último regalo que quedó de la caja de pandora. Ellos buscan vivir en el presente. Ahí la persona se puede encontrar con que en algún momento se encuentra con la felicidad o la rabia, emociones que se pueden observar, pero que todas son igual de irreales. Buda, como personaje histórico, aborrecía la búsqueda de la felicidad, pues la veía como otro deseo que causa sufrimiento.

Jaime Borja, historiador de la Universidad de los Andes y medievalista
Las sociedades medievales son sociedades sencillas, en las que no existe las preocupaciones ni las velocidades de ahora, ni mucho menos el consumo. Entonces, su concepto de felicidad es mucho más simple. Es difícil definir qué es la felicidad, pero las fuentes, como la literatura medieval, muestran sociedades que se aceptan a sí mismas, de poco conflicto a pesar de las imágenes que la gente tiene de la época. Son sociedades muy equilibradas, y esto hace que en ellas la idea de la tranquilidad con respecto a la vida sea mucho más aceptada que en las sociedades de ahora.

Se puede decir que son sociedades de un eterno presente, con preocupaciones básicas, de subsistencias básicas, pero eso depende, claro, de la clase social. Habría que hablar de las sociedades rurales, bucólicas, diferentes a las de los espacios urbanos, donde la burguesía empieza a tener otro tipo de moral, de preocupaciones y consumo.

Lo que manifiesta en la edad media la idea de felicidad es la idea del cielo, porque finalmente es cielo representa la felicidad, y en esa época se encuentran tres momentos de representación del cielo: el primero es como estado de felicidad, cuya representación es el convento, quienes viven ahí o la ciudad como convento; el segundo modelo es el cielo como la Jerusalén celestial del modelo urbano, digamos que si se siguen esos modelos, hay felicidad; y el tercero es el jardín de las delicias, al final de la edad media, que es mucho más corporal, más emocional, que ya está dando un paso hacia la secularización.

Andrea Mejía, filósofa
Aristóteles veía a la felicidad como la vida buena, como una extensión de la vida. Pero hace poco leí un texto de Plotino (un filósofo griego neoplatónico) en el que habla sobre la felicidad de una manera completamente distinta. Él ve el asunto al revés: la felicidad no es del orden del tiempo, sino que es el totalmente intensiva y no extensiva. Mejor dicho, que no se puede medir, ni en una escala ni en una encuesta, de ninguna manera, porque no tiene extensión, es intensivo. La felicidad ocurre pero completamente en contra de esta idea lineal, progresiva (que va hacia el progreso) y extensiva del tiempo. La teoría de Plotino es lo contrario a la idea de la felicidad como progreso, que es lo que suponen estas encuestas.

Rodrigo Restrepo, filósofo
Revisando uno de los mejores libros sobre el tema, La felicidad, desesperadamente, de André Comte-Sponville, me encuentro con estas reflexiones sobre la felicidad y la desesperanza. El Sankhya Sutra, un antiguo texto de la filosofía india, dice: "Sólo es feliz el que ha perdido toda esperanza, pues la esperanza es la mayor tortura y la desesperación la mayor felicidad". En esta misma línea nos encontramos con esta frase del filósofo Merab Mamardachvili: "He vivido toda mi vida sin esperanza. Si se atraviesa el punto límite de la desesperación, en lo sucesivo se abre delante de uno un llano sereno, diría incluso feliz". Por su parte, el escritor francés Jules Renard dice en su Diario: "No deseo nada del pasado. Ya no cuento con el futuro. El presente me basta. Soy un hombre feliz, pues he renunciado a la felicidad". En resumen, la única forma de vivir la felicidad es, concluye Comte-Sponville, dejar de esperarla. La felicidad no está en la esperanza, sino precisamente en la renuncia a toda esperanza futura, a toda idea de una vida mejor, de un ‘progreso‘, etc. En otras palabras, la felicidad no es otra cosa que vivir y amar intensamente en el presente.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com