García Márquez y Barcha llegando a Aracataca por tren en 2007. Crédito: Alejandra Vega / AFP.

Gabo y una flor en un avión

La filósofa Andrea Mejía comparte el recuerdo de cuando conoció a Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha porque, en un país tan polarizado, siente “que tenemos que agarrarnos de la belleza. De la poca y pequeña”.

2016/10/25

Por Andrea Mejía

Como el vuelo La Habana-Bogotá estaba sobrevendido, me asignaron un asiento en primera clase. Qué suerte, pensé. Al lado mío, separado por el corredor, iba sentado García Márquez. No me pareció extraño. Solo pensé en lo difícil que iba a ser llegar a mi puesto. Un enjambre de personas se amontonaba en torno a él, impidiendo el estrecho pasaje. Todo el mundo quería una foto o un autógrafo. O una foto y un autógrafo. Una foto Maestro, le decían. Pero dejen sentar a Mercedes, que lleva toda la vida parada, decía él. Mercedes era su esposa y había quedado atrapada en la multitud. Vi que la cosa iba a tardar. Me senté en uno de los brazos de una silla que estaba dos filas delante de la mía y suspiré. Les rogamos a los señores pasajeros ocupar sus puestos, repetía la azafata por el altavoz sin perder la calma, aunque a mí me empezaba a faltar el aire. Todo el avión estaba de pie y los pasajeros parecían multiplicarse por 100 cada segundo. Por fin la gente tuvo que ocupar sus sillas para el despegue y yo encontré el camino a mi puesto. Antes de sentarme, sonreí a Mercedes que estaba en la ventanilla, al lado de su esposo. Llevaba un vestido blanco y suelto y un collar de grandes piedras azul cielo. Me hubiera gustado pedirle un autógrafo a ella.

Nunca puedo leer mientras despegan los aviones. Siempre estoy esperando el momento en que el avión se estrella contra el suelo como castigo por intentar desafiar la ley de la gravedad. Cuando se apagaron las luces del cinturón de seguridad pude abrir mi morral y buscar en el fondo el libro que llevaba dentro: las Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino. Solo había leído la primera conferencia, Levedad. Busqué los párrafos en los que Calvino se acuerda de la historia de Perseo y habla de la delicadeza que se necesita para ser un vencedor de monstruos. ¡Cuánta razón!, pensé. Una vez Perseo ha acabado con Medusa cortándole la cabeza, libera a su chica (lo que puede parecer aburrido pero desde cierta perspectiva resulta irreprochable), y después “decide hacer lo que cualquiera de nosotros haría después de semejante faena: lavarse las manos”. Por supuesto, pensé. El problema es qué hace mientras tanto con la cabeza de la horripilante criatura. Entonces Calvino decide que en ese punto lo mejor es citar directamente Las metamorfosis de Ovidio: “Para que la áspera arena no dañe la cabeza con pelo de serpientes, Perseo mulle el suelo cubriéndolo con una capa de hojas, extiende encima unas ramitas nacidas bajo el agua, y en ellas posa, boca abajo, la cabeza de la medusa”. El pasaje que sigue es el mejor momento de la conferencia, porque las ramitas acuáticas se transforman en coral.

