Ilustración de 'The Coming of Father Christmas' (1892).

Un recuerdo navideño de Gloria Triana

La antropóloga premiada por el Ministerio de Cultura relata cómo armar un pesebre y por qué hacer tamales es un oficio y su convicción de que la paz empieza en la casa.

2016/12/21

Por Gloria Triana

Mis primeras y últimas Navidades

La celebración de la Navidad en mi infancia en Ibagué en casa de mis abuelos con mis hermanos Jorge Alí y Amparo eran todas iguales, no recuerdo una en especial. Lo primero que hacíamos era un paseo para recoger el musgo que colocábamos por encima de un papel especial con el que formábamos las montañas que rodeaban el portal de Belén, hacíamos también las casitas de los alrededores, escondíamos al Niño Dios y le escribíamos una carta pidiendo los regalos. Sin comentarlo muchas veces pensé que el Niño era tacaño pues no nos daba todo lo que le pedíamos.

Las tres tías abuelas que murieron solteras y vírgenes pues la bisabuela les prohibió casarse pues su destino era cuidarla ella, eran las encargadas de la comida, mucho las recordé cuando leí la novela de Laura Esquivel y vi la película Como agua para chocolate. No preparaban codornices con pétalos de rosa pero hacían la natilla , los buñuelos y los tamales cuya receta nunca he olvidado porque la aprendí con ellas en una casita que teníamos en Chicoral.

Con las tres tías duramos haciéndolos tres días. Lo primero que hicimos fue ir a comprar la olla de barro en la Chamba y curarla con cáscaras de plátano y grasa de cerdo, fuimos a la plaza de mercado a conseguir las hojas de plátano y el maíz para la masa, todos los otros ingredientes se mezclaron y condimentaron. Se preparó el fogón para cocinarlos pues según ellas el sabor no era el mismo si se hacía en una estufa. En la mesa a mí se me ocurrió comentar: esto de hacer tamales es para gente sin oficio y las tres contestaron en coro con mucha dignidad: hacer tamales es un oficio.

No soy creyente ni me gustan los rituales católicos por la experiencia que tuve en la adolescencia en un internado de monjas donde bañarse con agua caliente era pecado y al entrar al dormitorio había que leer un texto que decía : El dormitorio es la imagen del cementerio, ¿si mueres esta noche donde irás? Todavía cuando voy a dormir recuerdo esa frase.

En los últimos 12 años en Cartagena, he celebrado las navidades con los vecinos del edificio. Como miembro del Comité de convivencia lo que más me gusta es que por primera vez en la vida sé como se llaman, que hacen, que piensan y aunque tenemos distintas creencias, costumbres e ideologías, compartimos esta celebración y nos ayudamos cuando hay dificultades. Esta experiencia me lleva a confirmar que la paz empieza por casa. Esto nunca me había pasado en la capital.

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