'El camino de Menin' (1919) de Paul Nash.

La ficción en la construcción de la nación

Para la construcción de la paz, la primera tarea es demoler las murallas que, sin saberlo, nos confinan en bastiones internos y externos de la exclusión; los límites creados y legitimados de generación en generación por las ideologías, por el lenguaje heredado. Hay que desmontar las ficciones para volver a aprender a vivir juntos.

2016/09/05

Por Cecilia Balcázar

Ficción, construcción, lenguaje.  

Sería un propósito  desmesurado, y sin embargo deseable, aspirar a convertir a los interlocutores o a los lectores -como si transitáramos el camino de Damasco-, a una visión  que se hace cada vez más común y que, como lo dice el filósofo italiano Giorgio Agamben, es la única conversión significativa: la que se realiza en el orden del lenguaje. De manera radical, podemos afirmar que es esa conversión la que puede engendrar la posibilidad de la paz. O, si se la rechaza, mantenernos indefinidamente en la guerra.

Ficción puede ser la trama de un relato escrito; una imaginación; una mentira. Pero en el sentido más profundo -dado que la visión contemporánea del ser humano es la de definirlo como un ser de lenguaje y que el lenguaje teje  y materializa la ficción del mundo social en que vivimos; dado que, como lo afirmara Nietzsche, crea el objeto que él mismo analiza posteriormente-, podemos decir que la ficción es la  función extrema del lenguaje; constitutiva y fundacional.  

Esto mueve a repensar su papel no solo en la construcción de la nación, sino de las ideologías que están en la base de lo político; de la paz; de la guerra; del terrorismo y también en la construcción de uno mismo; de las visiones del otro; de los otros; de los valores estatuidos; de todos los prejuicios.

Para poder convivir dentro de comunidades desarrolladas, respetuosas de los consensos alcanzados, solo puede haber acuerdos, tácitos o explícitos, necesarios y vinculantes. No hay un punto de apoyo de verdad, dentro del propio lenguaje, que sirva como piedra, como hito desde donde se pueda juzgar lo verdadero o lo falso. Así lo afirma desde lo político Ernesto Laclau en su artículo sobre la Muerte y resurrección de la ideología. Así lo proclama el filósofo cristiano Gianni Vattimo en su Adio a la verita. Así lo viven los místicos de todas las grandes religiones que encuentran la anhelada piedra angular en el silencio; por fuera de todo lenguaje.   

El lenguaje heredado en la familia y reproducido en la escuela desde la primera infancia afianza el ordenamiento naturalizado en la cultura. Vivimos, sin saberlo, en el imaginario creado por ese ser todopoderoso. La violencia física y simbólica, presente desde antes de nuestra fundación como Estado Nación, tiene que ver con la concepción de los otros, de las otras, sin asimilar positivamente la otredad.

No hay duda de que las acciones terroristas, que llevan hasta la autoinmolación en otras latitudes, se incuban ya desde las canciones de cuna como ha sido descrito en investigaciones sobre el tema. Se activan como fruto del  lenguaje  que interpreta a su antojo textos sagrados -recientemente el Corán-, tal como ha ocurrido en otros momentos históricos con la lectura de la Biblia; o, en lo político, con las lecturas de Marx o de Karl Schmidt.  Y, en lo local, con las diatribas incendiarias de ‘a sangre y fuego’; con las cartillas repartidas por las FARC en las escuelas, dentro de los territorios donde no hizo presencia el Estado.

Para la construcción de la paz la primera tarea es demoler las murallas que, sin saberlo, nos confinan: The prison house of language; los bastiones internos y externos de la exclusión;  los límites creados y legitimados de generación en generación por las ideologías, por el lenguaje heredado.  

Es preciso hacer conciencia de que las armas físicas no sirven contra los fortines de palabras, ya sean ellos políticos, religiosos, económicos, étnicos, de género, de clase. Es necesario el uso masivo de las armas del discurso mismo –similia similibus curantur-,  porque “las cosas semejantes son curadas con las semejantes”; para relativizar las certezas que generan la violencia y saber que solo podemos aspirar a crear órdenes transitorios y frágiles, idealmente basados en la comprensión, la compasión y la solidaridad como cimientos de la justicia.  

En lo atinente a la creación de la Nación, podemos señalar, por ejemplo, lo imaginario del lenguaje del “territorio” -no del terreno- plasmado en la ficción del mapa. “The lie of the land” lo han llamado algunos. Y, si consideramos las distintas instituciones culturales y las relaciones que establecemos con la sensibilidad de los distintos pueblos con los que convivimos, dentro y fuera del territorio, podemos decir que no estamos confinados al espacio delimitado por los tratados, sino que con los pueblos de  América Latina constituimos una gran nación. De allí podemos saltar, en otro terreno de comprensión, a nuestra hermandad planetaria.