¿Qué estás leyendo? Me sobresalté. ¿Yo?, pensé. ¿Y quién más iba leyendo cerca nuestro? Levanté la cabeza para inspeccionar. Una señora sostenía la cartilla de seguridad del avión frente a sus ojos. Quinientas pulseras doradas tintineaban en sus brazos. A lo mejor su momento de pánico en los aviones no coincidía con el mío, pensé. Yo no sabía si eso contaba como leer, pero en un destello de lucidez me dije que en todo caso el que preguntaba podía darse cuenta sin dificultad de que lo que leía la señora de las pulseras eran las instrucciones que hay que seguir con cuidado cuando un avión va a estrellarse contra el suelo. La pregunta entonces no tenía ningún sentido. Muéstrame ese libro. Era él, con su acento caribe impecable y dulce. Le mostré el libro. La portada con la foto de Calvino amarilla y sepia y las letras azules del título temblaba entre mis manos. Así que ya estoy enamorada, pensé. Es el mejor libro que he leído en mi vida, me dijo. Me reí. Solo he leído la primera conferencia, le dije. Le hablé de la cama de ramitas marinas que se transforman en coral al contacto con la cabeza del monstruo. Y le hablé de otro tipo que aparece en la conferencia, no tan capaz como Perseo, pero al que le gustaba saltar sobre las tumbas. No me acuerdo cómo se llama, le dije. Claro, me dijo, Cavalcanti. Pero él salta solo porque tiene las piernas muy largas y flacas, agregó. El cementerio es su pista de entrenamiento. ¿Cómo te llamas? Andrea, ¿y tú? Gabriel. Era un chiste, le dije, pero muy malo. Tráenos por favor dos uijqui, le dijo a la azafata que sonrió y le dijo, enseguida, Maestro. Yo no entendía por qué todo el mundo le decía Maestro, pero a lo mejor tenía que ver con el hecho de que nadie sobre la Tierra podía pronunciar tan bien como él la palabra whisky. García Márquez tenía que ser una autoridad fonética mundial. Nuestras mesitas auxiliares se habían desplegado mágicamente y sobre ellas brillaban dos vasos llenos de hielo y uijqui.

Di un sorbo pequeño de mi vaso y le pregunté si se acordaba del cuento de Kafka al final de la conferencia. Es un cuento muy raro, le dije. Recuérdamelo, me dijo él. Obedecí. Un hombre sale a buscar carbón con un balde en el invierno. Usa el balde como caballo volador y la esposa del que vende carbón en una carbonera subterránea lo ahuyenta con la mano, como a una mosca, sin querer venderle un solo trozo de carbón. Al hombre no se le ocurre bajarse del balde. La mujer agita tanto su mano, y con tanta fuerza, que manda al hombre en la grupa del balde más allá de las Montañas de Hielo. Bueno, no me parece raro, concluyó él, es mucho más probable que vuele un balde vacío a que vuele un avión lleno como este. Muy exacto, pensé. La señora de las pulseras parecía ya haber memorizado las instrucciones de seguridad.

Me preguntó yo qué estudiaba. ¿Yo? Tras una rápida introspección, no se me ocurrió ninguna otra aspiración profesional creíble, así que tuve que decirle la verdad. Literatura, le dije. Él se quedó en silencio unos segundos dando grandes tragos de whisky. Pronto pidió otro. Me dijo que le parecía imposible enseñar la literatura. No, si a mí también me parece imposible aprender literatura. Le hablé de las pequeñas vicisitudes de mi vida universitaria mientras la azafata recorría los pasillos del avión con sus pasos inaudibles.

Cuando se acabó el segundo whisky dijo que iba a dormir, porque cuando a uno no le queda mucho tiempo de vida, no puede dejar pasar nunca la oportunidad para una siesta. Es un buen consejo, le dije. Tomó con delicadeza el libro de mis manos, y sin que yo dijera nada, lo abrió en la primera página y dibujó una flor. Con letras enormes, que ocuparon toda la página atravesada por el tallo largo de su flor de cuatro pétalos, escribió, para Andrea, del amigo Gabo, 1997.

Tuve ganas de llorar de felicidad. Mi amor había crecido fuerte como la maleza por efecto del whisky. Si sólo pudiera oír su voz durante todo el vuelo, recé.

Me devolvió el libro y recostó su cabeza sobre una almohada que tenía sobre un costado. Muy pronto empezó a roncar suavemente. Mercedes miraba las nubes por la ventana, impasible. Yo empecé a hacer figuritas sobre el vaho formado por el aire condensado sobre el vaso frío. Me imaginé un balde volando en el aire. Solo, sin jinete. Le di la vuelta con el dedo a dos pedacitos de hielo de los que pronto no quedaría nada.

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