Fotograma del documental.

Los extranjeros

'Fuego en el mar', del italiano Gianfranco Rosi, ganó el Oso de Oro en la Berlinale de 2016. Se trata de un documento terrible y, por terrible, sencillo, poco teatral, muy directo, sobre la crisis migratoria en Europa. Es el tema del editorial de la edición 137 de 'Arcadia'.

2017/02/28

Por Revista Arcadia

La imagen muestra a un grupo de hombres vestidos con trajes encapsulados blancos, máscaras y guantes. Son grupos de hombres europeos (no hay mujeres) a bordo de lanchas inflables, de motores potentes, que alcanzan los botes de madera que han navegado durante 36 horas los 120 kilómetros que separan la costa Libia de la isla de Lampedusa, en Italia. La mayor de las Pelagias, al sur de la península, sobre el mar Mediterráneo, es una roca seca y árida, de apenas 20 kilómetros cuadrados a la que arriban desde hace 20 años miles de inmigrantes africanos, asiáticos y árabes. En general, muchos de ellos han llegado hasta Trípoli para pagar unos 1.000 euros por subirse a un camión que los lleva hasta el puerto. En racimos indistinguibles, como una masa de partes corporales se reparten, unos encima de los otros. Primera clase a babor, segunda a estribor y tercera, en la bodega. Los de la bodega suelen morir víctimas de la asfixia y el calor.

Los uniformados sacan primero a los exánimes. Los van tirando sobre la superficie de la lancha. Sus rostros descompuestos muestran la verdadera cara del mundo. Cinco, diez, quince cuerpos sin rigidez muscular zarpan del primer abordaje. Los rescatistas italianos los conducen hasta un barco de la marina en el cual intentan reanimarlos. En promedio, en cada viaje muere el 30% de los migrantes.

Fuego en el mar*, del italiano Gianfranco Rosi, ganó el Oso de Oro en la Berlinale de 2016. Se trata de un documento terrible y, por terrible, sencillo, poco teatral, muy directo, en el que se cuenta la vida de un puñado de personajes en la isla de Lampedusa y de cientos de inmigrantes que llegan semana tras semana. Es un documental que no juzga ni representa el drama de la inmigración, sino que muestra con franqueza la vida de unos y otros. De esos extranjeros que vienen de la costa africana, sirios expulsados por la guerra; eritreos sin destino; nigerianos de Calabar, etc; e italianos como Samuele, un niño de 12 años que tiene un problema de visión; su padre, un viejo marino y pescador; su abuela, una matrona italiana que cocina, reza y pasa sus días al abrigo; un médico que se ocupa tanto de los migrantes como de la gente del pueblo.

Son escenas sueltas que, una junto a la otra, ponen en evidencia algo mucho más profundo que es, precisamente, de lo que hablaba Jacques Derrida hace 20 años, cuando apareció, en 1997, De la hospitalidad, un libro que había sido uno de los temas tratados en sus célebres seminarios dictados en París, durante enero de 1996. Pronunciarse en aquel momento sobre ese tema, por supuesto, no era azaroso: tanto Francia como toda Europa vivían –como hoy– intensos debates y tensiones sobre la inmigración. La idea de hospitalidad, explicaba Derrida, era fundamental pues permitía pensar en una probable acogida “sin reserva ni cálculo, una exposición sin límite al arribante”, para desde allí construir un vínculo, unas leyes, unas reglas claras para la recepción de esos otros que crecieron bajo el colonialismo europeo hasta bien entrado el siglo XX. Veinte años después, como se sabe, Europa ha cerrado sus fronteras y miles de personas son devueltas, rechazadas, y quedan suspendidas en ningún lugar. Triunfan y campean los discursos nacionalistas, y se culpa, por enésima vez, a los extranjeros de los problemas domésticos causados por un sistema económico implacable. En Francia, el Frente Nacional amenaza con repetir a Trump, y Marine Le Pen, la hija de un filonazi xenófobo, tiene posibilidades de ganar las presidenciales cuya primera vuelta tendrá lugar el próximo 23 de abril.

Decía el filósofo –que vivió el mismo drama por ser judío sefardí y fue expulsado del colegio y perseguido durante el régimen de Vichy– que la primera violencia que sufre el extranjero es tener que hacer valer sus derechos en una lengua que no habla. Suspender esa violencia es casi imposible. Y en las imágenes se ve, precisamente eso. Los hombres, las mujeres y los niños bajan de los barcos, suben a buses, bajan de ellos, son requisados, fotografiados, inventariados. Son un grupo amorfo. No tienen rostro particular ni nombre. Nadie habla su lengua. Nadie les explica las leyes. Serán devueltos pronto y dejados a su suerte en un puerto. Allí seguirán intentando regresar. La propuesta de Derrida por un mundo hospitalario parece hoy más lejana que nunca. Ojalá todos estuviéramos dispuestos a asumir que también somos extranjeros para otros.

*#TodosSomosRefugiados Fuego en el mar tiene sus únicas funciones del 23 al 26 de marzo en Cineco Alternativo. Compre sus boletas aquí >> http://bit.ly/2mDGyf7. Estamos #ConLosRefugiados

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