La frase muy generalizada, originada en Plauto, de que “El hombre es lobo para el hombre...cuando desconoce quién es el otro” – y esta segunda parte no se cita nunca-, ha hecho camino en el imaginario colectivo,  y pareciera justificar la actuación violenta como efecto de una pretendida constitución natural del ser humano. Pero reconocidos investigadores contemporáneos de su comportamiento, como el neurobiólogo y filósofo Humberto Maturana, demuestran lo contrario; para él y para otros, “El amar es la emoción que sostiene y funda  lo humano y… la aceptación del otro, la otra o lo otro, como legítimo otro... da origen a la convivencia social”.  

En el terreno de lo personal, el lenguaje crea la  ficción de la máscara tras de la cual nos protegemos en la vida; hasta que, con mucho empeño y humildad profunda, logramos -como en una súbita iluminación-, mirarnos, asumirnos, y entender que el ego que hemos construido difiere del yo profundo; ese otro uno mismo, o una misma,  que está por fuera del lenguaje, y que alcanzamos a experimentar cuando nos encontramos en la unidad del  “todos somos uno” de la frase evangélica.

Ficción es la imagen proyectada de los otros, de las otras, condensada en el epíteto con que los describimos, reduciéndolos y confinándolos tras una etiqueta; despojándolos de su versatilidad; deshumanizándolos; transformándolos fácilmente en el adjetivo, en el nombre que los clasifica y los priva de su propia humanidad e individualidad. Ficción la que tilda al otro en la novela de todos los días, de oligarca, opresor, explotador. O de bandido, terrorista, indigente, desechable; apátrida.

Ficción la de las posiciones políticas extremas sustentadas en textos pretendidamente científicos de lo social, de lo económico, en los que se apoya la rigidez doctrinaria de izquierda o de derecha; como si no supiéramos que la propia ciencia es también producto cambiante de la mente de sus creadores y que los modelos –así sean los de las ciencias puras-, los paradigmas que funcionan en un momento dado, no son eternos ni permanentes, y se sustituyen en el tiempo.   

Hay elementos de ficción en la memoria personal y en la memoria de los pueblos.  Es ella también una construcción;  un lenguaje que incluye o excluye selectivamente los hechos del pasado. Dentro del ordenamiento jurídico es preciso tratar de reconstruirla de manera consensuada y asignar responsabilidades. Pero en el plano personal, para poder liberarse del dolor; para poder perdonarse y perdonar de manera radical, hay muchos que sostienen que debemos darle prioridad al  olvido; viviendo en el ahora; borrando cicatrices mediante una comprensión profunda –hasta donde ella sea posible- de uno mismo, de los otros y de lo acaecido. Son a menudo las víctimas de delitos atroces las que nos dan ejemplo de una magnanimidad que las libera de las consecuencias negativas de la memoria.

Habitamos no solo el mundo que creamos desde nuestra experiencia personal sino el mundo creado y recreado según los intereses de los poderosos de la tribu. Vivimos en el mundo del ‘tweet’, de la red social, de la noticia, creyendo ingenuamente que se la puede transmitir de manera transparente, sin el sesgo de la mirada del intermediario. La “opinión pública” se forma muchas veces con el insumo insidioso de los practicantes de la sofisticada técnica del “language spinning”, sofistas de nuevo cuño, que convierten a su antojo cualquier ficción en realidad, cualquier evidencia en mentira, por medio de sus artificios discursivos.  

En el momento actual que afortunadamente nos corresponde vivir en Colombia, podemos optar por el optimismo; darle una oportunidad a la utopía realizable de la paz y de la construcción de una nueva nación, finalizando la larga saga de la guerra entre hermanos. Para eso, esperamos que los ideólogos de las FARC no sigan convencidos de la cientificidad dogmática de una teoría, de un modelo que se cayó con el muro de Berlín; que puedan entender la nueva apertura en que vivimos y los nuevos retos que enfrenta la humanidad. Esperamos también que sus antagonistas puedan entender que el orden de exclusión social, naturalizado en nuestra vida cotidiana no es nada natural sino construido por quienes tuvieron o tienen el interés de crearlo y mantenerlo a través de la historia. Es difícil percibir el orden en el que se nace. Para los unos y para los otros es casi imposible visualizar las rejas de palabras inhumanas o de odio y resentimiento que nos encierran y confinan.       

El desafío para todos, tirios y troyanos, es el de renovar la visión. Mover el caleidoscopio del lenguaje y asumir la difícil tarea de re-ordenar el mundo social que hemos creado, cuestionando los enfoques heredados; las emociones que hemos cultivado. Los pactos y los acuerdos de paz son el comienzo del proceso. Pero hay que volverlos realidad convirtiéndonos -en lo personal y en lo comunitario-, a un nuevo orden de justicia, de respeto y de convivencia con lo que nos es ajeno; obrando con fe y esperanza; guiados no solo por la razón sino, sobre todo, por el corazón. “El corazón tiene razones que la razón no conoce”.

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