Felipe Restrepo Pombo nació en Bogotá en 1978. Foto: Carlos Julio Martínez

“Todos hemos fantaseado con ser otro”

Felipe Restrepo Pombo, director de Gatopardo y exeditor de Cultura de Semana, recién lanzó en Colombia su primera novela, ‘Formas de evasión’, una oscura exploración sobre la identidad.

2016/07/22

Por Christopher Tibble

Víctor Umaña es un espectro. También es un hombre, un recuerdo, un deseo. Es al tiempo el punto de partida y la conclusión de la investigación que encierra Formas de evasión, la primera novela de Felipe Restrepo Pombo, el director de Gatopardo. La obra, recién publicada por la editorial Seix Barral, detalla la persecución de Umaña que emprende un anónimo y obsesivo narrador por México, España y Colombia. A partir de entrevistas y personajes que conoce en el camino, el narrador -y el lector- empieza a dibujar una idea de ese autodestructivo y carismático hombre, que sueña con ser otro. Hasta que un día, en una calle en Ciudad de México, se encuentra con él y, sin hesitar, da rienda suelta a su obsesión. Hablamos con su autor.

Usted se ha dedicado durante años al periodismo y ha publicado varios libros de no ficción, incluido Nunca es fácil ser una celebridad. ¿Cómo fue ese salto a la ficción?

Fue muy natural. Creo que el buen periodismo y la literatura comparten un mismo deseo: el de contar buenas historias. Lo que había tratado en mis libros de no ficción era perfilar buenos personajes. Y si bien son dos oficios muy diferentes, con sus reglas diferentes, al final confluyen en eso. Al final quería que quedara una historia muy bien narrada, muy redonda, con un ritmo bien hecho.

¿Cómo nació esta novela?

Venía pensando en esta historia desde hace por lo menos 10 años. Siempre tenía la idea de volverla en una narración, pero no sabía cómo, tenía una serie de personajes y de historias. En un principio pensé que podía ser un libro de periodismo, pero la ficción me permitía hacer conjeturas, mezclar cosas. Sin embargo, trabajé la novela con las herramientas del periodismo narrativo, con horas de entrevistas, búsquedas en archivos, pues es un libro que se desarrolla en diferentes épocas y lugares. También investigué sobre enfermedades mentales, depresión, alcoholismo, drogas psiquiátricas, así como de Europa a finales de los noventa, los comienzos del 2000 en Colombia y los finales de la década pasada en México.

Luego, hace dos años, cuando tenía toda la información decantada, me senté con la estructura definida y con metas establecidas a escribir. Sentía que ya era el momento para escribirla. No podía seguir dando vueltas. En ese proceso me esforcé mucho para que tuviera un ritmo muy intenso. No es una novela contemplativa o experimental: es una historia con ritmo periodístico, intensa.

El que hila todo es Víctor Umaña, el que conecta a todos los personajes. ¿Él es la ficción que une a las historias reales?

Él sin duda es un personaje ficcional. Armé su historia a partir de cosas imaginarias pero también de muchas personas que conozco y de experiencias que he tenido. Es un personaje que cristaliza la siguiente idea: qué pasa por la cabeza de alguien que quiere desaparecer, que quiere ser otro, que no le basta con tener una vida y una identidad. Entonces me imaginé a este personaje que sistemáticamente deja todo lo que tiene y vuelve a empezar de cero, siempre con la voluntad de ser otro, pero que al final no puede escapar de sus miedos, de sus ansiedades, de sus problemas.

Luego está el narrador sin nombre -algo que hice a propósito-, que se obsesiona con él y lo empieza a seguir por todos lados. Me gustó la estrategia de armar la historia a partir de lo que otros personajes le cuentan al narrador: así armé la figura de Umaña y, de hecho, en el epilogo no se sabe si Umaña es real o no. Quería de esa manera cuestionar lo que nosotros creemos cuando nos cuentan algo, qué tanto estamos oyendo la versión del otro, o un discurso transformado.

Es un poco como jugar con la certeza de la labor periodística...

Es genial la manera en que, por ejemplo con una crónica, la mayoría de la gente da por hecho que se le dice la verdad. Pero resulta que no hay una realidad sino miles, una realidad por cada persona. Me interesaba eso. Llevaba tanto tiempo como periodista hablando de la realidad, con ese acuerdo de ‘le cuento algo objetivo’. Pero en muchos casos el periodista está armando algo que no vio, que no vivió, que le contaron otros.

En la novela resulta evidente que Umaña quiere ser otro, pero también el narrador parece querer ser alguien más. Se menciona mucho ‘Wakefield’, el cuento de Nathaniel Hawthorne en el que un hombre abandona a su familia para observarla durante años desde el otro lado de la calle. Ese deseo de ser otro, ¿también es algo personal?

Obviamente el narrador, que es un personaje muy ambiguo, empieza a volverse un espejo de Umaña y a uno le queda, al lector, la duda de si el narrador siempre estaba hablando de sí mismo, si estaba proyectando un deseo de escapar a través de Umaña, como si ese personaje fuera la fabricación de sus deseos. Empecé a investigar muchos casos literarios y reales de gente que ha querido desaparecer: Rimbaud, Saint-Exupéry y, claro, el cuento de Hawthorne es un ejemplo en la literatura donde se juega con la figura el otro. Rimbaud decía ‘yo es otro’, Wakefiled ve su vida desde afuera. No es una idea novedosa, pero abre la posibilidad de preguntarse qué es uno, qué quiere ser uno, qué es real, qué es ficción. Todos hemos fantaseado con ser otro, es una idea muy liberadora, olvidarse de uno mismo, pero Umaña carga con todos sus traumas y las tristezas de su pasado.

Ese juego de identidad entre el narrador y Umaña cobra mucha fuerza cuando ambos viven juntos, y el narrador asume casi inexplicablemente una postura del todo pasiva. ¿Cómo construyó ese mundo claustrofóbico?

La primera parte del libro es el preludio, la búsqueda, y el final, el encuentro. Lo lógico, lo fácil hubiera sido que el narrador lo confrontar, le confesara que ya lo conocía muy bien, pero asume una actitud pasiva, una de absoluta imposibilidad y decepción frente a ese personaje. El narrador había construido una idea y se encontró con algo distinto, perturbador, y queda desarmado.

Esa parte también tiene mucho de autobiográfico, de experiencias de vida, de convivir con alguien que lo desarma a uno, que lo desestabiliza y que, de alguna forma, lo destruye. Esas experiencias me ayudaron a crear conversaciones delirantes en la novela. Esa parte está narrada al estilo de imágenes de la memoria, con fogonazos que tiene el narrador de Umaña. Y el cierre tiene que ver con que el narrador hace las paces con esa figura, lo perdona. Fue una parte que disfruté pero que también sufrí mucho.

¿Se podría describir la relación entre ambos como una relación erótica?

Nunca lo pensé mientras escribía pero una lectora de me dijo eso, que esta era una historia de amor. Y si tiene todas las etapas de una relación: descubrimiento, persecución, encuentro y, finalmente, la decepción y la separación. Pero no diría que hay algo erótico, pero sí se podría entender como une enamoramiento. Además creo que todos los personajes enamoran de Umaña, no solo el narrador, y por eso proyectan en él cosas que no necesariamente son. Entonces si hay algo amoroso, pero de manera retorcida.

En Formas de evasión hay guiños a personajes colombianos, a ciertas figuras públicas ¿Cuánto tomó de la política nacional y del periodismo?

No solo tomé de Colombia, sino también de México y de España. Quería que la novela estuviera anclada en la realidad. Menciono hechos reales, como el proceso 8.000, ciertas elecciones en México. También aparecen políticos mexicanos, paramilitares, y otras figuras inspiradas en personas reales pero que son fabricaciones. Hay gente que pueda reconocer a ciertas personas, pero nunca fue mi intención hacer una novela en clave.

¿En qué genero situaría esta novela? ¿Es un thriller?

Más que en género pienso en influencias. Me gusta mucho Paul Auster, que toma de lo negro y de lo policiaco sin que sus novelas sean necesariamente eso. También pienso en Capote, que es mi gran ídolo, siempre lo ha sido. En su novela Plegarias atendidas, por ejemplo, hay una cantidad de hechos reales que se mezclan con personajes ficcionales. Pienso que Formas de evasión podría estar en es linaje, que se nutre del discurso periodístico, de lo real, pero que es a la vez una ficción.

Al final de la novela, en la parte de los agradecimientos, hay un nombre interesante. Usted le da las gracias a Ricardo Calderón, quizás el periodista que más ha destapado secretos y publicado chivas en la historia de la revista Semana. ¿Por qué el agradecimiento?

Richie es alguien lo conozco desde hace años y a quien admiro muchísimo no solo como periodista, sino como persona. Es una de los hombres más valientes que conozco y él tuvo el generosísimo gesto de contarme toda su historia de vida. Tuvimos tres o cuatro entrevistas de muchísimas horas, le pregunté si las podía usar bajo la forma de ficción y él me dijo que confiaba en mí. Esta, aclaro, no es la historia de Ricardo, pero si utilicé muchas cosas que me contó sobre lo que pasaba en Colombia. Sobre cómo funciona la violencia, los mecanismos de la maldad. Toda esa violencia pública, me parece, permea la violencia privada y afecta a las personas. Y de alguna manera creo que Víctor Umaña es el reflejo de eso: de cómo una personalidad trastornada se enfrenta a la violencia generalizada.

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